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Miércoles , 26.09.2018 / 02:23 Hoy

Analecta de las horas

Chernóbil: infierno y memoria /I

Ariel González Jiménez

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Hay días en los que el infierno parece tomar forma e instalarse en la desdichada tierra. El sábado 26 de abril de 1986, en Chernóbil, fue una de esas ocasiones en las que nadie duda que el hombre, en su ambición de progreso, puede convocar fuerzas demoniacas.

Treinta años después, ya es hora de pensar en este desastre nuclear y de traer de nuevo a la memoria todo el horror sin precedentes que desató.

La esperanza de toda evocación terrible es que no se repita y que la terca especie humana haya aprendido algo de ese siniestro episodio que marca un verdadero parteaguas en materia de desastres atómicos.

Ese día, lo que se esperaba fuera nada más una prueba en la que se simularía un corte de suministro eléctrico, devino en un peligroso calentamiento del núcleo del reactor número 4 de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, ubicada muy cerca de una pequeña ciudad, Prypiat, en lo que ahora es parte de la República de Ucrania, creada ex profeso para que la habitaran los trabajadores, técnicos e ingenieros de uno de los más ambiciosos proyectos de uso de la energía nuclear de la que entonces era todavía la Unión Soviética.

Cimentada en las mentiras que difundía el Partido Comunista, en la simulación de los supuestos logros "del socialismo", en no poca improvisación y diversas formas de corrupción, la carrera atómica de la Unión Soviética se ufanaba de esta central nuclear como una de las más desarrolladas y seguras del mundo.

El desastre de Chernóbil fue la suma de numerosos errores humanos, pero también de un conjunto de deficiencias y problemas que arrastraba la construcción del reactor que ese día se ponía a prueba. Ni los técnicos al frente de la prueba tomaron las decisiones más adecuadas, ni el reactor tenía las especificaciones de calidad y (sobre todo) seguridad que ellos suponían. Fue como si corrieran irresponsablemente un automóvil a toda velocidad, que de pronto se quedara sin frenos (porque de hecho no los tenía) y ya solo se pudiera detener impactándose y estallando en mil pedazos.

En términos técnicos, después del sobrecalentamiento que sufrió, el hidrógeno acumulado en el interior del reactor hizo explosión y liberó algunos de los venenos más letales con los que solo el hombre se ha atrevido a jugar: dióxido de uranio, óxido de europio y grafito, entre otros materiales radiactivos y tóxicos que recorrieron, las semanas y meses siguientes en forma de nube, buena parte de Europa.

En conjunto, el poder de estas sustancias fue 500 veces mayor que el de la bomba atómica de Hiroshima. A las decenas de personas, técnicos y bomberos que murieron en las primeras horas, siguió la evacuación de toda la ciudad de Prypiat, unas 116 mil personas personas que de un día para otro tuvieron que dejar su casa y la mayor parte de sus pertenencias al huir de la radiactividad.

Entre sus terroríficos efectos, Chernóbil también creó una gran ciudad fantasma que ninguna novela gótica pudo imaginar antes. Las cosas están ahí; la gente ya no. Prypiat quedó como un enorme mausoleo del sueño soviético de desarrollo nuclear acelerado.

Durante las semanas siguientes al desastre, unas 600 mil personas intentaron desesperadamente limpiar el lugar. Se les llamó "liquidadores", aunque en realidad muchos de ellos fueron los que resultaron liquidados por la radiación en los meses y años siguientes. Pero todos reconocen que su labor, heroica sin duda, evitó una segunda explosión que pudo haber impactado fatalmente a toda Europa.

Aun así, los 30 kilómetros a la redonda de Chernóbil son una zona muerta, aislada, que solo unos cuantos científicos recorren periódicamente para observar los efectos de la catástrofe y advertir del peligro que sigue entrañando ese cadáver que es el reactor 4 y que fue sepultado en un "sarcófago" construido improvisadamente por los ingenieros soviéticos.

Pero junto con el reactor, en más de un sentido también comenzó el entierro de la Unión Soviética. Fue hasta el 14 de mayo cuando Mijaíl Gorbachov, entonces secretario general del PCUS, logró vencer la opacidad informativa que privaba e informó con claridad del tamaño real del siniestro. Por supuesto, no satisfizo a todos en Occidente, pero si consideramos que en la antigua Unión Soviética la práctica común era no informar sobre nada, el avance de Gorbachov fue considerable. Reconocer los hechos e, implícitamente, el fracaso técnico y la simulación que los habían hecho posibles, no era cosa fácil.

La glasnost de Gorbachov, que ya estaba en marcha, fue, paradójicamente, la principal beneficiaria de la tragedia.

ariel2001@prodigy.net.mx

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