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Martes , 16.10.2018 / 07:53 Hoy

La pantalla del siglo

"Frantz" y el efecto sanador de la ficción

Annemarie Meier

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La primera imagen de Frantz de Francóis Ozon muestra a lo lejos la silueta de una pequeña ciudad. Frente a la estampa en blanco y negro brilla el color rosa de las flores y el verde de las hojas de un árbol. “Quedlinburg 1919”, se lee al pie de la imagen. El próximo plano muestra - en blanco y negro - la vida cotidiana en la ciudad: Un mercado sobre calles con adoquines de piedra, callejones, escaleras y una joven mujer con abrigo y sombrero negro que se dirige al panteón. Sorprendida por el ramo de rosas sobre una tumba, le pregunta al jardinero quién las habría puesto ahí. “Habrá sido el extranjero”, le contesta el hombre. “¿De dónde vino?”, pregunta ella. Como respuesta el hombre saca de su pantalón una moneda de dos francos franceses, la tira al piso y escupe sobre ella.

El espectador que ve Frantz en el marco del Tour de Cine Francés se sorprende quizás que Ozon ubique su película en Alemania y en la primavera de 1919, época en la que se estaba negociando el tratado de Versalles con el que, al término de la primera guerra mundial (1914 a 1918), se decidió no solo un nuevo ordenamiento de Europa sino también millonarias “reparaciones de guerra” por parte de Alemania. La gran mayoría de los alemanes se sintieron humillados por el resultado de las negociaciones que resultó ser una carga pesada para la República de Weimar y nutriente para el patriotismo fanático, una de las causas del nazismo.

Sin embargo, Ozon no hace cine histórico sino que narra historias, universos y entramados de historias. En Frantz, por ejemplo, narra la historia de Anna, la joven alemana que lleva flores a la tumba de Frantz, su prometido muerto en la guerra. También describe la historia de los padres de Frantz que, después de una reacción de rechazo, reciben y escuchan con avidez los relatos de Adrien, el amigo francés de Frantz que vino a visitarlos desde París. Otra historia es la de los alemanes resentidos que agreden al extranjero porque en la guerra mataron a un hijo y, desde luego la de Frantz, al que sólo conocemos por los relatos de los que lo conocieron.

Para Anna y los padres de Frantz los recuerdos de Adrien son consuelo. El joven los seduce con su tristeza, fragilidad, pasión por el arte. Podría, incluso, convertirse en el sustituto del hijo y novio muerto. En su viaje a París para buscarlo, es Anna la que recibe muestras de rechazo y observa el renovado patriotismo y odio anti- alemán de los franceses. Al paso del tren por paisajes de ruinas y en las calles de París, la joven alemana descubre la destrucción, pobreza y degradación que ha dejado la guerra.

Seguir narrando la sinopsis del filme echaría a perder el placer del espectador de descubrir pieza por pieza los giros argumentales y niveles de narración. Verdad y mentira, realidad y ficción, vivencias e imaginación se unen y fusionan en un relato de múltiples facetas. La estética sirve de brújula ya que la supuesta realidad en blanco y negro y los recuerdos y fantasías en color, obligan al espectador a reconocer el inmenso poder del cine para jugar a la magia. En complicidad con los personajes del filme los espectadores construimos la ficción de un joven alemán llamado Frantz que vivió en Quedlinburg en 1919.

La película Broken Lullaby (1931) de Fritz Lubitsch sirvió de inspiración para la historia básica de Frantz. Ozon decidió centrar su filme en la joven alemana Anna y enriquecerla con homenajes al poder del arte: Una pintura de Manet de 1881, poemas de Rilke y Verlaine, música clásica, además de la película Jules et Jim de Truffaut con su triángulo amoroso franco- alemán, abren lecturas alternas. Como narrador, filósofo y mago de la pantalla, Ozon creó con Frantz no sólo gran cine francés y universal sino una película que renueva nuestra experiencia con Bajo la arena, 8 mujeres, Swimming Pool, Ángel y Joven y bella.

annemariemeier@hotmail.com

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