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Martes , 23.10.2018 / 12:08 Hoy

La pantalla del siglo

Hijos y padres en La vida de Calabacín

Annemarie Meier

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“La vida de calabacín es una animación para adultos en stop motion franco-suiza de 2016” dice el texto de promoción de la película. Calificarla como película “para adultos” no me parece correcto, ya que está dirigida a espectadores de todas las edades. En México la animación se exhibe en francés con subtítulos en Español lo que intensifica el gozo por ver a los personajes actuar y comunicarse en el ambiente, la cultura y lengua de la región francófona de Suiza. La decisión de los distribuidores aporta, sin duda, a la frescura e irreverencia de los diálogos.

La primera persona del título Ma vie comme Courgette que correspondería a Mi vida como calabacín, indica que la historia se narra desde una perspectiva infantil, ya que el protagonista, un niño de ocho años apodado Calabacín, comparte sus experiencias en una casa de asistencia para huérfanos y niños sin hogar. Al perder a su madre, de cuya muerte se siente culpable, el solitario Calabacín se ve forzado a integrarse al grupo de niños e instructores de una casa-hogar en el campo. Las clases, comidas, juegos, peleas y excursiones de niños y adultos construyen una trama que, sin grandes sobresaltos dramáticos, observa el proceso de adaptación de Calabacín al mismo tiempo que describe conflictos y dramas personales de cada niño, momentos de crisis y soledad como también tiempos de aprendizaje, alegría, entendimiento y amor. “Estamos en un lugar dónde ya nadie nos quiere”, se comenta en un momento del filme. A partir de esa experiencia, los niños aprenden a valerse por si mismos y reconocer la importancia de la comprensión y solidaridad,

La técnica de la animación stop motion se traduce en una estética artesanal que la dirección de Claude Barras aprovecha para el diseño y desarrollo de los personajes como para la escenografía y los paisajes. Los muñecos -o puppets– con su piel lisa, ojos grandes y cabello de colores adquieren vida propia, reacciones y emociones a través de un sobresaliente guión de Céline Sciamma que juega con situaciones, acciones y diálogos característicos de los niños. Cada personajes carga con un drama familiar: Hay huérfanos, un hijo de padres drogadictos, una niña cuya madre fue deportada “a África” y otra, cuya tía la quiere adoptar para obtener asistencia social. Los interiores y exteriores recuerdan pinturas impresionistas e ilustraciones para libros infantiles, un entorno adecuado para la historia de personajes que encuentran calor humano y un hogar alterno al que los expulsó.

En la función a la que asistí me sorprendió la reacción de los espectadores. Adultos y niños respondían a los sucesos y el diálogo en la pantalla con suspiros de tristeza y risas de alegría. El comentario del personaje policía “A veces pasa que los hijos abandonan a sus padres”, despertó la aprobación del público adulto. También los pequeños espectadores aprendieron su lección ya que hacia el final del filme empezaron a secundar a los personajes y gritar en francés ¡Maman! cada vez que la pequeña Beatriz corría a la puerta esperando ver llegar a su madre deportada.

Cuando la mujer por fin llega, la pequeña ya está en pleno proceso de independización, tema central de La vida de calabacín.

annemariemeier@hotmail.com

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