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La pantalla del siglo

El poder de un oso de peluche en Hasta pronto Christopher Robin

Annemarie Meier

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Tiempos de FIL. Época de revisar y enriquecer nuestra relación con los libros y la literatura. Qué bueno que nadie me aplica un examen acerca de mis conocimientos de autores de literatura infantil ya que saldría muy mal evaluada. De mi niñez sólo recuerdo a Johanna Spyri, autora de Heidi, Erich Kästner, autor de El salón de clase volador y Kurt Kläber, escritor de La pelirroja Zora y su pandilla. A Michael Ende con Momo y la Historia interminable lo leí hasta más adelante y si alguien me hubiera preguntado acerca del autor de Winnie the Pooh hubiera contestado, sin dudar, que tenía que ser un autor estadounidense ya que conocí al oso, amante de los bosques y aficionado a la miel, a través de las películas y series de televisión de Disney. Dónde me enteré que A. A. Milne, creador de Winnie, fue un autor británico que publicó su primer libro infantil en 1921, fue la semana pasada en el cine y a través de la película Hasta pronto Christopher Robin (Good Bye Christopher Robin). La película dirigida por el también británico Simon Curtis ofrece una lección de literatura sumamente atractiva que invita, además, a la reflexión acerca de la necesidad del ser humano de jugar y convertir las experiencias vividas en historias transformadas por la ficción.

Según narra la película, el oso Winnie the Pooh tiene varios “padres”. A parte de los textos Milne y el ilustrador E. H. Shepard quien dibujó a los personajes y su entorno, también jugó un papel importante el pequeño hijo de Milne quien contagió a su padre con su inagotable imaginación. Juntos construyeron un mundo fantástico que los acercó como padre e hijo, le sirvió al niño para superar la ausencia de la madre y a Milne para vencer su trauma de guerra.

El filme narra la historia del origen y desarrollo de las novelas infantiles en varias etapas. La primera describe al autor cobijado por la alta sociedad de Londres que lo festeja como dramaturgo exitoso. Traumado por los bombardeos en el frente de la primera guerra mundial, Milne se muda con su familia al campo para escribir textos pacifistas. Su joven esposa no comparte sus preocupaciones, ni disfruta del campo. Sus frecuentes ausencias obligan a su pequeño hijo Christopher, llamado Billy, a refugiarse en un mundo imaginario. Es la fantasía del pequeño y sus amigos de peluche los que atrapan a Milne como escritor. Sus historias, ilustradas por E. Shepard, se convierten en bestsellers. La popularidad de los libros crece al igual que la de Billy y su familia que empiezan a sufrir el acoso de los medios y fans en Europa y Estados Unidos.

El espectador disfruta la película por sus referencias a Winnie the Pooh como conocido personaje literario y cinematográfico. También disfruta las imágenes que reproducen las ilustraciones de un cuento de hadas, la actuación del actor infantil , las reflexiones acerca de la relación entre realidad y ficción y los diálogos con su ping pong de argumentos juguetones. Como conclusión del mensaje del filme basta con unas líneas de diálogo en un momento clave del filme. Billy, quien observa a su padre escribir en un cuaderno, le pregunta : ¿Escribes un libro? ¡Pensé que nos divertiríamos! El padre lo mira con expresión de cómplice y contesta: ¡Escribo un libro y nos divertimos! Me parece un mensaje adecuado para los días de la FIL.

annemariemeier@hotmail.com

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