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Sábado , 15.12.2018 / 08:04 Hoy

La pantalla del siglo

Promesas y decepciones en "Tiempo compartido"

Annemarie Meier

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Cuando llegamos a alguna playa para pasar vacaciones uno de los momentos más emocionantes es la llegada al hotel o búngalow que será por unos días nuestro hogar. Con curiosidad observamos el entorno para imaginarnos cómo disfrutar unos días llenos de belleza y armonía. Estos fueron también las expectativas de Pedro (Luis Gerardo Méndez), protagonista de Tiempo compartido, al llegar a un resort con su esposa Eva (Cassandra Ciangherotti) e hijo. El hombre había conseguido la promoción en un seminario de una importante cadena de hoteles y anhelaba no sólo el descanso sino también un fortalecimiento de la convivencia familiar ya que sentía que su esposa e hijo se habían distanciado de él.

Los primeros minutos de Tiempo compartido del realizador mexicano Sebastián Hofmann muestran las expectativas de Pedro con las que el espectador se identifica plenamente aunque empieza a notar indicios de que las promesas no se cumplirán. El modelo arquitectónico del imponente hotel, la belleza del jardín y la alberca iluminada se ven falsos y el diálogo amoroso de la pareja suena hueco. Imposible que una película narre la historia de una pequeña familia mexicana feliz en una lugar de descanso paradisiaco. Y obvio que tenemos razón ya que por un error administrativo - ¿será?- la intimidad de la pareja y familia se interrumpe. El “tiempo compartido” se vuelve espacio compartido porque los obligan a compartir su villita con otra familia que también ha ganado un promoción. Pedro se desespera y provoca que los roces con Andrés (Miguel Rodarte), el segundo huésped de la villa, y la administración, no sólo desmoronen las formas sino lleguen a la violencia.

A los conflictos entre los dos hombres y sus familias se agrega como tercer jugador una pareja de empleados del resort que carga con sus propios problemas y muestra las podridas entrañas de la cadena del corporativo hotelero desde la perspectiva del ejército de empleados del servicio. Con todos los jugadores librando pequeñas escaramuzas, tímidos acercamientos y batallas campales, el resort se revela como microcosmos social que reúne y enfrenta a las clases sociales, muestra el estado de la familia patriarcal, las estrategias de venta y el poder inhumano de la empresa global. Un escenario y drama de terror en el que el discurso motivacional de la convivencia armónica y la alegría de pertenecer a una “gran familia”, hace temblar de miedo.

La estética visual con sus planos largos y perfectamente construidos, la iluminación kitsch que acentúa la falsedad de la promesa de paraíso, y el horror que puede provocar está al tono con una banda sonora que ironiza todo anhelo de armonía y felicidad. Matías Penachino como cinefotógrafo y Giorgio Giampà como responsable de la música ayudan al espectador a ver detrás del drama de un hombre, esposo y padre macho, desesperado y frustrado. El relato vive de imágenes y escenas que contienen el significado de todo el filme.

El top shot de la alberca llena de niños gritones y pelotas inflables, el encargado de las lavadoras caminando por el horizonte con un carrito de ropa o abriendo una inmensa lavadora de dónde sale un chorro de agua y sábanas de color rojo sangre, la frágil Eva soportando los regaños de Pedro, lo dicen todo.

Con tantos elementos positivos y un guión coescrito por Hofmann y Julio Chavezmontes que ganó el premio a mejor guión en el Festival de cine Sundance, me pregunto porque salí del cine con un sentimiento de insatisfacción. Me encanta la comedia de humor negro pero en Tiempo compartido sentí una creciente incomodidad que atribuí al tratamiento de los personajes. Me parece que se miran sin empatía y se ponen a actuar y sufrir como ratones de laboratorio. No sentí lo mismo en Halley (2012) donde Hofmann muestra el proceso de descomposición y metamorfosis de un hombre solitario. Lo que distancia Tiempo compartido de Halley es la frialdad con la que el filme observa a sus personajes.

annemariemeier@hotmail.com



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