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Domingo , 22.07.2018 / 01:03 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

‘La sultana Kösem’ o la inútil reflexión de un hombre amargado

Álvaro Cueva

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Lo que usted va a leer a continuación es la inútil reflexión de un hombre amargado, de un señor que erróneamente ama a su país y que todavía cree en valores tan estúpidos como el patriotismo. Por su atención: ¡gracias!

El lunes a las 21 horas por el canal Imagen Televisión se estrenó la telenovela turca La sultana Kösem y yo estoy muy molesto.

¿Por qué? Porque no puedo evitar sentir, cuando la miro, una profunda decepción como mexicano.

Yo no sé si mi educación, con base en escuelas públicas y lo que veía en las televisión de antes, fue buena o fue mala, pero a mí me enseñaron a querer a mi país.

Y sé, por lo que leí, por lo que vi y por lo que me dijeron mis maestros, que los mexicanos somos una fusión de varias raíces.

Dos de ellas particularmente importantes: la española y la indígena.

Esa raíz española, riquísima, hace que me conecte con la península ibérica, con su arte, con su idioma, con su religión.

Los antiguos turcos, los musulmanes, eran los enemigos de los reyes católicos.

La reina Isabel de Castilla y el rey Fernando de Aragón tuvieron que hacer milagros para expulsar a los musulmanes de sus territorios y concretar así una cultura que fue y que es parte fundamental de nuestra esencia.

Ver lanzamientos como el de La sultana Kösem en el horario más importante de una cadena de televisión abierta privada nacional me afecta mucho. Me pone mal.

La razón es muy simple: títulos como éste y como El sultán son, ante todo, propaganda, inmensos vehículos de promoción ideológica.

Los turcos, al vendernos ideas como que Estambul era la capital del mundo o como que su dios es “el señor de la verdad”, no están produciendo un espectáculo para relajar nuestras mentes, están sembrando algo en nosotros.

¿Qué? Un sentimiento de superioridad.

Obviamente ellos, como cualquier pueblo del mundo, están en su derecho de producir eso y más.

La bronca es que cuando nosotros comparamos un amor tan grande, un orgullo tan admirable y ese nivel de producción tan indiscutiblemente competitivo con lo mejor de lo mejor a escala mundial con lo que nos da la televisión mexicana, nos vamos directo a la depresión.

Aquí no solo ya no hacemos telenovelas históricas como La sultana Kösem, despreciamos nuestra cultura y ponemos a nuestros personajes a vivir en Estados Unidos, a hablar en inglés.

Nos mandamos un mensaje de inferioridad al privilegiar a los talentos extranjeros antes que a los nacionales, aniquilamos cualquier posibilidad de amor patrio al llenar las pantallas de narcos, de asesinos y de cosas peores.

Hoy los jóvenes mexicanos, gracias a la poderosa televisión abierta privada nacional, conocen más de la historia de Turquía que de la historia de su país.

Admiran más a los héroes que combatieron nuestros ancestros, que a los que lucharon por nosotros.

Ya no tenemos productores como Miguel Alemán, Ernesto Alonso y Miguel Sabido que se la jugaban por contar nuestra historia patria en superproducciones como El carruaje, La constitución y Senda de gloria.

Tan sencillo como esto: si Emilio Azcárraga Milmo viviera, las telenovelas turcas ni remotamente hubieran llegado a América Latina.

¿Sí entiende lo que le quiero decir? No estoy hablando mal ni de La sultana Kösem ni de Imagen Televisión.

Estos señores tendrían que ser estúpidos, con todas las necesidades que tienen, para no transmitir esto que les sale mil veces más barato que sus pésimas producciones originales.

Aquí hay un asunto superior que nadie está viendo en la lucha por abaratar costos, por jalar rating y por resolver el día a día (en ese orden), un asunto que tiene que ver con un proyecto de televisión, con la defensa de una industria nacional y panregional.

Es como si las grandes cadenas de Estados Unidos, antes que poner sus series de heroicos policías, bomberos y detectives compraran telenovelas rusas que le dijeran a la gente que Moscú vale más que Washington.

Hay cosas que no se hacen, que nosotros estamos haciendo y cuyas consecuencias van a ser catastróficas, no solo a nivel mediático, a todos los niveles dentro de muy pocos años.

¿Ahora entiende cuando le digo que cuando miro La sultana Kösem siento una profunda decepción como mexicano?

Siento que he vivido en el país equivocado, que mi cultura no vale la pena, que mi televisión no tiene futuro, que México no me tiene nada que ofrecer.

De eso se trata la propaganda, ¿no? Bueno, pues felicito desde aquí a los vendedores turcos por conquistar frecuencias como la de Imagen Televisión.

Han hecho un excelente trabajo. Su país se debe sentir muy orgulloso de ellos.

El mío lo único que quiere es que acabe de odiar lo que soy y lo que tengo, que me pelee por idioteces y que me vaya, que se lo deje a otros.

Hasta aquí la inútil reflexión de un hombre amargado. Goce mucho de La sultana Kösem. Por su atención: ¡gracias!

alvaro.cueva@milenio.com

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