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Miércoles , 19.09.2018 / 12:13 Hoy

Analecta de las horas

Nobel de Literatura: entre las apuestas y los sueños

Ariel González Jiménez

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Desde que comprobamos —apenas el año pasado, con la bielorrusa Svetlana Alexiévich— que los apostadores pueden acertar sobre quién será el ganador del premio Nobel de Literatura, confirmamos simultáneamente que la Academia Sueca es capaz de cualquier cosa, incluso de quebrantar su condición de impredecible y coincidir sin prejuicio alguno con los tahúres.

Así las cosas, los pronósticos que podemos hacer desde la prensa, la academia o la crítica especializada (donde la haya) no pueden aspirar sino a ser buenos deseos o la expresión, sin mayores consecuencias, de preferencias y gustos literarios.

Con el Nobel ocurre ya, por supuesto, lo mismo que dice Bernard Pivot del mercado editorial: “Acaba siendo más fuerte que la crítica. Un crítico puede orientar al mercado, pero nunca contrarrestarlo. Una crítica negativa nunca logrará impedir que una novela se convierta en un best seller que venda 400 mil ejemplares” (entrevista para El País Semanal, 18-9-2016).

Igualmente uno puede opinar que había 10 o 20 autores que tenían mucho mayor mérito que la Alexiévich para recibir el Nobel el año pasado, pero las consideraciones políticas de la Academia —particularmente las que surgen de la nueva Guerra Fría no declarada— pesaron mucho más que el hecho de que, por ejemplo, nada más en Estados Unidos existan cuatro o cinco autores cuya excelencia los haría ganadores irrefutables.

No digo que la escritora bielorrusa no lo mereciera. Digo que había muchos otros en la lista de espera y que la Academia ignoró sus reservaciones para darle mesa en su espacio gourmet a una gran escritora con mejores recomendaciones en dos arenas que la Academia Sueca a veces toma muy en cuenta: la corrección política y las tensiones geopolíticas.

Pero también, es justo decirlo, muchas veces la Academia acierta y de pronto mira hacia donde los críticos y los jugadores, en principio, nunca lo harían. Hay que recordar, para no ir más lejos, cómo en 2011 ocurrió (una vez más) lo inesperado, y el nombre de Tomas Tranströmer llegó desde el frío incluso a colocarse (todo indica que filtraciones de por medio) hasta entre los apostadores. Llamó mucho la atención porque se trataba de un poeta y desde 1996, cuando lo ganó Wisława Szymborska, ese gremio no pintaba mayormente para obtener un Nobel.

Lo que es un hecho es que frente al veredicto de los notables suecos uno debe estar preparado para todo. Ahora mismo el escritor japonés Haruki Murakami vuelve a ser el favorito en las quinielas, y es perfectamente posible que en un desliz la Academia recompense su permanencia como favorito en los últimos años. Pero yo creo que sería demasiada obviedad y mal gusto; una decisión así creo que haría que se recordaran malamente los desaciertos de la Academia y, sobre todo, el nombre de los muchos grandes que no recibieron el galardón (Proust, Borges, Ibsen… y un largo etcétera que pesa gravemente sobre la reputación de la Academia).

Ahora bien, el asunto geográfica también es digno de ser tomado en cuenta. ¿Puede ser nuevamente europeo el ganador? Evidentemente en esta región hay mucha tela de dónde cortar, pero entonces quizás tendría que ser un autor que tuviera como bandera la ficción más sutil, posiblemente alguien como Mircea Cărtărescu (y miren que ya estoy apostando sin mayor esperanza de ganar) o la autoridad de la erudición, un autor de la talla de Claudio Magris (al parecer otra apuesta sin futuro). Mi sueño más atrevido: que lo recibiera George Steiner. Sería un premio a la inteligencia del ensayo. Pero del viejo continente los que sí figuran en el cálculo de los apostadores son autores como el irlandés John Banville, el albanés Ismail Kadaré, el austriaco Peter Handke o el checo Milan Kundera. Que nadie se llame a gran sorpresa si por ahí transita la decisión final.

Pero si los responsables del Nobel desean saldar la deuda que tienen con las letras de Estados Unidos, que ya es enorme (su último Nobel data de 1993, con Toni Morrison), tendrán que decantarse por nombres como el sempiterno candidato Philip Roth, la también terca Joyce Carol Oates, un as al estilo Don DeLillo o un rudo (mi favorito) como Cormac McCarthy.

Si los de la Academia, en cambio, miran hacia el Medio Oriente, bien pueden privilegiar al israelí Amos Oz o al poeta sirio Adonis; ambas son voces, por lo demás, que rebasan su evidente mérito literario con valientes posturas políticas.

Algunos críticos opinan que la gran literatura emergente es la africana. Sus candidatos tienen la ventaja (en verdad lo es) de ser poco o nada conocidos, y eso le da a la Academia un toque incluyente que, además, la cura en salud por sus grandes omisiones del pasado. Así que el impronunciable Ngugi Wa Thiong’o, de Kenia, tiene más de una oportunidad, además de muchos seguidores, que no lectores, entre los apostadores.

De Asia, los candidatos chinos ya no tienen casi ninguna esperanza porque apenas en 2012 Mo Yan se alzó con el galardón. Pero el coreano Ko Un ya tiene tiempo haciendo cola.

Para Hispanoamérica no parece haber mayor esperanza. La premiación de Vargas Llosa está muy cerca (2010), y en las apuestas solo Javier Marías compite con algún (remoto) chance.

Un retraso en la agenda de los miembros de la Academia Sueca hará que por esta vez el premio se dé a conocer el próximo jueves 13 de octubre. Así que todavía estamos a tiempo de apostar o soñar con que recibe el Nobel nuestro autor favorito.

ariel2001@prodigy.net.mx

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