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Analecta de las horas

"¿Qué hacer?" y la izquierda realmente existente /I

Ariel González Jiménez

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Mientras repasábamos hace varias semanas la difícil coyuntura que se había abierto en Morena con motivo de su fallida/exitosa (según se vea) encuesta para poner en caballo de hacienda a su próximo candidato al gobierno capitalino, sobrevino el terremoto y toda la agenda política cambió radicalmente.

Sin embargo, ya pasada la tregedia urbana, nos encontramos nuevamente con la política: vemos que el temblor no cambió la suerte de Ricardo Monreal, quien ya asumió el golpe y la decisión inapelable de Andrés Manuel López Obrador (de la encuesta, pues, si la ingenuidad permite decirlo de esa forma).

Lo que pasa con la llamada izquierda morenista nos hace evocar un clásico del autoritarismo: ¿Qué hacer?, Vladimir Illich Lenin. Es una obra que no estoy seguro que se siga leyendo –como religiosamente lo hacíamos en las viejas escuelas de cuadros comunistas–, pero sí estoy seguro que tiene implicaciones de gran actualidad que explican el comportamiento de la izquierda realmente existente en Hispanoamérica.

Uso la expresión “realmente existente” parafraseando aquella con la que por muchos años se denominó a los regímenes del bloque soviético; se decía que eran el “socialismo real”, realmente existente, porque se entendía que era lo que había, no lo que idealmente se esperaba de ellos. De algún modo la expresión servía como reconocimiento de que eran terribles, pero era lo que existía, hasta que de pronto se desplomaron junto con el Muro de Berlín.

Pues bien, aunque ya no hay bloque socialista como tal, el ¿Qué hacer? de Lenin sigue siendo libro fundamental para las editoriales estatales de algunos países con marca de izquierda. No en balde Cuba, lo mismo que en la república bolivariana de Venezuela lo siguen editando; ignoro si el camarada Lula, en sus años de gloria gubernamental, ordenó su edición local, ni tampoco si el compañero Evo o Daniel Ortega dispusieron recursos para su reedición, pero estoy convencido de que todos ellos (sin faltar los chicos de Podemos, en España, que tienen a Lenin muy en la cabaeza) tienen, aun sin saber, una gran conexión con esta obra ecrita en 1903 como manual, programa y declaración de principios de lo que debía ser el partido bolchevique.

Hasta hoy, no hay otra lectura que describa con más detalle lo que debe estar en los cimientos de un partido de izquierda eficaz que combata la libertad de crítica, haga de la propaganda uno de sus pilares y, desde luego, someta a su militancia al centralismo democrático. Un partido, pues, que vea la vida democrática como un mero juego del que hay que participar para hacerse del poder, pero que en absoluto constituye una cultura –ni siquiera un ambiente– que se quiera fomentar como una aspiración permanente.

Por eso, en su obra Lenin arremete contra los socialdemócratas y se mofa de la “libertad de crítica”; por eso concibe la necesidad de un partido bolchevique disciplinado a la manera de un ejército y rechaza la posibilidad de la democracia interna en condiciones de clandestinidad. ( Y cuando abandonó la clandestinidad y tomó el poder, las cosas no variaron: el verticalismo se hizo cotidiano, por más asambleas multitudinarias que se montaran; los otros partidos fueron suprimidos y las libertades… ya sabemos lo que pasó con las libertades).

La vida democrática es en el mejor de los casos, de acuerdo con la lógica leninista, tan sólo un medio pero nunca un fin. Y esa perspectiva ha perdurado mucho más de lo que se cree en las filas de buena parte de nuestras izquierdas.

Les digo que no creo que los Chávez, Maduros o Morales lo hayan leído, pero es un hecho que buena parte de sus acciones contra la disidencia dentro y fuera de su partido, así como buena parte de su visión de la política, se explican por este libro que deja bien claro las dificultades que ha tenido y tiene la izquierda realmente existente para asimilar el discurso y la práctica democráticas.

Todas estas izquierdas que nombro han peleado en nombre de la democracia y los intereses del pueblo, y han alcanzado el poder a través de procesos electorales. No obstante, apenas tomaron las riendas de sus países comenzaron a imaginar los mecanismos para perpetuarse en el gobierno, pretextando la necesidad de más tiempo para llevar a cabo los cambios que sus países necesitan. Una vieja historia que parece no querer dejar de repetirse en nuestra castigada América Latina.

ariel2001@prodigy.net.mx

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