• Regístrate
Estás leyendo: El 68, un momento cultural
Comparte esta noticia
Sábado , 20.10.2018 / 02:10 Hoy

Analecta de las horas

El 68, un momento cultural

Ariel González Jiménez

Publicidad
Publicidad

Ya que todo el año conviviremos de muy distintas formas —y en todo el mundo— con el fantasma del 68, conviene ubicarlo sobre todo como un momento cultural, acaso el punto más alto de todo eso que fueron los años 60 y que marcaron tan profundamente nuestra noción de modernidad e incluso posmodernidad.

Al conceptualizarlo de este modo creo que nos protegemos, por lo menos en parte, de su mitologización, tan en boga por quienes lo quieren ver reducido a un fetiche político y propagandístico, estandarte por excelencia de visiones trasnochadas que lo ubican como annus mirabilis de la revuelta social.

Decir que se trata de un momento cultural alude a que es la suma de muchas cosas que se venían preparando desde años antes, aunque la visión temperamental o sentimentalista siempre quiera poner por delante su magia, un aura propia de iniciados en todos los campos.

El sociólogo Daniel Bell comentaba en su imprescindible Las contradicciones culturales del capitalismo que “el conocimiento esotérico, como la fórmula especial de los magos o el hermetismo de los sacerdotes antiguos, brinda una reforzada sensación de poder sobre los seres vulgares y no iluminados. Irving Howe ha sugerido que lo moderno debe ser definido en términos de lo que no es, como una ‘negativa inclusiva’. La modernidad, escribe, ‘consiste en una revuelta contra el estilo prevaleciente, un furor inflexible contra el orden oficial’. Pero esta misma condición, como señala Howe, plantea un dilema: ‘El modernismo debe siempre luchar pero nunca triunfar totalmente, y luego, después de un tiempo, debe luchar para no triunfar’”.

Ser diferente, único, aunque para ello se tenga que formar parte de una masa en rebelión, es el signo de estos tiempos. Destruir el “orden oficial” o sus representaciones en los más diversos terrenos, es la vocación natural de una generación de jóvenes que a veces incluso no tienen muy claro lo que quieren, pero sí lo que rechazan.

Sabiéndolo o no son herederos inmediatos de esta apretada síntesis que ensayó el citado Bell: “En la década de 1960 surgió una poderosa corriente posmodernista que llevó la lógica del modernismo a sus últimas consecuencias. En los escritos teóricos de Norman O. Brown y Michel Foucault, en las novelas de William Burroughs, Jean Genet y, hasta cierto punto, Norman Mailer, y en la cultura porno-pop que nos rodea ahora por todas partes, vemos una culminación lógica de las intenciones modernistas. Como lo dice Diana Trilling, son ‘los aventureros que van más allá de la conciencia’”.

¿En el panorama de los 60, 1968 fue un año decisivo? En el ámbito de la revuelta, el desafío a los poderes establecidos —sean cuales fueran éstos en todo el orbe—, sin duda alguna. Pero en términos generales, por lo que tiene que ver con su esencia cultural, no fue ni mejor ni peor que otros años de la década de la que forma parte.

Mark Kurlansky, en su 1968: el año que conmocionó al mundo (Destino, 2005), preparó una de esas grandes reconstrucciones periodísticas que transitan libremente del entusiasmo a la apología en lo que hace a los ejes de esta época, que “fue el epicentro de una transformación, de un cambio fundamental”. Su libro es uno de los que este año habrá que tener muy presentes, porque aportan una mirada amplia sobre los hechos. Sin embargo, siendo tantos y variados los acontecimientos que tuvieron lugar en esos días, es muy difícil encontrar una conexión directa entre las causas de los muchachos de Ciudad de México (y claro, no lo olvidemos, de otras partes del país) que luchan contra el autoritarismo del régimen priista y los parisinos que incuban su movilización en las aulas universitarias, o entre los estudiantes italianos que logran movilizar a la clase obrera con discursos como el de la autogestión, y los checos que quieren superar el totalitarismo (y consecuentemente miran con asombro cómo los jóvenes de izquierda occidentales pueden aspirar a una sociedad comunista, cuando ellos son claro ejemplo de su fracaso y atrocidades).

Para Kurlansky, recientemente, lo mismo que antes y después para muchos otros que abordaron el tema, ha sido difícil ubicar las grandes diferencias entre las revueltas juveniles dentro de las democracias formales y aquellas que tuvieron lugar en los países del Este. La idealización de una revuelta juvenil a escala planetaria impide ver muchos detalles que enriquecen, pero complican, la mirada nostálgica sobre esos años.

Otro tanto ocurre con el panorama cultural, del que a veces se tiene una suerte de imagen congelada que es sobrepuesta para todos los casos intentando verlos bajo el mismo prisma. Se pierden de vista muchas singularidades, pero es obvio que en el plano cultural estamos hablando de una materia mucho más global y maleable. Los muchachos de California, Londres o Ciudad de México escuchan a los Rolling Stones, pero también los de Praga o Varsovia, aunque lo hacen a escondidas o con dificultades. Sus señas de identidad, romanticismo aparte, son claras y difusas a un tiempo: sueñan con cambiar al mundo, con romper las rígidas reglas que les son impuestas…Y todos tienen la calle a la vista. La calle que terminarán tomando.

ariel2001@prodigy.net.mx

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.