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Lunes , 24.09.2018 / 02:48 Hoy

De raíces y horizontes

Vida compartida

Arcelia Ayup Silveti

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Cuando me cuesta trabajo despegarme de la cama, en automático pienso en mi mamá y me pongo de pie. El pasado viernes 26, cumplió setenta y nueve años. Desde hace cuarenta y dos tiene una mercería en Matamoros, Coahuila.

Trabaja doce horas diarias en su tienda, administra su casa, atiende a mi padre, coordina una caja popular de ahorro, participa en la iglesia y tiene un club de amigas. Ella cree que yo trabajo mucho y que hago muchas cosas, pero en realidad, es ella quien siempre da lo mejor de sí y trabaja demasiado.

Muchas veces me pide que no trabaje tanto y siempre le contesto que cuando ella deje de hacerlo, entonces seguiré su ejemplo. Gracias a su tienda y al empleo de mi papá en la SEP, pudimos estudiar una carrera profesional sus cuatro hijos, dos de ellos fuera de La Laguna, y yo, en una escuela privada.

Cuando supe donde deseaba estudiar, dude en decirle a mi madre, porque era una universidad costosa para nuestro presupuesto familiar, además exigía materiales también caros.

Ella me preguntó si estaba segura que esa carrera era para mí, cuando le aseguré, me dijo que solo debía preocuparme por dedicarme a estudiar, y ella por ver cómo le hacía para costear mis estudios. Cada una de mis colegiaturas se pagaron puntualmente.

Doña Arcelia Silveti Mejía guarda muchas historias en los bolsillos, tanto propias como ajenas. Están compuestas por su propia vida, la que construyó al lado de mi papá desde hace sesenta años, sus cuatro hijos, ocho nietos y cuatro bisnietos.

Pero, se enriquece cada día con las que escucha desde su sillón de la mercería: Rosita, que habla cantando y vende dulces; los clientes “de toda la vida”; su único hermano y cuñado, respectivamente, Agustín Silveti y Álvaro Ayup; sus ahijados, amigas y vecinas.

Para todos tiene. Se ríe, llora, se indigna con cada historia escuchada. Su determinación y fuerza son encomiables, la hicieron de esa madera que se extinguió hace algunas décadas. Se pelea a diario con sus piernas y las regaña cuando se ponen rejegas porque no la quieren apoyar como antes.

Se propone caminar con garbo, apoyada en su bastón que la acompaña desde más de treinta años. Sin duda, uno de los pilares más fuertes en la formación de mi carácter y personalidad. Felicidades doña Arcelia por esa vida compartida con todos los que te queremos.



biznagaas@hotmail.com

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