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Martes , 19.06.2018 / 13:34 Hoy

Analecta de las horas

Letras en Tepic

Ariel González Jiménez

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Las ciudades pueden y deben medirse por sus letras, por la tradición que éstas hayan podido generar y, también, por la ambición de hacerse de ellas y arroparlas para el futuro. Tepic, cuna de grandes escritores como Amado Nervo, así lo entiende y ha dado lugar a un Festival de Letras que ya se coloca entre los primeros del país. Comenzó hace un año y llega ahora a su segunda edición con un programa en el que participan decenas de escritores, periodistas culturales, actores y músicos.

Mientras en otras partes del país siguen disputándose victorias electorales (no pocas veces pírricas), Tepic vive la fortuna de unas jornadas donde los libros y las ideas muestran un camino diferente, por el que, desgraciadamente, buena parte de nuestra clase política no quiere transitar (porque su voluntad, pese al castigo del abstencionismo y la deslegitimación, es clara: buscar el subsuelo de la politiquería).

Pero acá el Festival de Letras es una bocanada de aire fresco y da para todo. Su originalidad radica en eso que Juan Villoro me venía comentando en el avión hacia esta ciudad: la apertura del ayuntamiento que encabeza Polo Domínguez a la cultura es literal, ya que su propia oficina sirve de sede para el encuentro de los autores y lectores, y eso es una metáfora de lo que un gobierno decidido puede hacer por la cultura. Que se encierren otros. Acá de lo que se trata realmente es de que no falte el espacio vital para producir el contacto entre los escritores y su creciente público lector.

El inicio ha sido completamente experimental en el mejor sentido: un cruce literario y musical a cargo de los Caifanes y Juan Villoro. Vaya mezcla prodigiosa ante más de mil personas en el auditorio Alí Chumacero. El nombre del espectáculo lo dice todo: Mientras nos dure el veinte. Es decir, mientras la palabra y música sean posibles, mientras su encanto nos permita sobreponernos a la realidad individual o nacional, mientras lo mejor de la vida se asome incluso entre las tinieblas.

Los Caifanes, liderados en esta ocasión por Juan Villoro, me hicieron recordar por un instante Viaje al centro de la Tierra, de Rick Wakeman: música, letra y sueños combinados fantásticamente, instrumentos y textos al servicio de un exclusivo pasaje para que nuestra imaginación deambule libremente. Ya sacaron un disco y estoy seguro que continuarán su gira con gran éxito. Una tocada sin fin.

El otro gran protagonista de este encuentro cultural es Jean Meyer, que fue ayer objeto de un homenaje, a cargo de Omar Wicab y Pedro Luna, que tuve el gusto de moderar. La historiografía nacional no sería lo que es sin la voz lúcida y crítica de Meyer, sin la luz que ha arrojado sobre diversos aspectos, a veces terribles, de nuestra trayectoria como nación.

Su estudio sobre la guerra cristera es ya un clásico que sigue leyéndose y discutiéndose con gran vivacidad, por todo lo polémico que tiene este momento sangriento del siglo XX mexicano. A la distancia, son muchas las lecciones que tiene para nuestra convivencia política y religiosa ese fratricidio que solía contársenos solo de una manera, cuando la historia oficial campeaba y no había forma de confrontarla críticamente.

Ese es el valor de la mirada de Meyer sobre nuestro pasado: una intencionalidad crítica que ha hecho una contribución esencial en el examen del periodo posrevolucionario y de las profundas cicatrices que dejó. Pero, para fijar correctamente esta perspectiva, es evidente que Meyer ha tenido que recorrer igualmente lo que fue la Revolución mexicana, madre olvidada de toda nuestra actualidad política. Y ahí su trabajo no es menos notable.

Meyer se ha hecho preguntas fundamentales acerca de nuestro pasado, y en la búsqueda de las respuestas ha reinventado el oficio del historiador, sabiendo que la verdad no está a la mano y que hay que buscarla acuciosamente. Su obra es ya imprescindible para mirarnos en retrospectiva y avizorar el futuro.

ariel2001@prodigy.net.mx

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