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Miércoles , 21.11.2018 / 12:31 Hoy

La pantalla del siglo

"Museo"

Annemarie Meier

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Después de conocer Güeros de Alonso Ruizpalacios y alegrarme por su distinción como mejor Opera Prima en el Festival Internacional de Berlín 2014, leí con suspenso las primeras noticias acerca del estreno de su nueva película Museo que se estrenó en el festival alemán en febrero pasado. La película ganó el Oso de plata a mejor guión que había escrito en colaboración con Manuel Alcalá. El inicio de Museo nos ubica en un salón de clase dónde un grupo de niños de primaria reciben una clase de flauta dulce. En las próximas escenas observamos a grupos de alumnos que visitan el Museo Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México y nos enteramos por programas de televisión de le época cómo en el año 1964 el enorme monolito de Tláloc fue transportado de Coatlinchán en el Estado de México, al museo en el Bosque de Chapultepec. Después de la introducción el filme de Ruizpalacios introduce a los personajes y el ”hecho real” que sirve de conflicto y motor para el desarrollo: La noche de Navidad de 1985 en la que el Museo Nacional de Antropología e Historia sufrió la “visita” de ladrones que se llevaron más de cien piezas de oro, jade y turquesa. Cuatro años más tarde el misterio del robo fue aclarado y las piezas recuperadas. El filme toma los sucesos reales como pretexto para construir un relato ficcional acerca de los dos estudiantes de veterinaria de la UNAM que cometieron el hurto. No lo hace en forma de thriller de suspenso sino imaginando entornos familiares, observando conductas juveniles y un ambiente social de mediados de los ochenta en los que Juan (Gael García Bernal y Wilson (Leonardo Ortizgris), invadidos por el vacío existencial, recitando textos de Carlos Castañeda, jugando a Guillermo Tell, se fijaron una meta para sellar un pacto de confianza. Deciden cometer un robo, pero no cualquier robo sino un robo importante. Mientras observamos a los jóvenes realizar su plan, reconocer con sorpresa las consecuencias y su condición de fugitivos de la justicia, escuchamos la pausada voz en off de Wilson que nos comparte aspectos y reflexiones personales. El filme se construye como mosaico – y capas – que muestran y abordan temas, estilos visuales, estilos sonoros y ritmos tan variados que mantienen en suspenso al espectador. La cámara de Damián García y la banda sonora de Tomás Barreiro basada en la suite La noche de los Mayas de Silvestre Revueltas, se unen a la puesta en escena y actuación llena de frescura. Es un estilo fílmico arriesgado, más no improvisado, ya que las distintas piezas y elementos se unen en un relato rico en matices y con una propuesta temática y estética original y personal. Ruizpalacios logra, además, enriquecer el relato con homenajes al cine de gánster, el melodrama, el cine de cabaret, el documental hasta el “estilo” Fellini en una maravillosa escena de playa. El espectador sale del cine lleno de emoción y de preguntas como: ¿Quién es el verdadero ladrón?, ¿El gobierno que le quita el Tláloc a un pueblo? ¿El traficante de arte y arqueología sin el cual no existirían los museos? ¿Los museos de todo el mundo que amasaron arte mexicano prehispánico? ¿Los estudiantes que robaron un museo mal vigilado?




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