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Martes , 19.06.2018 / 03:54 Hoy

Analecta de las horas

Huerta: la pureza y el humor

Ariel González Jiménez

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En el prólogo a Los hombres del alba —la obra que, sin duda, lo colocó en un sitio muy privilegiado del Parnaso mexicano del siglo XX—, Rafael Solana advertía con gravedad: “Efraín Huerta carece por completo del sentido del humor; es el más duro, el más inflexible, el más sin sonrisa de todos nuestros poetas”. Al parecer, Solana lo tenía muy claro: si Huerta tuviera —decía— “la ironía de Shakespeare, habría escrito algunos de los diálogos de Hamlet…; si tuviese la gracia de Moliére quizás habría producido el primer acto de El misántropo… Pero en las venas de Huerta no corren ni una gota de sangre de Shakespeare, ni una gota de sangre de Moliére. Se le dijera emparentado con otra clase de hombres, con John Knox, o con Jerónimo Savonarola. No protesta con agudeza, ni ataca con sutil ingenio, sino estalla con violencia, con furor, en versos que tienen más del panfleto que del epigrama, destroza, lapida y hace borrar sus propias lágrimas, con sangre, cuando escribe poemas de amor, crudos, sin piedad…”.

La certeza de Solana provenía, sin duda, de una lectura atenta y sensible de este opúsculo en el que Huerta rinde tributo a la poesía más pura, calando el filo de la palabra hasta cortarse, ascendiendo hasta ese “cielo tan sin concesiones que más se parece al infierno”, como dijera Solana, reiterando la hermosa dificultad y el talante “desagradable” que puede encerrar una poesía que se construye con letras capitulares del día: “ancha de corazones y gotas de aguamiel”.

Es Huerta un poeta del abandono, de cuando la noche se va y la mañana no se apodera aún del día. ¿Qué otra impresión podía producir escribiendo sobre el olvido, sintiendo cada latido de su tiempo? La feliz desdicha que dejan sus versos no puede hacernos concluir otra cosa:


Toda la falsedad del alba redimida,

todo ese ruido inmóvil de las estrellas,

ese gemido caliente y apagado de las manos,

toda esa robusta cantidad de índices que señalan al viento,

que se desangran en el vacío cobarde de una plaza pública.

En verdad,

en verdad no nos alcanza el sentimiento

para gritar debidamente en contra del recuerdo.


Como es natural en un mundo desigual e injusto, un poeta que le canta al amor (“El amor viene lento como la tierra negra,/ como luz de doncella, como el aire del trigo./ Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,/ resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,/ Larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,/ un chorro de granizo o fría seda educada”), un bardo así, digo, tarde o temprano le canta a las causas justas, a su pueblo y a su historia con todo y sus desgracias. Surge así el Huerta cercano al habitante de la gran urbe, a sus calles y alamedas; y aparece también, desde luego, el poeta militante, dueño de una poesía social precisa, aunque solemne. Es una poética que palpita al lado de “la temerosa y vibrante llanura de sombras que es nuestra patria”.

Sin embargo, el poeta que viene de esa vasta pureza sembrada de melancolía y dolor, también fue capaz de hacernos sonreír revelándose como el ingenioso creador del poemínimo, ese artefacto que hace estallar en mil pedazos la solemnidad y que no tiene móvil ni fin, aunque sí —en medio de su agudeza intempestiva— un modus operandi. El propio Efraín Huerta tuvo que trabajar en su mejor definición:

“Creo que cada poema es un mundo. Un mundo y un aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los censores, los líricamente desmadrados. Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no la toques ya más, que así es la cosa. La cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o tan sólo te roza la estrecha entenderá —y ya se te hizo”.

Y fue así que pudo ir a dar una vuelta a su vida y regresó en un segundo; y que estuvo a un metro con no sé cuántos centímetros “a la altura del mal”; y que corrigió al Larousse para recalcar que él no hacía versos de contenido social, sino solo “versos de contenido sexual”; y pidió a alguien “con desolada/ y cristiana/ bondad:/ Desnúdate/ que yo/ te Ayudaré”. Y supo que “el mar siempre está muerto de brisa”, y decidió, “nomás por joder”, que iba “a resucitar de entre los vivos”.

Contra la previsión de Solana, el poeta puro, el poeta de la ciudad y el amor, el militante, también nos dio los poemínimos y, con ellos, una grande, inteligente y mordaz alegría.


ariel2001@prodigy.net.mx

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