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Domingo , 24.06.2018 / 01:48 Hoy

Analecta de las horas

Miedo a los árabes

Ariel González Jiménez

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En un comparativo al que, por lo menos, se le puede reprochar su evidente eurocentrismo (el mismo que contiene toda su obra, Civilización, que no por ello deja de ser deslumbrante), Kenneth Clark reflexiona sobre dos piezas: una máscara africana y la cabeza del Apolo del Belvedere. Lo hace en los prolegómenos de su libro y mientras intenta definir qué es la civilización.

Reconoce allí que “las sociedades bárbaras son capaces de producir grandes obras de arte”, pero de cualquier forma concluye que no puede caber “ninguna duda de que el Apolo encarna un estado de civilización más alto que la máscara. Ambos representan espíritus, mensajeros de otro mundo; es decir, de un mundo imaginado. Para la imaginación negra, es un mundo de miedo y tinieblas, dispuesto a infligir horribles castigos por la menor infracción de un tabú. Para la imaginación helenística, es un mundo de luz y confianza, en el que los dioses son como nosotros, solo que más hermosos, y descienden a la Tierra para enseñar a los hombres la razón y las leyes de la armonía”.

Supongo que esa misma perspectiva habría usado el brillante historiador inglés del arte para examinar una máscara de Tezcatlipoca. Pero aunque es obvio su menosprecio por los pueblos primitivos y las expresiones artísticas no europeas, su gran acierto tiene que ver, creo, con la definición de todo cuanto, efectivamente, forma parte de la cultura y la civilización en términos universales; es decir, si lo consideramos con independencia de la región en donde surge.

Lo cierto es que si retomamos las palabras de Clark y las referimos a un contexto más amplio, no podemos menos que concluir que los principios de la cultura y la civilización no pueden estar basados sino en la confianza, la luz, la búsqueda de la armonía… Y esos principios, desde luego, no son exclusivos de la cultura occidental. Los enemigos de estos valores, por otro lado, tampoco se dan solamente —como lo demuestra la historia de Europa— fuera de sus fronteras.

Estos cimientos solo son socavados por la barbarie, que no es nunca sinónimo de diferencia ni ignorancia, aunque sí guarda proximidad con todas las formas de fanatismo e intolerancia. El nazismo y los señores de la yihad islámica guardan, desde ese punto de vista, un gran parecido.

La cultura islámica, por más que los terroristas del Estado Islámico quieran hacernos creer lo contrario (y lo consiguen en muchos sectores de Europa y Estados Unidos gracias a la ignorancia que explotan los neonazis y la ultraderecha), posee enormes valores que, desafortunadamente, son eclipsados por la preponderancia (sobre todo mediática) que adquieren los actos terroristas.

El fanatismo, la ciega intolerancia y la propensión al terrorismo no son inherentes a la cultura islámica. Prueba de ello es que hubo un tiempo, incluso, en que Europa, lejos de temer al mundo islámico, sentía por él especial fascinación. Junto con ello, claro, iba el reconocimiento de sus extraordinarios matemáticos, médicos, poetas, filósofos y científicos.

Fue por los siglos XVIII y XIX cuando los viajeros y las primeras traducciones de Las mil y una noches de Antoine Galland y, más tarde, la de Richard Francis Burton, mantenían un profundo interés por los sitios y la cultura árabes. El propio Montesquieu concibió una obra que ahora resultaría imposible (como si hoy un escritor francés usara la mirada de unos personajes del Medio Oriente para criticar a la democracia francesa): sus Cartas persas, una crítica de las costumbres y vicios de la monarquía francesa hecha a partir de las observaciones de los protagonistas árabes del libro.

Qué remoto parece todo esto a la luz de estos años de inmenso terror. Nada más mirar a los últimos días es suficiente para saber que el fanatismo criminal de los yihadistas está consiguiendo que el miedo y rechazo a los árabes en su conjunto (en primer lugar a sus migrantes) se profundice de manera irracional.

La gran victoria de los terroristas islámicos es la instauración del miedo en las sociedades europea y estadunidense. Y los primeros en pagar las consecuencias no son los mismos terroristas, sino la población árabe de Occidente y, ante todo, los que recién llegan huyendo de la violencia y la miseria de sus países.

Leo una crónica de estos días que expresa cómo el miedo se ha instaurado: “La Colina verde del Festival de Bayreuth asemeja este año una fortaleza en estado de sitio. A todo el recinto del Festspielhaus lo circunda una valla metálica con adicionales puestos escalonados de control…”.

Los neonazis, Trump y compañía (suena como a un circo fascista) están felices con cada atentado, porque así ellos siguen atacando a víctimas inocentes y sembrando el miedo.

¿Ganan los terroristas? En parte, pero sus mismos paisanos los detestan porque les han granjeado el odio de quienes los recibieron de buena fe. Y al final —soy optimista, lo siento— los valores del mundo arábigo y de Occidente habrán de encontrarse por encima de todos los odios engendrados en éstos, ya demasiados, años de guerra y terror.

ariel2001@prodigy.net.mx

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