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Sábado , 23.06.2018 / 04:10 Hoy

Analecta de las horas

El Congo del rey Leopoldo

Ariel González Jiménez

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El horror puebla la historia, pero como la materia de ésta es el pasado no es difícil que sobrevenga el olvido. Mario Vargas Llosa encontró que eso estaba sucediendo con el infierno que vivió el Congo en una época a caballo entre el siglo XIX y XX, y la gesta de Roger Casement, su valiente personaje de El sueño del celta.

Prácticamente al mismo tiempo que aparecía esta magnífica novela del Premio Nobel de Literatura, se publicó La tragedia del Congo (Alfaguara, 2010), en la que se recogían los testimonios de George W. Williams, Arthur Conan Doyle, Mark Twain y, desde luego, los informes directos del propio Casement.

Se compilaron en esa obra textos fundamentales sobre un tema que marca sin duda uno de los momentos de mayor vergüenza para la humanidad, un genocidio equiparable al Holocausto. Sin embargo, además de estos valiosos materiales, hacía falta dar forma a la historia en su conjunto, examinar no sólo la perspectiva de quienes conocieron de estos horrores y los denunciaron, sino también indagar en el desarrollo de los acontecimientos que los hicieron posibles y la perspectiva de diversos actores y protagonistas. Tal tarea queda suficientemente saldada con la aparición de El fantasma del rey Leopoldo. Una historia de codicia, terror y heroísmo en el África colonial, de Adam Hochschild que ahora publica en Español la editorial Malpaso.

Con esta investigación tenemos, por fin, quizás la historia más completa y mejor documentada sobre este oscuro periodo en el que un rey “filántropo”, Leopoldo II de Bélgica, que había comprado a buena parte de la prensa europea y sobornado a innumerables instituciones incluida la iglesia católica, le hace creer al mundo entero que tan solo invierte su fortuna personal en el futuro de África. Vaya que lo hace: apoya a exploradores mercenarios como Stanley, facilita la llegada de misioneros que saben guardar silencio ante la cruel explotación y defiende a los nativos de las bandas de traficantes de esclavos (sólo porque son suyos y de nadie más).

Uno de los primeros en darse cuenta de la farsa es un empleado de la compañía naviera de Liverpool, Edmund Dene Morel, quien iniciará también, a escala internacional, un intenso activismo en defensa de los derechos humanos.

Uno de los méritos del libro de Adam Hochschild es que pone en perspectiva las atrocidades que vivió el Congo, mirando no sólo hacia esos amargos años del rey Leopoldo II, sino también hacia el pasado remoto, a los orígenes de la barbarie, cuando los europeos y africanos se encontraron por primera vez en el siglo XV. Nos remonta a esos años en que “en la imaginación medieval –de acuerdo con Peter Forbath– aquella región era una zona de máximo terror (…) donde los cielos arrojaban cortinas de fuego líquido y las aguas hervían (…) donde serpientes en forma de roca y ogros con aspecto de isla acechaban, donde la mano gigantesca de Satanás surgía de las profundidades insondables para atraparlo…”

Superados los temores iniciales, el hombre blanco descubrió unos de los negocios más lucrativos y terroríficos de toda la historia: el tráfico de esclavos, el secuestro masivo de hombres, mujeres y niños para ser vendidos en diversos puntos del planeta como bestias.

No fue el rey Leopoldo II quien inventó la esclavitud, pero sí fue, en los tiempos modernos, el que la llevó a nuevos e increíbles niveles de barbarie en nombre de la civilización.

En uno de los pasajes más atractivos de su libro, Hochschild examina las fuentes verídicas que dieron lugar a la obra maestra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Detrás de la novela, como se sabe, está el viaje que un joven marino de origen polaco, aspirante a capitán y a escritor (lleva en su mochila el borrador de La locura de Almayer), hace por el Congo en 1890. Es un convencido de las bondades del imperialismo, pero lo que ve ahí lo perturbará tanto como al señor Kurtz de su libro, tal y como lo confesaría muchos años después:

“Descendió sobre mí una gran melancolía cuando me di cuenta de que las realidades idealizadas de los ensueños de un muchacho habían sido desplazadas y embrutecidas por las actividades de Stanley y del Estado Libre del Congo; por la nada santa recolección de un periodistilla sensacionalista y por el desagradable conocimiento del más vil de los saqueos en la historia de la exploración geográfica y de la conciencia humana” (Last Essays, 1926).

El perfil de Kurtz, el torvo personaje que lleva al extremo la ambición de una empresa colonial en la novela, se nutre de varios agentes, soldados y empleados que Conrad tuvo oportunidad de conocer. Cuando ya casi al finalizar la primera parte de El corazón de las tinieblas, Marlow, quien relata la historia, pregunta “¿quién es ese señor Kurtz?”, obtiene con muchas dificultades, de parte de un empleado, una respuesta que hubiera llenado de satisfacción al rey Leopoldo: “Es un prodigio (…) un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el diablo sabe de qué más”.

Pero también Kurtz es un hombre que en el extremo de sus brutales prácticas, necesarias para la civilización y el imperio, será capaz de resumir en sus últimas palabras, “durante ese momento supremo de total lucidez”, la condición a la que él y los esclavos habían sido reducidos: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”.

ariel2001@prodigy.net.mx

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