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Martes , 20.11.2018 / 15:02 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

Crítica a ‘La casa de las flores’

Álvaro Cueva

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Hoy es el día nacional de La casa de las flores, la nueva producción original de Netflix.

¿Por qué? Porque este importante sistema de distribución de contenidos en línea ha invertido una fortuna en la promoción de esta serie mexicana.

Netflix quiere que la veamos, que la veamos toda, que la veamos ya y decenas de periodistas se van a desvivir hablando de ella.

La casa de las flores es la primera serie de televisión de Manolo Caro, ese gran genio del cine y el teatro nacional, responsable de éxitos como No sé si cortarme las venas o dejármelas largas, La vida inmoral de la pareja ideal y Straight.

Por si esto no fuera suficiente, La casa de las flores tiene un elenco encabezado por la gran Verónica Castro y por figurones como Cecilia Suárez, Aislinn Derbez, Claudette Maillé, Verónica Langer, Arturo Ríos y Juan Pablo Medina.

¿Qué es lo importante aquí? Que después del cañonazo de Luis Miguel, la serie, con este lanzamiento Netflix confirma que se ha quedado con el mercado telenovelero.

Adiós a Televisa, a Tv Azteca y a todas las televisoras tradicionales que hacían millones de dólares al año produciendo esta clase de contenidos.

El negocio, ahora, se lo quedó Netflix y no solo se lo quedó, lo perfeccionó, lo actualizó y lo convirtió en una experiencia ciento por ciento disfrutable para las nuevas generaciones etiquetándolo como serie.

La casa de las flores es lo que serían las telenovelas mexicanas si Televisa y Tv Azteca no se hubieran estancado, un melodrama divertidísimo, escandaloso y apasionante.

Es la historia de una familia rica y perfecta que ni es rica ni es perfecta. Y tiene todo lo que a Televisa y a Tv Azteca les da miedo poner en pantalla:

Doble moral, sexo, drogas, racismo, corrupción, clasismo, desnudos, diversidad sexual, rollo cabaretero, strippers. Es un banquete para los ojos y los oídos.

¿Cómo es posible que yo me atreva a celebrar todas estas cuestiones tan negativas?

Porque contrariamente a lo que han hecho las televisoras nacionales al promover a asesinos y narcotraficantes como modelos aspiracionales, aquí los vicios están colocados como parte de un ejercicio de crítica social.

No se trata de que las audiencias se vuelvan como los personajes de esta serie. Se trata de que a través de los personajes de esta serie las audiencia hagan un ejercicio de reflexión, de que cambien, de que mejoren.

Ahora, tampoco se vaya usted a imaginar que esto es un culebrón didáctico, porque la cosa no va por ahí, va más o menos por donde iban los cañonazos telenoveleros de antes.

Desde Cuna de lobos y Teresa hasta El maleficio y Rubí pasando por Mirada de mujer, Las Aparicio y El privilegio de amar. A mí, como crítico profesional, me emociona mucho que Verónica Castro forme parte del proyecto.

Verónica es un caso mucho muy especial, una figura única dentro de su generación.

A ella, con éxitos como Los ricos también lloran (1979), le tocó cambiar la historia de la televisión mundial al llevar las telenovelas mexicanas a los más exóticos mercados internacionales cuando ni siquiera se utilizaba la palabra globalización.

A ella le tocó protagonizar historias de mujeres que defendían valores como la virginidad y el matrimonio. A ella le tocó hacer grande un formato, un género.

Hoy, en pleno 2018, esta misma señora está volviendo a cambiar la historia de la televisión mundial al llevar toda esa riqueza a los más exóticos mercados internacionales solo que en esta ocasión a través de otra plataforma, a través de Netflix.

Y no, su personaje ya no defiende ni la virginidad ni el matrimonio, defiende el amor propio, el empoderamiento femenino y muchas otras cuestiones de lo más interesantes.

Obviamente no se las voy a decir para no venderle trama, pero cuando la vea se va a quedar con la boca abierta.

Verónica Castro está volviendo a dar cátedra de actuación y está volviendo a retar al gremio artístico nacional al hacer lo que nadie más, a su edad, hace a cuadro como meterse marihuana y cosas peores.

Amo el trabajo de todos los actores de esta serie. Todos y cada uno se lucen, se merecen un elogio.

Cecilia Suárez habla con un acento delicioso. Verónica Langer está exquisita. Aislinn es una reina.

Por favor, discúlpenme todos por no profundizar, pero se me acaba el espacio y no quiero acabar esto sin invitar al público a gozar con esta serie y a detectar sus valores de producción.

Por favor, cuando esté ahí, aprecie los textos, el tono de la dirección, la música y deléitese, y diviértase.

La casa de las flores es, ante todo, un concepto para divertirse, para pasársela bien.

Y no vea solo un capítulo, véalos todos, porque siempre está pasando algo, los personajes siempre están creciendo.

¡Gracias, Netflix, por invertir en México!

¡Gracias, Netflix, por esta joya! Búsquela. Le va a encantar. De veras que sí.

alvaro.cueva@milenio.com

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