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Sábado , 23.06.2018 / 05:53 Hoy

Analecta de las horas

Marx y la Bienal de Venecia

Ariel González Jiménez

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Comienza la Bienal de Venecia, la vitrina más importante del arte contemporáneo, con una directriz: la exploración de todos los futuros del mundo. Y desde luego, imaginarlos ha sido imposible para buena parte de los artistas participantes sin concebir y presentar, con la mirada del arte, los distintos problemas que nos aquejan hoy como sociedad global.

Los acentos y énfasis por supuesto varían, lo mismo que el tratamiento de temas como el drama de la migración, la violencia, la persecución política o religiosa, la sustentabilidad del planeta y otros más. El nigeriano Okwui Enwezor, curador general de este espacio, ha convocado a la reflexión y, más aún, al compromiso de los artistas con el grave momento que experimenta la humanidad en los más diversos frentes. Nada más encomiable y correcto. Muy correcto. Adivinaron: muy políticamente correcto.

Ese tono ha sido adoptado por los participantes, pero sin poner en riesgo la moderna convivencia, indolente, entre discursos progres y hasta revolucionarios, y la presencia de los coleccionistas más ricos del planeta. Es natural: la burbuja del arte contemporáneo, sea cual sea su pretendido mensaje, solo es posible mediante presencias multimillonarias que valoricen de manera fetichista las creaciones de los grandes artistas y, obviamente, de los artistas emergentes.

Acaso por obra de ese fetichismo que él tanto procuró desenmascarar en su obra El capital, hasta Carlos Marx es un convidado central de esta 56 edición de la Bienal de Venecia. De acuerdo con una nota de El País, “dos actores leerán en inglés, al menos dos veces al día y durante los siete meses que dura la exposición, los tres volúmenes de El capital, de Marx, en un performance dirigida por el videoartista Isac Julien (Londres, 1960). Los lectores —un chico y una chica— leen sobre un escenario con capacidad para cien personas. Dos monitores gigantes proyectan el texto recitado, en inglés y en alemán, la lengua en la que fue publicado en 1867”.

No se les hubiera ocurrido ni a los anticomunistas más feroces y tenebrosos: la mejor forma de terminar por hacer absolutamente inofensivo —y hasta banal— el texto más profundo de Marx, es incrustar su lectura, como cosa de locos, en este glamuroso espacio. Me imagino la escena: las señoras con sus bolsas Louis Vuitton, los señores quitándose sus lentes Prada, deteniéndose un instante ante este performance, sin comprender nada, pero muy divertidos de encontrarse con el nombre de Marx en la Bienal. Otros, la mayoría, quizás los más ingenuos, sin Prada ni Vuitton en su indumentaria, tampoco entenderán nada, pero sí creerán que es una gran cosa que la palabra de Marx acompañe con toda su fuerza revolucionaria este encuentro.

Y qué mejor si el gran público se hace primero del discurso del director artístico de la Bienal, Okwui Enwezor, quien justifica la lectura de Marx en la Bienal porque “el capital es el drama de nuestra época, que tiene que ver con cada esfera de nuestra existencia y gobierna los dos sitios donde se produce la economía: la fábrica y la Bolsa”. ¿Y no la Bienal también?

El problema de este tipo de discursos es que su formalidad —en este caso su evidente corrección— se nos van al cielo como globos aerostáticos. Sin embargo, antes de despegar mediáticamente hacia la estratósfera donde ya nada los retiene, reproducen un sinnúmero de lugares comunes que ya son como sus cartas credenciales. Estas sirven igualmente para dar cabida a toda clase de propuestas, algunas tan propagandísticas y burdas que Marx, autor de un original manifiesto y de extraordinarios ensayos colmados de erudición, simplemente rehusaría que su obra sirviera de fondo auditivo a tamañas boberías “revolucionarias”.

Así pues, en la Bienal de Venecia se puede escuchar la lectura de El capital y también es posible encontrarnos con propuestas como las que envía el gobierno bolivariano de Venezuela: “Argelia Bravo, artista visual, investigadora del área visual, y Confix, un grafitero, arquitecto, que han desarrollado su arte al margen de las galerías, de todo ese empoderamiento comercial”, tal como los presenta la directora general del Instituto de las Artes, de la Imagen y el Espacio (Iartes), Morella Jurado.

Como me imagino que estos creadores cumplen cabalmente con su “compromiso social y artístico”, el gobierno popular no les impidió viajar a Venecia (a diferencia de lo que ocurrió con ese testarudo político y periodista, seguramente al servicio del imperialismo, Teodoro Petkoff, que pretendía viajar a Madrid a recoger el Premio Ortega y Gasset que le fue otorgado por los enemigos de la revolución chavista). Allá deslumbrarán a sus pares y a los espectadores de todo el mundo que acudan con las muestras de su arte comprometido. Obvio: no faltará la imagen del prócer revolucionario Hugo Chávez. ¡Ay, Marx, cuánto kitsch progre a tu lado!


ariel2001@prodigy.net.mx

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