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Lunes , 15.10.2018 / 10:48 Hoy

Analecta de las horas

Auditorio Justo Sierra: el secuestro debe terminar

Ariel González Jiménez

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Había una vez un auditorio universitario que era la envidia no solo del resto de las facultades y escuelas de la UNAM, sino de muchas universidades del mundo. Desde su apertura, en 1954, y por estar en la Facultad de Filosofía y Letras, era un foro fundamental para la exposición de las ideas de intelectuales y artistas de primer nivel.

Baste pensar que tan solo de la Facultad de Filosofía y Letras, que alberga dicho auditorio, maestros eméritos como José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Nicol, Edmundo O'Gorman, Wenceslao Roces, Leopoldo Zea y Bolívar Echeverría animaron este espacio con sus ideas y también con las de sus pares de México y el mundo.

Conferencias magistrales, coloquios, un cruce sin fin de reflexiones se producía en este auditorio que recibe el nombre de Justo Sierra. Tuvo, claro, momentos estelares: Rafael Vargas, en un excelente artículo publicado en Nexos (julio de 2015), hizo la crónica de las visitas del autor de El tambor de hojalata a nuestro país y nos cuenta: "La tercera y última vez que Günter Grass visitó México fue en la tercera semana de marzo de 1993 (...) Su brillantez y franqueza atraían los reflectores. Acompañado por Juan Villoro, quien habló sobre la obra de Grass, y por Sealtiel Alatriste, entonces director de Alfaguara, Grass leyó en alemán el cuarto capítulo de Malos presagios en el auditorio Justo Sierra, y Alatriste leyó la traducción al español. Enseguida el novelista respondió a las preguntas de los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quienes le aplaudieron a rabiar".

En 1983, Julio Cortázar llegó al mismo auditorio a leernos a una multitud de jóvenes algunos cuentos de Deshoras, que acababa de publicar. Muchos no alcanzamos asiento, así que fuimos llenando las escaleras y otros espacios para escuchar a nuestro héroe literario. Por momentos, sobre todo por la saturación del espacio, parecía imposible que el autor pudiera leer su obra, pero privó la disciplina y el silencio. Nadie impuso el orden sino la presencia de nuestro invitado y la debida cortesía como anfitriones.

Esos mismos jóvenes, algunos de las facultades aledañas como yo (que estudié en Economía), éramos asiduos espectadores de las funciones de cine que ahí también tenían lugar. Mucho del cine que vimos en esos años nos fue proyectado ahí, en ciclos muy bien escogidos y de gran calidad.

En la arena política, el auditorio sirvió también como espacio para las asambleas durante el movimiento estudiantil de 1968. Fue justificado que a partir de la inspiración de esa época se le conociera igualmente como auditorio Che Guevara.

Después lo usarían los asambleístas del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), lamentablemente y en primer lugar para discutir cómo paralizar la UNAM unos meses, en reacción al plan de reformas ideado por el rector Jorge Carpizo. Aun cuando el movimiento del CEU me pareció reaccionario en su concepción y fines (movilizarse para que todo siguiera igual, excepto la vida de algunos de sus dirigentes, que tuvieron a partir de entonces buenos empleos y proyección política), trajo algo bueno, para lo que también sirvió el Che Guevara (entre otros muchos espacios): el Congreso Universitario.

La descendencia más pedestre del CEU dio vida en 1999 al llamado Consejo General de Huelga, organización a la que cabe atribuirle el mayor descalabro académico, científico (un sinnúmero de investigaciones perdidas) y el mayor saqueo material que haya sufrido nuestra Máxima Casa de Estudios en toda su historia: una huelga que duró prácticamente un año.

Este movimiento, que surgió como reacción al intento de las autoridades de modificar el Reglamento de Pagos, puso al descubierto a los segmentos más radicales y enfermizos del CGH. Recuperada la UNAM mediante la intervención de la fuerza pública, los malos presagios de los que alguna vez hablara Grass en el auditorio Justo Sierra se terminaron por hacer realidad en este mismo espacio, ocupado por lo que en su momento fue el último reducto del CGH y, posteriormente, hasta hoy, por diversos grupúsculos seudoestudiantiles ligados —ahora está más claro que nunca— a la delincuencia y el narcomenudeo.

Hace unos días, la detención de un personaje que dirige a quienes ocupan ese espacio movilizó otra vez a los "estudiantes" ahí instalados, que salieron a quemar una patrulla y a incendiar botes de basura clamando por la liberación de su jefe.

El episodio, aislado ciertamente, ha servido para que muchas voces —las autoridades universitarias en primer lugar— demanden la entrega de este inmueble. Han pasado 16 años y el consenso es más que evidente: la canalla que lo habita debe marcharse y permitir que el auditorio Justo Sierra vuelva a cumplir con todas las funciones para las que fue creado. Es hora de que concluya el siniestro abuso que unos cuantos han cometido, favorecidos por la tolerancia y pluralidad que caracteriza a la comunidad universitaria. El secuestro del auditorio Justo Sierra debe terminar.

ariel2001@prodigy.net.mx

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