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Domingo , 21.10.2018 / 23:08 Hoy

Analecta de las horas

Pitol o la excepción del artista

Ariel González Jiménez

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Hay cierto consenso en reconocer la obra de Sergio Pitol como una excepción en las letras mexicanas. No es que constituya una rareza en sí misma, sino que puesta en el contexto de una literatura nacional —que aun en medio de su diversidad no deja de reconocerse solo bajo ciertos parámetros—, posee eso que algunos han definido como singularidad y otros más incluso como excentricidad (feliz, como lo ha dicho
Juan Villoro).

El propio Pitol contribuyó a esta perspectiva al reconocer que la suya no era una literatura fácil. ¿Qué lo es en literatura? No recuerdo que haya respondido literalmente a eso, pero es obvio que la gran mayoría de las novelas y cuentos que inundan las librerías lo son, tanto por sus temáticas —plagadas de lugares comunes o adscritas a lo que se cree que es el “momento actual” en distintas materias— como por su prosa cansina y maltratada.

¿Qué es difícil en literatura? Pitol recuerda cómo, no perteneciendo “a ningún cenáculo” y no teniendo que someterse “al gusto de una tribu”, comenzó a “integrar libremente” su “olimpo”, con dioses cuya grey siempre ha sido escasa en todas partes, pero que en México no eran entonces leídos casi por nadie: “Musil, Canetti, Von Horváth, Broch, Von Doderer…” Luego tendría otras deidades eslavas, pero se entiende que sus dioses eran difíciles si se los encara en el terreno de la literatura popular.

La complejidad y profundidad de muchas de las obras que lo nutrieron resulta, pues, difícil. Y en el culto a esa dificultad, no deliberada sino formalmente indispensable para desplegar toda su riqueza conceptual y artística, es que el lector y viajero Pitol dio paso al escritor.

Pero no se crea que su arte es intrincado. Su dificultad formal proviene no tanto de la elección de sus temas como del tratamiento de los mismos, con una prosa que va de la elegancia a la esencia última de las cosas, de la gracia a la excelencia. Leerlo no supone un reto intelectivo, sino un placer donde aprendemos que la verdadera literatura no escatima jamás la palabra justa, la frase exacta. Si eso la hace difícil es una pena, porque ningún lector debería privarse de su encanto.

Al enterarme de su deceso, sin ánimo de bromear, dije que había muerto el más europeo de los jalapeños y, por consiguiente, uno de los escritores mexicanos más universales.

Revisando sus distintas etapas narrativas, Pitol mismo concluyó que la elaboración de El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal (escritas entre 1984 y 1991) formaban parte del “tercer aire” de su narrativa, uno marcado por la parodia, la caricatura, el relajo, y por una repentina y jubilosa ferocidad”. Se congratulaba de que así fuera, si bien se asombraba de que hubieran aparecido tardíamente, “sobre todo porque si algo abunda en mi lista de autores preferidos son los creadores de una literatura paródica, excéntrica, desacralizadora, donde el humor juega un papel decisivo, mejor todavía si el humor es delirante: Gogol, Sterne, Nabokov, Gombrowicz, Beckett, Bulgákov, Goldoni, Borges (cuando es él y cuando se transforma en Bustos Domecq), Carlo Emilio Gadda, Torri, Monterroso, Firbank…”

Por lo anterior se puede inferir que leer a los grandes, efectivamente, genera un respeto y tal impresión que en autores como Pitol pospone —acaso por mero prurito estético— la publicación de sus obras. ¿Qué leerán nuestros novelistas del montón que les permite publicar sin rubor alguno todo el tiempo?

Así, Pitol publica tardíamente sus mejores obras y nunca se convierte en best seller. No obstante, su presencia canónica en nuestras letras es indiscutible y transita también por su rica y prolífica labor como traductor de muchos de esos grandes escritores que lo marcaron para siempre y que él, en su generosidad, quiso acercarnos a lo largo de los años. Entresaco algunos títulos que me parecen sustantivos: El buen soldado, de Ford Madox Ford; La vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern, de Henry James; El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; El ajuste de cuentas y otros relatos y Amor, de Tibor Dery; El mal oscuro, de Giuseppe Berto; Las ciudades del mundo, de Elio Vittorini, y Lida Mantovani y otras historias de Ferrara, de Giorgio Bassani.

También Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski; Transatlántico, Diario argentino, La virginidad y Cosmos, de Witold Gombrowicz; Caoba y Relatos, de Boris Pilniak; La defensa, de Vladimir Nabokov, y Un drama de caza, de Antón Chéjov.

Enorme labor del lector-traductor; extraordinaria genialidad del novelista; desprendida humanidad del maestro. Sergio Pitol es de los pocos autores que mueren siendo clásicos.

ariel2001@prodigy.net.mx

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