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Miércoles , 18.07.2018 / 19:37 Hoy

Analecta de las horas

La Feria de regreso

Ariel González Jiménez

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De la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara uno siempre vuelve contento por todos los amigos con los que pudo encontrarse y todos los libros que conseguimos meter a la maleta, so riesgo de incurrir en el exceso de equipaje que con frialdad inflexible las aerolíneas sopesan.

Ya en casa, uno va sacando de la valija obras que igual hubiera podido comprar en otro momento, pero que allá llegaron calientitas y que en algunos casos todavía tardarán en llegar a todos los puntos de venta o que corren el riesgo de quedar soterradas por las montañas de novedades superventas que parecen caer del techo de las librerías.

Es así que saco de entre mis cosas El volcán y el sosiego. Una biografía de Gonzalo Rojas, de Fabienne Bradu, un texto que no podía ser más oportuno ahora que estamos por celebrar el centenario de este extraordinario poeta chileno (el próximo 20 de diciembre, sin que buena parte de la prensa cultural se entere y menos aún se inquiete). Es un trabajo monumental que, sin embargo, recorre con gran agilidad las grandes etapas de este personaje, quien se concebía a sí mismo con una existencia bicéfala y con un destino en permanente bifurcación:

Me parieron dos vientres distintos, fui arrojado

al mundo por dos madres, y en dos fui concebido,

y fue doble el misterio, pero uno solo el fruto

de aquel monstruoso parto.

Hay dos lenguas adentro de mi boca,

hay dos cabezas dentro de mi cráneo:

dos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoran,

dos esqueletos luchan por ser una columna.

A medio camino y entre dos planos de la vida, el poeta Gonzalo Rojas definía de esta forma su condición en el poema “El sol y la muerte”. Acerca de todo ello Christopher Domínguez (un voraz lector de biografías, según confesó nuevamente en esta FIL) y el poeta Julio Trujillo, quienes acompañaron a la autora, supieron disertar con gran talento.

Pero las circunstancias de este fin de semana, donde mientras escribo esto el secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa, muy delicado de salud, ha sido dado por muerto varias veces en las redes sociales (bajo la compulsiva y mísera ansiedad de algunos de los que las animan), me hacen pensar, más bien, en el poema “Los letrados”, también de Gonzalo Rojas:

Lo prostituyen todo

con su ánimo gastado en circunloquios.

Lo explican todo. Monologan

como máquinas llenas de aceite.

Lo manchan todo con su baba metafísica.

Yo los quisiera ver en los mares del sur

una noche de viento real, con la cabeza

vaciada en frío, oliendo

la soledad del mundo,

sin luna,

sin explicación posible,

fumando en el terror del desamparo.

Siento hacer esta asociación, pero es inevitable. Los libros y las lecturas siempre vienen a cuento de algo, se ligan de modo extraño con los sucesos que se vienen desarrollando. Espero que Rafael Tovar y de Teresa pueda disfrutar, por mucho tiempo más, de la maravillosa poesía de Gonzalo Rojas, un viejo que no dejó de ser joven nunca.

Entre mis tiliches también traje la edición conmemorativa de La colmena, de Camilo José Cela, de quien hace unas semanas hablé en este mismo espacio, también con motivo de su centenario. La edición en cuestión, preparada por
la Real Academia Española, viene a ser la definitiva, toda vez que incluye fragmentos censurados por el régimen dictatorial y aun aquellos autocensurados por el censor franquista que fuera el brillante autor.

Otro libro que sobrevivió a la aduana de la aerolínea es Contrapuntos. ½ siglo de literatura iberoamericana, de Danubio Torres Fierro, el crítico uruguayo que fuera en los años setenta secretario de redacción de la revista Plural, dirigida por Octavio Paz, y colaborador de otras publicaciones emblemáticas, como Marcha. Se trata de la reunión de diversas conversaciones y encuentros del autor con personajes fundamentales de la literatura de nuestra región. Ahí desfilan nombres como Juan Carlos Onetti, Adolfo Bioy Casares, Gabriel García Márquez, Luis Goytisolo y el propio Paz. Hay que advertir, no obstante, que en el conjunto de la obra pesa más la escuadra argentina con nombres, además de los ya mencionados, como los de Silvina y Victoria Ocampo, José Bianco, Manuel Puig, Ernesto Sabato y Olga Orozco.

Por supuesto estas no son las únicas cosas que engalanaron nuestro equipaje, pero me temo que de las otras solo podré hablar en futuras entregas porque el espacio, lo mismo que las básculas del aeropuerto, es implacable.

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