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Sábado , 15.12.2018 / 19:35 Hoy

Ojo por ojo

El aeropuerto maldito

Álvaro Cueva

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Seamos sinceros, toda esta discusión sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) no tiene que ver ni con aviones ni con pasajeros ni con el futuro de la nación.

Es una promesa de campaña de Andrés Manuel López Obrador, algo que, en su momento, se puso en la mesa para perjudicar a Enrique Peña Nieto, para jalar a sus enemigos.

¿Por qué? Porque esa obra iba a ser su gran legado, el símbolo de su presidencia para las generaciones del futuro.

Si el aeropuerto se termina de construir, Peña Nieto pasará a la historia. Si no, ¡adiós!

De lo único que se hablará de él con el paso de los años será de La estafa maestra, de La casa blanca, de los normalistas de Ayotzinapa y de muchas otras cuestiones por el estilo.

López Obrador tiene en sus manos el destino de Enrique Peña Nieto en el imaginario colectivo.

¿Cómo va a querer que los mexicanos lo recuerden? ¿Como el gran visionario de la aeronáutica y del progreso o como un presidente que ni siquiera pudo terminar un aeropuerto?

Es un tema de vanidad, un conflicto donde el tamaño sí importa, una decisión donde el mundo entero va a poder comprobar si es cierto que don Andrés Manuel está dispuesto a perdonarlo todo como parte de su tan anunciado proceso de pacificación nacional o si en realidad siempre sí se va a vengar de sus enemigos, de la todavía mafia en el poder.

Por eso lo de la consulta “de carácter vinculatorio”. AMLO ganó muchos simpatizantes hablando mal del NAIM durante su campaña.

Ni modo que le salga ahora a sus seguidores con que fíjense que siempre sí me gusta el aeropuerto.

¡Pues claro que no! Pero como lo suyo ahora es el amor y la paz, tampoco la puede decir a la opinión pública: que muera el aeropuerto.

Eso sería una mancha en su administración por mil razones políticas, económicas y sociales.

¿Qué se hace en esto casos? Que sean otros los que digan. ¿Y quiénes van a ser esos otros? El pueblo.

¿Qué sabe el pueblo de aeropuertos? Lo mismo que de construcción de trenes y de refinerías. ¡Nada!

¿Y qué es lo que va a pasar? Que después de todo el odio que se inyectó contra esa obra durante las campañas, está en chino que las multitudes digan que están enamoradas del NAIM.

Sería como pedirle a ese torrente de hombres y mujeres que votaron furiosos contra el PRI que ahora vote a favor de Enrique Peña Nieto y de sus amigos. ¡Pues no!

¿Cuál es el problema? Que más allá de amores o de rencores, Ciudad de México necesita un aeropuerto como el de Singapur, como el de Corea o como el de Hong Kong.

Pero hay tanta vanidad, tanta sed de venganza y tantas cosas que se dijeron antes, durante y después de las campañas, que no hay manera de salvar esto.

Está sucio, maldito. Si se defiende, porque se defiende. Si se ataca, porque se ataca. No hay alternativa que deje contento a nadie. No hay estudio que sirva para nada.

Son las trampas postelectorales, el precio de haber dicho tantas cosas tan horribles de tantos proyectos con razón o sin ella.

¿Qué es lo único que queda por hacer? Enfriar la cabeza, informarse y participar en la consulta. No hay de otra.

Esto es tan fuerte, tan pasional y tan importante que va a ser como revivir las elecciones del 1 de julio. ¿O usted qué opina?

¡atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com





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