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La pantalla del siglo

¿Un final feliz para Francia y Europa?

Annemarie Meier

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Descubrir en la cartelera una película de Michael Haneke con el título Un final feliz (Happy End) sorprende a los que conocen su obra. A la mejor no recordemos a detalle los desenlaces de La pianista, Juegos sádicos, El listón blanco o Amor pero sabemos que no tienen finales felices. En Happy end el realizador austriaco que radica en Francia retoma tanto elementos de Amor como de Caché para construir una comedia negra sobre la clase media/alta centroeuropea y la utopía perdida de una Europa unida, abierta y generosa ya que se desmorona al interior y es incapaz de enfrentar las presiones externas.

En el centro del laboratorio de observación de Haneke está una familia burguesa de Calais, Francia, cuyo patriarca Georges Laurent ha pasado la estafeta del negocio de construcción a su hija Anna, quien comparte el hogar paterno con su hijo Pierre, supuesto heredero del negocio, y su hermano Thomas, un exitoso doctor con esposa, bebé. Eve, hija de un matrimonia anterior de Thomas, completa las tres generaciones de apellido Laurent que conviven en una mansión con varios sirvientes.

Aunque la película empieza con Eve, la niña de trece años, que provoca y graba en video la muerte de su hámster, el filme brinca de personaje en personaje para mostrar la crisis por la que atraviesa cada miembro de la familia. Georges (Jean-Louis Trintignant) quien tiene - o finge - demencia senil ensaya distintas maneras de suicidarse, Anne (Isabelle Huppert) lucha por salvar el negocio y enderezar a su hijo desesperado (Franz Rogowski), Thomas (Mathieu Kassovitz) hace malabares para cumplir y realizar sus fantasías. La adolescente Eve con su cámara de video observa, registra, juzga y castiga al que declara culpable. 


El filme muestra la familia reunida en varias ocasiones pero sobresalen dos momentos especialmente significativos: En uno observamos a todos sentados en fila durante un concierto de música de cámara. Una familia unida, rica, elegante y culta que escucha música clásica. La cámara, sin embargo, revela que las apariencias engañan. En otro momento de la película vemos a todos sentados en una mesa frente a un ventanal que da a la playa y el mar de Calais. La transparencia y los tonos claros de los atuendos contrastan con las miradas que miran con dureza hacia la cámara, es decir al espectador. Casi retando. ¿Qué nos observan? Así somos y aquí estamos. Este mundo nos pertenece.

Las dos escenas descritas pueden interpretarse como expresiones de la condición de una familia patriarcal del norte de Francia. Sin embargo, hay escenas que muestran la situación de Calais como puerto que concentra una buena parte de la migración del continente africano hacia Gran Bretaña. La larga malla por la que Anne maneja su coche, la separa de la zona, dónde se concentran los migrantes que esperan una oportunidad para cruzar el canal. En otra escenas observamos una obra de la constructora Laurent, una inmensa excavación en la que los trascabos trabajan mientras escuchamos una estación de radio con noticias. De repente observamos cómo una de las paredes de concreto se empieza a desmoronar y cómo la tierra que cae al hoyo se lleva un sanitario móvil situado en el bordo de la excavación. El plano general desdramatiza el hecho que, como sabremos más adelante, le costó la vida a un trabajador extranjero. “Hubo un pequeño accidente”, comenta Anne por teléfono desde su carro. “Nada grave”. Nada que no se resolvería con una indemnización de 35,000 Euros para la familia del muerto.

Haneke muestra la indiferencia – o más bien la resistencia – frente a la inmigración y la situación desastrosa de Europa con un filme que revela no sólo la xenofobia de una generación que ha olvidado el pasado colonialista y justifica el presente privilegiado, sino que incluso ha desarrollado mecanismos para enfrentar los sentimientos de culpa.

annemariemeier@hotmail.com

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