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Sábado , 21.07.2018 / 13:28 Hoy

Analecta de las horas

Eco: abierto e integrado

Ariel González Jiménez

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A la hora de su muerte, supongo que le chocaría que nos pusiéramos apocalípticos. Él, que fue uno de los intelectuales más versátiles, profundos y divertidos con que muchos crecimos, no nos lo perdonaría. En primer lugar exigiría menos solemnidad y muchos menos conceptos grandilocuentes para referirnos a su trayectoria.

Cierto que tenía todo para ser un exquisito pedante: doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín, así como plaza de profesor en muchos de esos lugares donde se forman las élites y en donde sus primeras reflexiones semióticas, allá por los años sesenta, deslumbraron al mundo académico.

En ese ámbito y sus derivados intelectuales tenía garantizado ser el apocalíptico perfecto: aquel que haría sentir a sus lectores e interlocutores que hay "una comunidad de 'superhombres' capaces de elevarse, aunque solo sea mediante el rechazo, por encima de la banalidad media". Llevado al límite, la comunidad reducidísima —y elegida— del que escribe y del que lee, "'nosotros dos, tú y yo, los únicos que hemos comprendido y que estamos a salvo: los únicos que no somos masa'".

Pero ese mundo le quedaba chico, por lo visto. De hecho, podemos decir que teniendo formación de apocalíptico, prefirió siempre jugar —muy lúcida y comprensivamente, eso sí— del lado de los integrados, asumiendo algo que hoy puede resultar muy obvio, pero que en aquel entonces suscitó muchas críticas y abrió enormes debates:

"El universo de las comunicaciones de masa —reconozcámoslo o no— es nuestro universo; y si queremos hablar de valores, las condiciones objetivas de las comunicaciones son aquellas aportadas por la existencia de los periódicos, de la radio, de la televisión, de la música grabada y reproducible, de las nuevas formas de comunicación visual y auditiva. Nadie escapa a estas condiciones, ni siquiera el virtuoso que, indignado por la naturaleza inhumana de este universo de la información, transmite su propia protesta a través de los canales de la comunicación de masa, en las columnas del periódico de gran tirada o en las páginas del folleto impreso en linotipia y distribuido en los kioscos de las estaciones".

Así que, sin dejar de pelear con y para las ideas más originales que bullían en su cabeza desde joven, delimitó el terreno en el que por lo menos él actuaría sin complejo alguno. Sería, pues, el intelectual mediático por excelencia; una voz crítica, indispensable, accesible, pero nunca frívolo, nunca condescendiente con la estupidez o la intolerancia. Y demostraría que se pueden tener desplantes apocalípticos perfectamente integrados, y viceversa.

Con esa apertura desprejuiciada fue como opinó que la Biblia (un caso que yo siempre cito) era un gran libro porque tenía todo lo que una buena novela debe tener: sexo, violencia, traición, etcétera. Es una historia humana. Y salían los teólogos y las buenas conciencias a pegar de gritos. Otras veces enfrentaba o provocaba —preferentemente, porque supongo que le parecía más cool— a la izquierda arcaica, que se retorcía en sus dogmas más retorcidos.

Su éxito como novelista —con El nombre de la rosa— indispuso a muchos apocalípticos que hubieran deseado una novela "más intelectual". Pero como los integrados la hicieron suya, conformándose en la mayoría de los casos con saber de qué se trataba a través de la película, el rechazo literario de algunas élites creció proporcionalmente a su popularidad. Luego vendría El péndulo de Foucault y otras muchas desiguales novelas que no volverían a alcanzar el éxito de El nombre de la rosa, pero que sí mostraron su madera de escritor.

Para explicar el título de su libro Confesiones de un joven escritor, escribió: "Publiqué mi primera novela, El nombre de la rosa, en 1980, de modo que empecé mi carrera como novelista hace cosa de treinta años. Me considero, por lo tanto, un novelista muy joven y ciertamente prometedor...".

Y gusten o no, sus promesas literarias fueron cumplidas, siempre con la certeza de que frente a sus páginas había alguien que intentaría encontrar sentido a sus palabras. Por eso decía: "No me cuento entre los malos escritores que solo escriben para sí mismos. Lo único que los escritores escriben para sí mismos son las listas de la compra...".

Siempre su opinión, cuidadosa y pulcramente expuesta, hacía de sus artículos un material imperdible. Enseñaba inteligencia este buen profesor, no verdades acabadas. Después de todo, su obsesión por la apertura, ésa que espera como complemento ideal al lector atento y libre, lo acompañó hasta el último momento.

Su amplia obra, inteligente y crítica, continúa abierta.

ariel2001@prodigy.net.mx

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