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Sábado , 23.06.2018 / 12:32 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

Crítica a "Los Miserables"

Álvaro Cueva

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Casi nunca escribo en sábado, pero hoy le pedí a mis editores que hiciéramos una excepción, porque esto es una emergencia noticiosa: Los Miserables.

¿Emergencia noticiosa? ¿Qué puede tener de emergencia noticiosa un espectáculo musical que se acaba de estrenar?

Que sería una verdadera desgracia que usted se lo perdiera, especialmente en esta temporada de Semana Santa.

¿Por qué? Porque es un honor que los mexicanos podamos ver esta obra maestra del teatro musical.

Yo no sé si usted lo aprecie, si se dé cuenta. Los Miserables no es cualquier cosa, es una producción carísima, milimétrica, donde nada, absolutamente nada, puede estar mal.

No cualquier país del mundo puede tener en sus escenarios un show de esta naturaleza, porque los requerimientos en materia de calidad son altísimos.

Si México tiene Los Miserables hoy es porque lo que tenemos en cartelera es tan bueno o más que lo que están viendo los espectadores de las más exigentes capitales teatrales del mundo.

Sería un desperdicio tener esta maravilla en el Teatro Telcel de la Ciudad de México y que usted no fuera.

Y peor tantito, que no fuera con sus hijos, con sus padres, con sus amigos o con sus alumnos.

Se lo voy a decir con todas sus letras: he visto Los Miserables desde que llegó a Broadway en inglés, en español, con cualquier cantidad de repartos, pero nunca, le juro que nunca, la había gozado tanto como en esta mexicanísima versión de Érick Merino y Susana Moscatel.

Para mí, como para miles de personas, Los Miserables siempre ha sido algo más que un musical. Es parte del soundtrack de mi vida, de mi ADN emocional.

Por lo mismo, yo no quería ir a las funciones de prensa. Quería ir a la noche de su estreno, pero no para verla, pero no para recordarla.

Quería estar ahí para llevar a mi hijo y entregársela con todo mi amor como quien entrega un legado, como quien entrega una herencia.

Y le dije, se lo juro por Dios: “Estoy aquí por ti, porque quería que vieras Los Miserables como alguna vez la vi yo por primera vez cuando era muy joven.

Es el mejor regalo que te puedo hacer y te suplico que cuando tú tengas a tus hijos los lleves a ver Los Miserables, porque tal vez yo no esté aquí cuando eso ocurra pero Los Miserables sí.

Este musical siempre va a volver, porque es eterno, porque es superior a nosotros, porque es algo que todo ser humano deber ver al menos una vez en la vida”.

¿Ya entendió de qué se trata esto? Ver Los Miserables no es ir al teatro, es un acto de amor, es tocar la eternidad.

En el remoto caso de que usted no sepa de qué trata esto o de que tenga miedo por las etiquetas culturales que algunas personas le están colgando, déjeme le doy mi versión de los hechos:

¿A usted le gustan las sagas cinematográficas como las de Star Wars, DC Comics o Marvel? ¿Le gustan las series o las sagas literarias?

¿Sabe de dónde vienen? Del talento de las plumas francesas del siglo XIX como la de Víctor Hugo, el autor de Los Miserables.

Ver esta obra es volver al origen, entenderlo todo, incluso el por qué de muchos espectáculos que duran más de dos horas y media tipo Star Wars: los últimos jedi, El señor de los anillos y Titanic.

A mí lo que más me llena de orgullo es que volver a Los Miserables, a esta edición especial que se diseñó para celebrar los primeros 25 años de este show y que es diferente a la que tuvimos en México la década pasada, es volver a lo social.

En estos tiempos de tanto egoísmo, de tanta vanidad, es una bendición que Ocesa, Federico González Compeán, Morris Gilbert y Julieta González nos traigan un espectáculo de este tipo.

Los Miserables no es la historia de una persona o de una pareja, es la historia de una sociedad, de hombres y mujeres que luchan juntos por cosas buenas, por valores, por ideales.

Y está que ni mandada a hacer para el México de hoy. El programa incluye una carta que Victor Hugo le mandó al pueblo mexicano en 1862.

Cuando usted la lea se va a querer ir de espaldas.

Es como si nos la hubiera escrito hoy.

No sabe usted qué belleza de experiencia y yo le quiero ofrecer una disculpa al elenco, a la orquesta, al equipo creativo, al equipo creativo mexicano, al equipo creativo local, al equipo internacional, a la gente de Ocesa y a la de Cameron Mackintosh Ltd. por no mencionarlos nombre por nombre en esta columna.

No hay espacio que abarque cada una de sus inmensas aportaciones.

Todos son maravillosos.

Me hicieron reír, me hicieron temblar, me hicieron llorar, pero lo más bonito de todo, me permitieron hacerle un regalo invaluable a mi hijo.

Me permitieron entregarle un legado emocional y eso no se paga con nada. Con nada. ¡Gracias! De corazón. ¡Muchas gracias!

Y usted, luche con todas sus fuerzas por ir a ver Los Miserables al Teatro Telcel de la Ciudad de México. Le va a encantar. De veras que sí.

alvaro.cueva@milenio.com

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