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Lunes , 23.07.2018 / 03:29 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

"Rogue One" y el final de "La isla"

Álvaro Cueva

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Fui niño Star Wars, soy adulto Star Wars y moriré siendo Star Wars.

En nombre de eso que fui, que soy y que seré quiero suplicarle que corra a ver Rogue One. Es realmente buena.

¿Por qué? Porque esta película, a diferencia de la mayoría de las cintas que integran esta saga, no está hecha para tener secuelas, precuelas ni series de dibujos animados a la mitad.

Es un proyecto único, que ahí comienza y que ahí acaba.

Por tanto, es humano, sus responsables saben que el poco tiempo que tienen para entretener a las multitudes no se volverá a repetir y le sacan provecho a cada segundo.

Rogue One vale como una historia de Star Wars, pero también vale por sí misma.

Aunque no existieran ni el Episodio 3 ni el Episodio 4, tiene un sentido tal y como lo tuvo esta franquicia cuando nació en 1977.

¿Por qué nos enloqueció aquella primera película? Porque quienes tuvimos el privilegio de mirarla no sabíamos lo que íbamos a ver, no esperábamos nada.

La historia se repite casi 40 años después y eso es muy hermoso, es volver al origen, es crear algo nuevo a partir de referentes comunes.

En 1977 esos referentes comunes eran las películas de vaqueros, del espacio.

En 2016 es la ilusión de Star Wars, de volver a ver a nuestros amigos, de encontrar ese punto en que Rogue One embone con lo que millones de personas conocemos.

¡Y qué cree! Sí embona. Lo tenemos con pequeñas situaciones de escenografía y vestuario.

Pero también lo tenemos con cuestiones mucho más profundas de cosas que vimos en las películas 1, 2 y 3 o que sabemos que van a pasar en las 4, 5, 6 y 7.

Rogue One es mágica. La primera vez que la vi, con personas disfrazadas y fanáticos de lo más exigentes, me tocó ver gente llorando de la emoción y escuchar ovaciones en más de un momento.

Y la segunda, cuando la vi con un público mucho más “normal”, los espectadores no se podían dejar de voltear a ver en los momentos más fantásticos, sorprendidos, gratificados, 100 por ciento entregados a la belleza de Star Wars.

Está de más que le diga el gran orgullo que sentí al ver a Diego Luna en ese filme.

El señor no solo lo hace increíble, sentí que nos estaba representando, como si México y toda América Latina se hubiera integrado al legado de George Lucas.

Y en términos artísticos es tan divertida, tan bonita y tan profunda que, en serio, vale la pena que usted la vea. Se la recomiendo de todo corazón.

Mejorar lo inmejorable

Me pongo de pie ante todas las personas que estuvieron involucradas en La isla 2016, la revancha.

¡Qué manera de mejorar lo inmejorable! ¡Qué manera de hacer un espectáculo de televisión real!

Como usted sabe, el sábado se transmitió la final de este reality show de aventuras extremas y aquello no pudo haber tenido un nivel más alto.

Si lo junto con toda la temporada y lo llevo a las televisoras más exigentes del mundo, me lo compran porque estuvo genial.

¿Entonces por qué, si este programa fue tan bueno, no se mencionó tanto en prensa y redes?

Porque el tema del ruido no necesariamente va asociado con el de la calidad ni con el del éxito a nivel ventas y audiencias.

Y porque, paralelamente a la transmisión de esto, hubo demasiados estímulos en el medio.

Que si el nacimiento del nuevo Azteca 7, que si todos los títulos que se lanzaron en Tv Azteca, que si lo que sucedió en el resto de la industria de la televisión nacional e internacional.

Pero aún así, La isla brilló y sus responsables jamás cayeron en algo parecido a la zona de confort.

Cuando no se preocupaban por producir más cada una de las dinámicas, le exigían cosas todavía más rudas a los participantes y si no, Alejandro Lukini, su conductor, se involucraba más.

Usted lo vio, estaba parado al lado de los finalistas en la última dinámica. ¡Bravo!

Yo sí quiero hacerle un reconocimiento público a todos esos héroes porque aunque nunca falta el “vivo” que ataca a figuras como Ana Ransanz (La isla 2013) y Jorge Luis Vázquez (Los Rey, 2012), los participantes que llegaron a la recta final, por no tener un currículo de estrella internacional, en ese desenlace nos hicieron vibrar como solo los grandes pueden hacerlo.

Más allá de lo que vivieron en ese reencuentro con todos sus ex compañeros titulado La asamblea, usted nada más póngase a pensar en toda la fuerza, velocidad, inteligencia, memoria y equilibrio que necesitaron para llegar a la meta.

Sí, ganó Jorge Luis, pero todo fue tan limpio, tan profesional, estuvo tan bien manejado en términos de contenidos y resultó tan espectacular que yo no puedo esperar más para ver La isla 2017.

Y es que aquí el reto ya no es ni la tradición ni la calidad, es combatir la rutina, seguir ofreciendo algo fresco y competitivo.

Me pongo de pie ante todas las personas que estuvieron involucradas en La isla 2016, la revancha. Los felicito. ¿Usted no?

alvaro.cueva@milenio.com

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