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Analecta de las horas

Chernóbil: el infierno y la memoria /y III

Ariel González Jiménez

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Pasé revista ya a las generalidades del accidente nuclear más importante de la historia. También retomé la idea de que, junto con el núcleo del reactor Vladimir Ilich Lenin, estalló la farsa tecnológica, la improvisación, simulación y corrupción criminales de la URSS. Me acerqué así a una trágica historia que ha sido contada de forma inigualable por la nobel Svetlana Alexiévich, quien en Voces de Chernóbil (Debate, 2015) construye una obra cuya estrategia ha sido dar voz al hombre común y corriente y mirar hacia la vida cotidiana para mostrar los entresijos del terror.

Es un libro devastador que roza lo insoportable. A las pocas páginas este libro nos sacude con terribles escenas: es un vistazo al infierno después del infierno. Toda la crudeza del sufrimiento humano frente al desastre nos es transmitida por distintas víctimas que fueron convertidas, de a poco o de golpe, en despojos humanos; por sus deudos, que descubrieron las infinitas capas del dolor que siguió al accidente. Al leer sus testimonios uno piensa fácilmente que bien podrían ser fantasmas que nos relatan cómo el apocalipsis llegó a esa zona.

El trabajo de Alexiévich tiene un tono que me hizo recordar las reflexiones que hacía José Revueltas en la introducción a su novela Los muros de agua, y que precisamente marcan algunas de las diferencia entre la literatura como tal y lo que hace Alexiévich. Porque de su obra, Revueltas advertía: "...Los muros de agua no son un reflejo directo, inmediato de la realidad. Son una realidad literaria, una realidad imaginada. Pero esto lo digo en un sentido muy preciso: la realidad siempre resulta un poco más fantástica que la literatura, como ya lo afirmaba Dostoievski. Éste será siempre un problema para el escritor: la realidad literalmente tomada no siempre es verosímil, o peor, casi nunca es verosímil.

Nos burla, nos 'hace desatinar' (como tan maravillosamente lo dice el pueblo en este vocablo de precisión prodigiosa), hace que perdamos el tino, porque no se ajusta a las reglas; el escritor es quien debe ponerlas".

Y la realidad que nos presenta Alexiévich en muchos momentos no es dibujada ni filtrada por la literatura y sus recursos creativos, sino simplemente expuesta, presentada por testigos directos o indirectos del desastre de Chernóbil (en este caso, pero lo mismo podrían serlo de la Segunda Guerra Mundial o del régimen soviético, de lo que tratan sus otras obras esenciales).

Desde luego, está presente la subjetividad y visión muy particular de quienes exponen los hechos; también incluso una absoluta conciencia testimonial ("Apunte usted [cuenta la periodista que le decían sus entrevistados]. No hemos comprendido todo lo que hemos visto, pero que queden nuestras palabras. Alguien las leerá y comprenderá. Más tarde, después de nosotros...").

A lo sumo, Svetlana Alexiévich redondea las cosas que nos presenta con algunas frases interpretativas, algunas ideas que alumbren un poco el terrorífico trayecto que describen sus personajes (actores sin más), pero el sustrato esencial de sus textos es siempre el mismo: la voz de la gente común que ha experimentado vivencias devastadoras, hombres que tienen "una idea completamente distinta de la muerte", mujeres que no saben dónde principia o termina el dolor.

Un ejemplo: la esposa de uno de los bomberos que fueron enviados en los primero minutos (sin saber a lo que se enfrentaban) a combatir el fuego del reactor número cuatro; su marido cumple con su deber y a las pocas horas se halla desahuciado por la fuerte contaminación radiactiva a la que se expuso. Es llevado a un hospital de Moscú y ahí ella —que encima está embarazada— le hace compañía día y noche, sin importar el riesgo enorme que está tomando: "Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas..., como si fueran unas películas blancas... El color de la cara, y el del cuerpo..., azul, rojo..., de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!".

También Revueltas se acercó "a examinar, a contemplar, a medir un horror concreto, el horror en una de sus manifestaciones más desnudas": la visita a un leprosario. Lo cuenta en la introducción a Los muros de agua y, en verdad, resulta terrible su descripción. Pero su apunte acerca de lo que podía hacer o no con esa visita se vincula directamente con lo que ha conseguido Alexiévich. Dice Revueltas: "Yo había contemplado una realidad. Pero dudo de que esa realidad pudiese ser transformada en una ficción literaria convincente. Era excesiva, superabundante.

"Con esto quiero decir que un realismo mal entendido, que un realismo espontáneo, sin dirección (el simple ser espejo de la realidad), nos desvía hacia el reportaje terriblista, documental. La realidad necesariamente debe ser ordenada, discriminada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos".

Alexiévich pudo realizar un mero "reportaje terriblista", pero supo ordenar el horror para contarlo y que no se olvide nunca.

ariel2001@prodigy.net.mx

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