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Martes , 23.10.2018 / 06:04 Hoy

Ojo por ojo

¡Eres grande, Donald Trump!

Álvaro Cueva

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Se los dije y no me hicieron caso: Donald Trump es un genio, ya es candidato a la presidencia de Estados Unidos y, a menos que ocurra una desgracia, ganará.

Sí, yo sé que el señor es imperfecto, que su equipo se la pasa cometiendo errores y que las cosas que dice de todo, no nada más de los mexicanos, son horribles.

¡Pero y qué! Nada de eso va a cambiar la opinión de sus seguidores. Nada de eso va a alterar el curso de la democracia.

¿Por qué comencé esta columna en plural? ¿Por qué utilicé la frase “se los dije”? ¿A quiénes “se los dije”?

A mis amigos analistas políticos. Obviamente, nadie sabe más de esa materia que ellos, pero les tengo que comentar algo con todo el respeto del que puedo ser capaz:

Hace rato que la política dejó de ser un asunto lógico, profundo e intelectual.

Hoy, si no es que desde siempre, la política pertenece a la fuente de espectáculos y la única manera de entenderla y, por supuesto, de aprovecharla, es estudiando esta otra parte de la realidad.

Que sí suena muy tonto, muy superficial o muy vulgar. Tal vez, pero aquí es donde está el futuro del mundo y el que no lo quiera entender jamás saldrá de su burbuja académica.

¿A qué me refiero cuando le digo que Donald Trump es un genio? A lo que le mencioné en esta misma columna hace muchas semanas: este señor supo inventar un personaje sublime.

Donald Trump dice lo que millones de personas no pueden por pudor, apela a las emociones, no a las ideas, y le importa un comino si está bien peinado, si se equivoca o si su mujer le copia el discurso a la esposa de su peor enemigo.

Él es la parte rabiosa de la nación más poderosa del mundo, pero también de nuestra alma, sabe que lo que vende son los personajes, no los contenidos, y que lo que mueve a los personajes es el conflicto, no la razón.

Por tanto, convierte en personajes, en estereotipos, todo lo que está a su alrededor y entra en conflicto contra ellos transformándose en un ser valiente, rebelde y honesto, en la fantasía en la que todos nos hemos convertido gracias a las redes sociales.

Hoy, todos somos Donald Trump. A lo mejor de clóset, pero lo somos.

No hay nada ni nadie como él en el camino a la Casa Blanca. Lo que pase después, a nadie le importa.

Votar no es ese asunto sesudo que nos venden las instituciones mexicanas que se quedaron congeladas en 1976.

Votar es un asunto pasional, de gustos personales, de consumo.

Votamos por las canciones que queremos oír en la radio, por los chicos que queremos que ganen en los reality shows.

¿Por qué votar por un alcalde, por un gobernador o por un presidente tendría que ser diferente?

¿Por qué votar por personajes como Donald Trump tendría que ser malo si eso es lo que quieren las mayorías?

Estoy de acuerdo con que gobernar no es un juego, pero elegir al que lo va a hacer, sí, sí lo es.

Para gobernar existen los políticos de carrera, otras entidades que en culturas tan primitivas como la nuestra ni siquiera juegan y que son las que le dan sentido a los gobiernos.

México sería un país muy diferente si nuestros políticos, que en muchos casos vienen de la fuente de espectáculos, se lo tomaran menos en serio y se pusieran a cantar, a bailar y hacer show, como los de otros lugares del mundo.

Donald Trump se acerca cada vez más a la presidencia de Estados Unidos. Nos está dando una gran lección de lo que es la verdadera democracia, de lo que es el manejo de las emociones. Es grande. ¿A poco no?

¡atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com

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