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Sábado , 23.06.2018 / 13:10 Hoy

El miedo y el odio: malos consejeros para 2018

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Por lo general uno celebra el Año Nuevo porque representa una oportunidad de comenzar de nuevo, de corregir los malos hábitos y de dar gracias a la vida. Pero para los que analizamos las tendencias globales, fue difícil dar la bienvenida a 2018 porque este año llega con el mismo bagaje que el anterior. Nuestra historia forma parte ineludible de nuestro futuro, para bien o para mal.

Justo cuando estaba comenzando a procesar los pensamientos de año nuevo, me topé en el librero con un tomo titulado Reevaluaciones: reflexiones sobre el olvidado siglo XX, por el historiador británico Tony Judt. La tesis central del libro es que no hemos aprendido de las lecciones del siglo pasado porque no las entendemos, y nos enfocamos tanto en la coyuntura, que navegamos sin puntos de referencia hacia la repetición de los errores. Judt considera que estamos envueltos en un proceso de “olvido activo” y que nunca hemos sido capaces de construir un nuevo orden mundial después de la Guerra Fría.

Nuestra amnesia empeora por la cantidad de información que recibimos gracias a las nuevas tecnologías y lo difícil que resulta confirmar su veracidad. La inundación de información aporta al fenómeno reciente de desacreditar el papel de los intelectuales y los expertos, generando una desconfianza preocupante. Cuando internet se convirtió en una pieza fundamental de nuestras vidas, pensamos que generaría un mayor acercamiento entre los pueblos. Pero mientras que la globalización ha de alguna manera “encogido” al mundo, también ha contribuido a generar una sensación de incertidumbre que fortalece a las voces aislacionistas de la sociedad.

La revolución en las tecnologías de la información nos fue presentada como un gran paso hacia el futuro, a través del cual crearíamos un mundo interconectado. Desafortunadamente, la sensación que predomina hoy en día no es la hermandad entre los pueblos propiciada por una mayor interconexión, sino el miedo. Tenemos miedo al terrorismo, al narco, a la inseguridad generalizada en las calles, al comercio internacional, a la epidemia de heroína, al cambio climático y a la renovada amenaza nuclear. Y cuando uno tiene miedo, una reacción natural es tratar de aislarse y dejar de escuchar a los demás. Peor aún, el miedo fomenta el odio porque buscamos proteger a “los nuestros” y perdemos de vista el concepto de humanidad universal. El miedo y el odio son muy malos consejeros y dan pie a un fenómeno aún peor: la violencia.

Cuando empecé a escribir este artículo, el presidente de Estados Unidos todavía no había lanzado sus tuits de desestabilización global. Pero en tan solo dos días hizo un daño enorme a la paz y tranquilidad del mundo, y es difícil creer que su ignorancia y su arrogancia bélica no tengan como objetivo más que fomentar el caos y avivar las llamas del miedo. Claramente Trump no entiende ni de historia ni de geopolítica, y no parecen importarle las vidas que pone en riesgo al insultar a otros países soberanos, desatando reacciones que podrían ser imposibles de detener. Al coctel de miedo tenemos que añadir la ausencia total de liderazgo a escala global, con la posible excepción de algunos países europeos (Francia y Alemania en particular).

Estados Unidos, el país que fomentó el libre comercio y la democracia a escala global desde el final de la Segunda Guerra Mundial, vive un periodo reaccionario liderado por un presidente nacionalista y peligroso. America first es un lema que anuncia la abdicación de la autoridad moral del país, y que busca capitalizar políticamente el miedo y sus primos hermanos, que son el odio y la xenofobia.

La situación adversa en la relación bilateral de México con EU representa una oportunidad de oro para que México construya su propio camino y deje de depender del gigante del norte. Hasta la fecha, México ha mostrado madurez ante los insultos de Trump, además de un compromiso férreo con el libre comercio y la disposición de seguir siendo una economía abierta al mundo. Cuando viajas por el mundo descubres una gran simpatía hacia México y me parece que esto se debe en gran medida al efecto bully de Trump. Este “bono” en la opinión pública internacional representa el momento perfecto para que México establezca su propio liderazgo a nivel internacional y aprenda a ejercer un soft power eficaz que eleve su perfil.

No debemos olvidar que recientemente experimentamos una estela de solidaridad nacional muy importante a raíz del triste terremoto del 19 de septiembre, cuando por algunas semanas las barreras entre los mexicanos —de clase, de código postal y de edad— se esfumaron. Ojalá seamos capaces de reflexionar y recordar que no avanzaremos si nos casamos con el miedo y el odio, sino que lo lograremos dialogando y trabajando para establecer las políticas públicas capaces de crear una mayor justicia económica y política. Con un vecino al norte cada vez más inestable, nos enfrentamos al gran reto de conseguir la paz interna y evitar mayores divisiones entre los mexicanos. Nuestra meta en 2018 debería ser no desperdiciar esta oportunidad.

*CEO de Speyside México.
Twitter: @chilangagringa

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