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Lunes , 10.12.2018 / 17:14 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

De chingones, putos y jodidos

Álvaro Cueva

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Que chinguen a su madre toda esa bola de pinches putos productores culeros de mierda que tienen a la televisión mexicana tan jodida, que agarren sus mamadas de programas y que se les metan por el culo. ¡A la verga!

¿Asustado? ¿Asustada? ¿Por qué? ¿Por las groserías?

Perdón pero decir peladeces en la radio, la televisión y la prensa escrita es lo de hoy.

Desde la más refinada locutora de la radio comercial hasta el más famoso de los humoristas políticos. Casi todos se la pasan en las chingonerías, las puterías y las mentadas de madre.

¿Por qué tendría que ser diferente conmigo? ¿Por qué tendría que ser distinto con usted?

Tenemos un problema verdaderamente grande: desapareció el rigor en el manejo del lenguaje en la industria de la comunicación mexicana.

Y no, no nos confundamos. Decir guarradas no es un asunto de libertad de expresión, es un acto de pobreza verbal, de facilismo intelectual. Es querer llamar la atención a la mala. ¡No se vale!

¿Por qué? Porque ningún medio que se respete puede estar presumiendo que defiende causas y valores o que lucha por la equidad, el respeto y la diversidad mientras sus estrellas se la pasan festejando sus majaderías o albureándose unos a otros, especialmente a las minorías.

Eso manda mensajes contradictorios, de doble moral, de impunidad.

Y si comenzamos con el lenguaje, de ahí podemos pasar a otras manifestaciones de violencia hasta acabar mal, auténticamente mal.

Esto no es una denuncia en contra de un comunicador, de una actriz, de un programa o de un canal, es un problema general que aplica lo mismo para Televisa que para Tv Azteca, Imagen Televisión, el Canal 52MX y todas, absolutamente todas las frecuencias privadas de México.

Uno, como padre, no les puede pedir a sus hijos que sean corteses con sus hermanos, familiares, amigos, vecinos y compañeros de escuela cuando, en la tele, entre más groserías se dicen, más se celebra a los conductores.

Decir ¨güevos” no es chistoso. Ser chingón no es algo aspiracional. Invitar a los demás a “vergolazos” no es ingenioso.

Y ni hablemos de otras manifestaciones de “relajación” que van más allá del lenguaje verbal porque entonces no vamos a acabar nunca.

Sí, ya sé lo que está pensando: es que así somos los mexicanos, es que es parte de nuestra cultura, es que lo dicen los anunciantes, es que lo dijo El Chicharito.

Perdón, pero así no somos todos los mexicanos. Y no, eso no es parte de nuestra cultura. ¡Todo lo contrario! Es parte de la ignorancia de muchos.

Defender el derecho de los groseros a decir majaderías a cuadro es tan aberrante como defender el derecho de los machos a golpear a las mujeres.

O nos corregimos todos, o nos corregimos todos.

Si lo dicen los anunciantes, peor tantito. La conclusión es enferma: el que paga manda hasta en esto que invariablemente termina por educar al pueblo de México.

Que paguen entonces sus anuncios los narcotraficantes y secuestradores, que paguen los tratantes de personas y los traficantes de armas. ¿Sí entiende que esto no tiene justificación?

En otros países, anunciante que saca groserías, anunciante que deja de ser consumido. Punto.

En México los anunciantes y muchas otras instancias más han hecho de las vulgaridades una manifestación de arrogancia, de prepotencia.

Entre más grosero eres, más vales, más destacas, más se te respeta. ¡No puede ser! Estamos creando una nación de ladies. Estamos creando una nación de lords.

Si El Chicharito no sabe hablar, pues pobre. Allá él, sus padres y sus maestros. Habrá que hablar con el señor porque este futbolista es poco menos que un héroe para millones de niños.

Y no sé usted, pero al menos yo no conozco héroes, en ninguna parte, que le enseñen a los niños a decir peladeces.

A esos personajes se les pide abiertamente que moderen su lenguaje o se les da la espalda, no se les festejan sus leperadas ni mucho menos se les da promoción como si se tratara de frases célebres.

Algo muy malo debe estar pasando en nuestros cerebros, en nuestra escala de valores, como para que los hombres y las mujeres que vivimos en este país estemos haciendo de las majaderías algo válido y deseable e inspirador.

Y si no me cree, vaya a Chicago, a Tokio o a la ciudad del extranjero que usted quiera y comiéncele a decir groserías a la gente a ver qué le responden.

No podemos ser ese país que decimos que queremos ser mientras nos estemos comunicado con base en vulgaridades.

La autoridad tiene que volver a tomar las riendas de esta situación o, de plano, aclarar si ahora así nos vamos a expresar en los medios tradicionales.

Y ni hablar de las estaciones de radio o de los canales de televisión.

Alguien tiene que poner orden a nivel ejecutivo, volver a castigar al que no se sepa expresar al aire, dar ejemplo de congruencia y voluntad. ¡Poner el ejemplo! ¿O usted qué opina?

alvaro.cueva@milenio.com

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