• Regístrate
Estás leyendo: Grandeza y miseria del anonimato
Comparte esta noticia
Viernes , 25.05.2018 / 21:39 Hoy

Analecta de las horas

Grandeza y miseria del anonimato

Ariel González Jiménez

Publicidad
Publicidad

El anonimato, esa forma de estar sin ser reconocido, es una de las más extrañas, impactantes y (a veces) fascinantes formas de presentación que se pueden tener. Llega a ser audaz o profundamente cobarde; escala hasta lo más divertido o desciende hasta lo más siniestro, pero no deja indiferente a nadie.

No identificarse con rostro ni nombre es una práctica que de suyo llama la atención. En política sirve frecuentemente para eludir riesgos (sobre todo bajo regímenes dictatoriales) o para inventarlos (en la vida democrática). La historia muestra que no dar la cara puede estar justificado en determinadas circunstancias, pero igualmente enseña que el anonimato es preferido por los terroristas y por quienes cometen actos que no podemos juzgar sino como delictivos o criminales.

En condiciones de normalidad democrática, el pasamontañas o el pañuelo en el rostro, lo mismo que un icono cualquiera y/o un nombre idiota en Facebook o Twitter, me parecen inaceptables y cobardes, especialmente cuando sirven para denostar impunemente a quien argumenta y sostiene con nombre y apellido una idea.

En los últimos años hemos visto prosperar en internet diversas denuncias hechas por los distintos colectivos o personas que se hacen llamar Anonymous, y que se presentan con esa máscara que representa (aunque la gran mayoría de ellos ni lo sabe) el rostro del conspirador católico Guy Fawkes y que fuera popularizada por la película V for Vendetta. Señalan a supuestos políticos corruptos, empresarios infames o cualquier otra cosa que reclame su justiciera intervención, pero en su anonimato se esconden muchas veces campañas difamatorias o, por lo menos, presunciones en absoluto comprobadas.

Para los periodistas, las fuentes anónimas pueden ser un pasaje a la gloria o al infierno. Por lo visto, este último ha recibido más visitas de todos los comunicadores ansiosos por publicar una exclusiva de ocho columnas o ganar el rating fácilmente. Sin embargo, es un hecho que tras muchas grandes notas la figura del "garganta profunda" (como el del caso Watergate) ronda el trabajo periodístico.

Por lo que toca al ámbito literario, el autor anónimo no pocas veces consagrado de esta forma para la posteridad, suele ser alguien que simplemente se protegió de poderes inquisitoriales o dictatoriales. Queda claro, por ejemplo, que el Lazarillo de Tormes, siendo una crítica mordaz de diversas convenciones sociales y de la doblez eclesiástica, no estaba como para ser firmado sin el riesgo de acabar torturado o en una hoguera.

Frente a El manuscrito Voynich —ese inquietante documento medieval del que nadie conoce su autoría ni tampoco su significado— no podemos decir sino que el anonimato parece de lo más natural y quizás lo menos intrigante.

Por supuesto, en el campo de la literatura y el arte el tiempo opera a favor del anonimato. Los antiquísimos textos son anónimos en su mayoría, lo mismo que la autoría de esculturas y pinturas de siglos atrás que reconocemos como gran arte. Y es ahí donde mejor ingresan las preguntas que se hacía Bertolt Brecht en un poema:

Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?

Los arquitectos y la masa de trabajadores que los acompañó están perdidos para siempre en el anonimato. Así también en un sinnúmero de obras cuya grandeza es elogiada hasta hoy, pero de cuyos autores no sabemos ni sabremos ya nada.

Pero hoy el anonimato —quién lo dijera— es un camino a la fama, quizás incluso un recurso de moda con muy diferentes intenciones y propuestas.

En el arte callejero del grafiti el misterioso señor Banksy es ya todo un símbolo; sus obras van y vienen adquiriendo un valor del que él se burla todo el tiempo.

Me gusta la faceta juguetona de Banksy porque termina por poner en cuestión al mercado del arte y la solemnidad de todos aquellos que creen que por haber cursado en una academia o por pertenecer a algún clan cultural los convierte en artistas automáticamente.

Los epígonos de Banksy ya se hacen notar mucho más allá del Reino Unido. En Alemania, según me acabo de enterar, una mujer (supongo que lo es, puesto que se hace llamar "Barbara") es una artista igualmente callejera que gusta de cambiar el sentido de los anuncios y mensajes publicitarios.

Así que andar por el mundo sin identidad reconocible va al alza, cuando menos en la escena del street art, donde la condición para ser famoso es ser anónimo.

ariel2001@prodigy.net.mx

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.