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China: el fin del extrañamiento

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Hace ya unos años —imposible fijar cuántos con exactitud—, China dejó de ser el viaje más exótico, el destino más extraño o eso que mucho antes se definía como los confines del mundo.

En 1967, Henri Michaux confesaba seguir sintiendo el “movimiento, sordo y secreto” de Asia, si bien entendía que la China que él visitó en 1931 había desaparecido para siempre: “Eran los años de aquella China acorralada, mermada, amenazada de desmembración, que no llegaba a rehacerse, y que se mostraba desconfiada y cerrada, no acertando con una civilización desorganizada a hacer frente eficazmente al cataclismo, ni por medio de la astucia ni del número ni por medio de nada de lo experimentado hasta aquellos días”.

No obstante, algunos de los apuntes psicológicos e intuiciones magistrales de Michaux perduran hasta la actualidad. ¿Quién podría negar hoy, en cualquier lugar del mundo, que “la escritura china parece un idioma de empresarios, un conjunto de signos de taller”?

¿O cómo refutar que “el chino es artesano, y artesano hábil. Tiene dedos de violinista. Sin ser hábil no se puede ser chino: imposible. Hasta para comer, como él lo hace con dos palillos, hay que tener una cierta habilidad. Ésta la ha buscado. El chino podía inventar el tenedor, que 100 pueblos han encontrado, y utilizarlo. Pero ese instrumento, cuyo uso no requiere destreza alguna, le repugna”.

Pienso en estas descripciones tan profundas de Michaux porque cualquiera, aun sin visitar China, puede sentirlas perfectamente reales. Al llegar a ese país, hace ya unos meses, no podía menos que tenerlas presentes en espera de constatarlas, lo que ocurrió de inmediato.

A lo largo del tiempo, los viajeros más sensibles no han mentido sobre China; es difícil que observadores agudos como Marco Polo, Mateo Ricci o, más modestamente, Michaux, no captaran esas realidades milenarias que emergen en cualquier aspecto de la vida cotidiana de este país.

Mientras Michaux escribía en 1967 el prólogo para la reedición de Un bárbaro en Asia, otro francés, Simon Leys, intentaba abrir los ojos (especialmente a la intelectualidad de su país) acerca de las atrocidades que vivía ese país durante la llamada Revolución cultural, último coletazo violento del maoísmo y, paradójicamente —ya dejada atrás—, punto de partida de la gran apertura y transformación de la moderna China.

El escritor y sinólogo belga Pierre Ryckmans, mejor conocido como Simon Leys (aunque en México es poco conocido de cualquiera de las dos formas), fue uno de esos peces que son capaces de nadar contra la corriente aun cuando en ello les vaya la fama y el reconocimiento del momento. Así, mientras las figuras más prominentes del mundo intelectual francés —que a su vez lo eran del mundo, dada la difusión de sus obras— se rendían a los pies del maoísmo, esa corriente comunistas que también gozó de las preferencia de la moda con su famoso cuello recortado y los ingenuos retratos de Andy Warhol, Simon publicó en 1971 Los trajes nuevos del presidente Mao, una crónica de los horrores propiciados por la Revolución cultural. Muy pocos quisieron leer o escuchar lo que hoy es una verdad asumida en la propia China: ese periodo significó años de retraso, la muerte de muchos y el descabezamiento de las élites intelectuales, artísticas y científicas; en suma, una experiencia lamentable que en buena medida explica la apertura que posteriormente experimentó este país en diferentes renglones (dejando de lado, por cierto, los concernientes al “problema secundario” de las libertades democráticas).

El potencial comercial, técnico y cultural que experimenta China es resultado del consenso que se generó a finales de los años 70 en torno de los planteamientos modernizadores de Deng Xiao Ping, quien antes había sido apartado del poder por Mao y sus seguidores, la famosa “Banda de los cuatro”, encabezada por la esposa del Gran Timonel, Jian Qing (quien hasta el último momento se jactó: “Yo era el perro enojado de Mao. A quien él dijese que había que morder, yo le mordía”).

Conociendo un poco de su pasado y de la historia reciente de China, es imposible no sestar impresionado por su capacidad de transformación, es decir, su poderosa voluntad para sobreponerse a las adversidades y catástrofes, aun las más graves. En unas cuantas décadas, el país emprendió con enorme audacia todas las reformas necesarias para adquirir el nuevo y deslumbrante aspecto que tiene a los ojos de quien lo visita.

Es imposible pensar el futuro mundial sin esta gran nación, no solo en términos geopolíticos y comerciales —los más evidentes—, sino en términos también culturales.

Por eso resulta particularmente útil el enfoque de Evan Osnos expuesto en su libro China: la edad de la ambición (Malpaso, 2017), donde señala: “Se suele abordar el análisis de la China actual como una competición entre Oriente y Occidente, entre el capitalismo de Estado y el libre mercado. Sin embargo, hay en el fondo una cuestión más inmediata: la lucha por definir la idea de China. Comprender este país requiere calibrar no solo la luz y el calor que emanan de su incandescente nuevo, sino también examinar el origen de su energía, es decir, los hombres y mujeres que forman el núcleo del proceso que ha cambiado a China”.

Seguimos tratando de entender este país, pero ya no desde la extrañeza, porque es mucho lo que hoy nos aproxima. En todo caso, su realidad es un tema para hoy y el porvenir.

ariel2001@prodigy.net.mx

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