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Viernes , 19.10.2018 / 02:42 Hoy

Intelectuales y peregrinos

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Fueron muchos los que visitaron la utopía comunista —o al menos creyeron hacerlo— materializada en eso que se conoció como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La gran mayoría de los intelectuales extranjeros que pisaron este territorio en los primeros años de la revolución y aun mucho después (pienso en Jean-Paul Sartre, quien dijo, luego de una gira por la patria comunista, “hay una total libertad de crítica en la URSS”), no iban buscando indagar nada (mucho menos poner en cuestión algo) sino simplemente confirmar sus más profundas convicciones. De ahí que convenga hablar de estas visitas en términos más bien religiosos. Más que un tour, se trataba de auténticas peregrinaciones a la tierra prometida.

A su regreso, confirmaban ante sus seguidores y camaradas el milagro que se operaba: en Rusia se construía un mundo mejor, con todo y una nueva humanidad. La titánica tarea la llevaba a cabo el pueblo soviético guiado por sus abnegados dirigentes, un conjunto de personajes impolutos que, desde luego, eran blanco de todo tipo de traiciones y acechanzas de sus enemigos naturales: los emisarios y títeres de la burguesía y la aristocracia.

De los peregrinos al estilo Louis Aragon y otros fieles, no hay mucho que decir. Sus apologías del régimen, leninista primero y estalinista después, no dejan dudas acerca de eso que François Furet estudió con toda lucidez: el dominio de la ilusión, de la fe y esperanza que no solo acompaña a la historia del comunismo sino que es su piedra fundacional (tomando no pocas veces un cariz de absoluto fanatismo).

Al margen de los peregrinos también acudieron a la Rusia comunista personajes como Stefan Zweig y Bertrand Russell, que dejaron testimonios totalmente disímbolos entre sí pero también muy alejados de la corriente dominante. Sin embargo, para los intelectuales “comprometidos” sus relatos de viaje no resultaron sorprendentes porque ambos eran vistos como liberales pequeñoburgueses de los que no se podía esperar mucho.

En Viaje a Rusia, Zweig muestra con timidez diversos comentarios que él reconoce que “no podían fundamentar impresiones que aspiraran a tener validez objetiva”, dada la brevedad de su visita. Por otro lado, la debilidad que siente por la cultura rusa campea en toda su obra: “¿Qué otro viaje puede hacerse hoy que sea más interesante y fascinante, más enriquecedor y apasionante, que una visita a Rusia?”

Y así, sus conclusiones resultan benévolas o incluso ingenuas: “Cuando un pueblo —escribe— viene padeciendo tantos sufrimientos y acepta con semejante heroísmo tantos sacrificios por amor a una idea, me parece más importante incitar a admirar el aspecto humano que tomar posición política. Además, ante tamaña vitalidad intelectual, la humilde posición del testigo me resulta más honesta que la demasiado temeraria de juez”.

En cambio, Russell sí consiguió avizorar en su visita todos los rasgos de una sociedad totalitaria. Percibió el control de la prensa y la instauración de una maquinaria de poder que anulaba al individuo y sus libertades más elementales. Todo eso lo pudo resumir en su texto Teoría y práctica del bolchevismo (Ariel, 2017).

Pero el que vino a detonar una nueva disidencia fue André Gide. ¿Por qué? Porque originalmente pertenecía a las élites intelectuales favorables al proyecto socialista. Gide llegó a ser visto como “el mejor amigo de la Unión Soviética, el adversario invencible de la guerra y el fascismo”. Entonces, el testimonio herético que da forma a Regreso de la URSS se convirtió en una “gran traición” para la hermandad que ciegamente apoyaba a la Rusia comunista.

Ese es el caso que explora magistralmente Alberto Ruy Sánchez en Tristeza de la verdad. André Gide regresa de Rusia (Debolsillo, 2017), una de las obras que vinieron a coronar la conmemoración del centenario de la Revolución rusa el año pasado. Su tema es de enorme actualidad, puesto que, como escribió Octavio Paz, “el episodio de Gide es uno de los capítulos más impresionantes de la historia, casi siempre lamentable, de las relaciones entre los intelectuales del siglo XX y el comunismo. Fue una admirable lección de moral que, como es sabido, muy pocos se atrevieron a imitar”.

La decisión del autor de Los monederos falsos de contar al mundo lo que vio, atreviéndose a publicar Regreso de la URSS, generó un cisma donde la responsabilidad intelectual confrontó abiertamente el compromiso con una causa, por más justa que esta se creyera. Así, como haría también George Orwell, defendió la racionalidad frente a la fe, la veracidad de los hechos ante la ilusión, la crítica contra la propaganda.

Gide fue acusado de traidor, pero hoy sabemos que lo que él describió era cierto: el llamado paraíso del proletariado era en realidad una inmensa prisión donde la libertad era aplastadas cotidianamente.

La lección moral de Gide, como la definió Paz, sigue vigente; su alegato desilusionado en torno al comunismo permanece también como una de las más brillantes y valientes advertencias contra todas las formas de totalitarismo.

ariel2001@prodigy.net.mx

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