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Jueves , 13.12.2018 / 00:20 Hoy

Ojo por ojo

AMLO: sí se pudo

Álvaro Cueva

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Yo no sé qué es más impresionante, si el manejo de la comunicación de Andrés Manuel López Obrador o la desesperación del pueblo de México.

Ayer, en San Lázaro, el señor dio cátedra de lo que es y debe ser la comunicación política en la actualidad: un espectáculo, una telenovela, un partido de futbol, una pelea de lucha libre, un reality show.

Ante nosotros no estaba el nuevo presidente de la República, estaba el protagonista de un melodrama perfectamente bien construido donde, después de años de mucho sufrimiento, llegó la boda, el premio, la felicidad.

Y estaba un país arrebatado, celebrando el éxito del campeón como si fuera propio o maldiciéndolo porque ese triunfo vino de otro equipo, de otra clase, porque representa una amenaza, una molestia, un dolor.

No, yo no estoy de acuerdo con las personas que dicen que lo que sucedió este 1 de diciembre fue como una repetición de la transición que tuvimos en 2000 con Vicente Fox.

Éste es otro momento, otra sociedad, un México donde la gente opina de todo y para todo, donde hemos perdido la paciencia, la tolerancia y el respeto.

Andrés Manuel López Obrador está tan consciente de esto y de las más importantes tendencias de la comunicación de hoy, que no nos vendió un cambio, nos vendió una transformación.

Y no nos vendió cualquier transformación, nos vendió la cuarta transformación, un concepto mil veces más poderoso que el de las reformas estructurales, una idea que nos invita a regresar al origen y que nos remite a los mejores momentos de nuestra historia.

Por si esto no fuera suficiente, Andrés Manuel ofreció un discurso donde, como en las mejores series del mundo, puso como lazo de marrano a Peña Nieto en su propia cara.

Yo pensé que a don Enrique le iba a dar un infarto en cualquier momento porque López Obrador, primero, le dio por su lado tratándolo con el más profundo cariño.

Pero inmediatamente después, cuando ya lo tenía en sus manos, ¡zaz!, lo bombardeó con argumentos cada vez más feroces hasta no dejar nada, absolutamente nada de su administración ni de todo el pasado neoliberal.

Peña se va sin legado, con el fracaso de sus reformas, como la encarnación misma de la corrupción.

A lo mejor usted es un frío intelectual que no entiende nada de esto, pero el show que vimos ayer por la mañana fue mejor que el desenlace de la más emocionante de las telenovelas.

¡Qué peor castigo puede haber para un villano emanado de la televisión que una humillación pública de ese tamaño!

Y peor tantito, al final, Peña Nieto, en lugar de mostrar algo parecido a la dignidad, fue y le deseó suerte al nuevo presidente, con lo cual terminó de darle la razón.

Ni Fernando Gaitán, el autor de la telenovela de la Gaviota, hubiera sido capaz de escribir un sainete tan efectivo.

Andrés Manuel López Obrador y el pueblo de México tardaron pero se encontraron, son el uno para el otro y esto incluye, por supuesto, opositores, contradicciones y cosas peores.

No hay melodrama sin estos elementos y le guste a quien le guste o le moleste a quien le moleste, éstas son las nuevas reglas del poder, las reglas del espectáculo, las reglas que AMLO domina como nadie.

Si no me cree, pregúntele a Donald Trump. ¿Se puede triunfar ahora de otra manera?

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