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El pozo de los deseos reprimidos

Crítica a los Golden Globes 2019

Álvaro Cueva

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Acabé con una profunda angustia después de ver los Golden Globes el domingo pasado. ¿Por qué si fue la noche de México, de la película Roma de Alfonso Cuarón? Por eso y por muchas cosas más. ¿Cómo que por eso? No nos hagamos tontos, Roma es una obra maestra, el equivalente hoy a lo que fue Los olvidados de Luis Buñuel en 1950. El problema es que los hombres y mujeres que vivimos en este país estamos tan enfermos de odio, y tenemos tantas ganas de pelearnos que cualquier pretexto es bueno, y Roma ha sido víctima de los ataques más estúpidos, absurdos y ociosos de los últimos años. Por eso acabé tan angustiado la noche del domingo. Roma debería unirnos, llenarnos de orgullo, de placer. Tengo miedo de la reacción de sus enemigos ante este éxito. ¿Ahora qué van a hacer para desprestigiarla? ¿Ahora de qué necedad nos vamos a colgar los mexicanos para destruir una de las joyas más hermosas jamás creada por los mexicanos? ¿De qué?

¡Viva Roma! ¡Viva México! ¡Viva Alfonso Cuarón! Pero yo le decía al principio de esta columna que estaba angustiado por muchas cosas. ¿Cuáles son esas otra cosas si la transmisión de TNT fue perfecta? El divorcio que hay entre lo que vimos en esa ceremonia y lo que nos interesa en México. Una de las afirmaciones más emocionantes que hicieron los conductores de TNT desde la alfombra roja es que ahora ya no hay que esperar años a que nos lleguen las series de Estados Unidos como antes. Y sí, es cierto, pero esto no significa que funcionen, que sean noticia, que la gente las pueda ver, que las comente. El domingo pasado, por ejemplo, triunfaron The Americans, Bodyguard, El método Kominsky, A Very English Scandal y The Marvelous Mrs. Maisel, por mencionar solo unos cuantos títulos. ¿Cuántos millones de mexicanos las conocen? ¿Cuántos las han podido ver legalmente? ¿Cuántas personas las amaron? Y no, el hecho de que la mayoría de estos proyectos nos llegaron por canales de televisión de paga de paquete intermedio o superior, o por sistemas de distribución de contenidos en línea tampoco significa nada. Bodyguard, por ejemplo, nos llegó por Netflix pero como, de origen, no es una producción de ellos, no la promovieron con la misma fuerza con la que le hacen ruido a conceptos como Stranger Things.

Y ni hablemos de lo que pasa con los canales de paga porque entonces sí nos ponemos a llorar. Resultado: nadie las mira, ni los suscriptores ni los periodistas que estamos haciendo malabares por encontrar la nota entre los 14 mil estímulos semanales que se mueven en todas partes. ¿De qué sirve que compitan por los Golden Globes? ¿Quién se emociona? ¿A quién le interesa? No sé para usted pero para mí el momento más doloroso de la noche fue cuando habló Carol Burnett. La señora denunció cosas delicadísimas que están pasando hoy gracias a la atomización de los medios, cosas que están diezmando los presupuestos, la espectacularidad y el impacto de la televisión. ¿Ahora entiende cuando le digo que acabé profundamente angustiado después de ver los Golden Globes?

Ya no hay manera de cubrir esto. Si no hubiera sido por el odio que muchos sienten por Roma nadie, en México, hubiera entendido lo que sucedió el domingo pasado. ¿A poco no?


alvaro.cueva@milenio.com





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