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Columna de Ángel Aguirre Rivero

Ayotzinapa: la verdad, aunque duela

Ángel Aguirre Rivero

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La recomendación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) sobre el caso Iguala descorre velos insospechados que tendrían que marcar nuevas rutas de investigación que resuelvan las interrogantes acumuladas estos años.

Hasta ahora, el manipuleo que se ha hecho de estos acontecimientos ha dejado muchas dudas pero sobre todo indignación. El propósito de golpear adversarios políticos, fabricar culpables y encubrir responsables permeó y distorsionó la investigación.

Testimonios recabados por la CNDH revelan que la vida en la Normal Rural degeneró por la intromisión de grupos de la delincuencia organizada, situación que habría incubado la tragedia en esa noche infausta en Iguala.

Hay un desvío en el propósito formativo y de lucha social que tuvo como máximos exponentes a Genaro Vázquez, Lucio Cabañas y Othón Salazar.

Diversos analistas, entre ellos Raúl Trejo Delarbre y Héctor de Mauleón, de manera acuciosa en sus espacios periodísticos, dan cuenta de la narrativa de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Coincido con el primero, quien advierte que “la amplitud de ese documento ha propiciado que en los medios no se reconozca su cardinal importancia”.

He tenido oportunidad de revisar el citado informe, mismo que en 2 mil 178 páginas apunta a la existencia de un nuevo autor intelectual de los hechos durante esa noche y los días siguientes –El Patrón– y revela la infiltración de la delincuencia organizada en la Normal Rural a través de personajes como David Flores Maldonado, La Parka; Bernardo Flores Alcaraz, El Cochiloco; La Jaiba y La Concha, entre otros.

De la página 275 en adelante –por testimonio de los propios alumnos– se narra la dura cotidianidad en el plantel, se exponen situaciones atípicas y graves, por el alto grado de transgresión al propósito formativo de la institución y a la ley.

Señalan los visitadores de la CNDH la existencia de dos grupos de normalistas que mantenían el control de la venta de droga en la escuela. “Quienes lideraban los grupos mantenían una relación de amistad muy cercana con quien era secretario general del comité de la base estudiantil en la época en que ocurrieron los hechos de Iguala. Ambos cabecillas de dichos grupos eran alumnos de segundo grado y tenían, cada uno a su vez, a varios estudiantes colaboradores en el control y venta de droga.

“En la Normal todo esto era conocido por todos, pero nadie decía ni hacía nada para solucionar este grave mal, menos los directivos de la escuela”, expone el informe.

Son solo dos párrafos que retomo del documento, pero dan cuenta del grado de erosión que sufrió la Normal Rural de Ayotzinapa, lo cual debería reconocerse de forma autocrítica al interior de la escuela para que puedan corregir y retomar el camino.

Estas situaciones que expone la CNDH no invalidan la lucha de los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, a quienes desde luego considero víctimas, pero nos deben llevar a reflexionar sobre las causas de la tragedia.

Por mi parte, seguiré empeñado en que se conozca la verdad y con toda la disposición de colaborar con las instancias que me lo soliciten. Confío en que el trabajo que viene en la Comisión y la Fiscalía no será la búsqueda de una verdad a modo.

En lo que viene hace falta desechar tesis falsas, actuar con rigor científico, abrir nuevas líneas, recibir testimonios, recabar evidencias; en suma: encontrar la verdad, aunque duela.


* EX GOBERNADOR DE GUERRERO

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