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Martes , 11.12.2018 / 15:29 Hoy

La pantalla del siglo

"Desobediencia". Lección de cine e insumisión femenina

Annemarie Meier

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Cuando vi Desobediencia (Disobedience) en el marco del FICG pensé que el realizador chileno Sebastián Lelio había cambiado de estilo y tono al escribir y dirigir una adaptación literaria y rodar fuera de Chile y en inglés. Gloria y Una mujer fantástica me habían parecido frescas y llenas de humor mientras que Desobediencia con su elegancia estética centrada en el trabajo actoral me pareció ser más convencional. A varios meses de distancia y un nuevo visionado cambié de opinión y llegué a la conclusión que con Gloria (2013), Una mujer fantástica y Desobediencia (2017), Sebastián Lelio creó una especie de trilogía - y homenaje - a personajes femeninos insumisos. El nombre propio en el título de Gloria resalta el proceso de liberación por el que pasa una mujer de edad madura mientras que Una mujer fantástica rinde homenaje al poder de resistencia de una mujer transexual. Desobediencia enriquece el abanico de mujeres insumisas con pequeños gestos y grandes actos de trasgresión que liberan de las convenciones y reglas de represión.

Quizás nuestra reacción a Desobediencia sea más distanciada porque el filme se ubica en un medio que nos es desconocido y porque involucra no sólo a un personaje protagonista sino a varios miembros de una comunidad sometida a reglas morales y de conducta sumamente estrictas. La historia, basada en una novela de la británica Naomi Alderman, sucede en una comunidad de judíos ortodoxos en una barrio de Londres en la época actual. La primera secuencia nos transporta a un acto religioso en una sinagoga dónde observamos cómo el rabino de más edad y rango se desvanece. La próxima escena nos lleva a Nueva York dónde la fotógrafa Ronit (Rachel Weisz) recibe un mensaje y emprende el vuelo a Londres para asistir a los funerales de su padre, el rabino. En la casa de su familia la reciben con muestras de simpatía pero también con una extrañez cercana a la hostilidad. El reencuentro con David (Alessando Nivola), un amigo de infancia, y su esposa Esti (Rachel McAdams) es cariñoso aunque nos hace sospechar que le reprochan a Ronit su distanciamiento de la comunidad y su estilo de vida trasgresor.

La observación de los rituales diarios y fúnebres de la comunidad y la extraña distancia con “la intrusa” Ronit cargan de suspenso la primera parte del filme que se acerca lentamente y con cautela a la relación entre Ronit y Esti, la esposa de David quien se perfila como natural sucesor del rabino fallecido. Las dos mujeres no sólo renuevan su amistad sino que descubren que su relación de amor interrumpida años atrás sigue viva. El trabajo de cámara, la puesta en escena y las actuaciones acentúan tanto la fuerza de atracción de las amantes como las barreras internas y externas que las aíslan de la comunidad. También muestran diferencias y reglas de conducta que el texto de Noemi Alderman describe como : “Una mujer es privada mientras que un hombre es público. El modo correcto para un hombre es el habla mientras que el de la mujer es el silencio”. En una comunidad regida por estas reglas estrictas, es imposible hacer un gran gesto de liberación. Ronit se tuvo que alejar para ser libre y Esti, quien vivió años de sumisión y obediencia silenciosa, se rebela al quitarse la peluca, mirar a los ojos a su esposo y pedirle que la deje libre. Por cierto, David, el futuro rabino mayor, también asume su proceso de transformación. Al tratar de entender y aceptar las emociones de Esti descubre con sorpresa sus propias dudas y necesidad de desobediencias. Después de predicar que lo más importante que tiene el ser humano es su honra, toma decisiones que lo alejan de la carrera religiosa. Lástima que el desenlace del filme no satisfaga. Con lo que sí podemos estar de acuerdo es con la afirmación de Esti que con cualquier decisión que tomamos podemos hacer daño a otro y otros. Gloria y Una mujer fantástica se arriesgaron. En Desobediencia queda la duda.




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