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Sábado , 22.09.2018 / 08:42 Hoy

El pozo de los deseos reprimidos

Brillan sin la espectacularidad de Televisa y Tv Azteca

Álvaro Cueva

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Me siento muy orgulloso de la participación de Canal Once en Río 2016.

¿Por qué? Porque, objetivamente, estos señores no tendrían por qué estar haciendo algo alrededor de los Juegos Olímpicos.

Imagínese: les regalan la señal. ¡Qué cómodo! Tan fácil como enchufarse al satélite y ya. Que la gente sea feliz viendo lo mismo que miran todos.

¡Pero no! Quién sabe cómo le hicieron, pero en cuestión de días se sacaron El Once en Río, uno de los programas especiales más caros, complejos, completos y ambiciosos de todos los que se están produciendo en torno a esta gran fiesta deportiva y cultural.

Ojo, no es lo mismo para una televisora grande como Fox Sports inventarse una emisión nocturna de este tipo a que lo haga el canal del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Canal Once no es rico, se debe apegar a un montón de cuestiones burocráticas hasta para tramitar los vales de gasolina.

A pesar de eso, sus directivos se salieron con la suya y el resultado es espléndido. ¡Qué capacidad de respuesta! ¡Qué manera de conmocionar al mercado!

Sí, yo sé que no tiene la espectacularidad de lo que, en su momento, llegamos a ver en Televisa o en Tv Azteca, pero el resultado es muy digno, auténtico.

¿Qué es El Once en Río? ¿Quiénes salen? ¿Qué aporta? ¿Por qué es importante?

El Once en Río es un programa de revista de dos horas, realizado en un estudio enorme, dividido en varios espacios donde se realizan entrevistas, se presentan piezas y se organizan mesas de análisis deportivo.

¿Cuál es la nota? Como se lo dije la semana pasada, la reunión nunca antes vista del talento de todas las áreas de esta señal combinada con la participación de comunicadores de otros lugares.

¿Qué tiene esto de relevante? Para un canal público como éste, mucho.

Salvo honrosas excepciones, las señales públicas mexicanas son la muerte. Nadie quiere hacer nada, cada quien jala para su lado, grilla por aquí, grilla por acá.

El Once en Río es un prodigioso ejercicio de integración, de trabajo en equipo. Todos se ven felices, motivados. ¡Es mágico! ¡Increíble! ¡Maravilloso!

¿Sabe usted lo que esto representa para el presente y el futuro de Canal Once? ¿Sabe usted el fabuloso mensaje que le manda al resto de los medios públicos de la nación?

Por si esto no fuera suficiente, El Once en Río está contribuyendo al posicionamiento positivo del IPN al presentarlo como una potencia deportiva, como una institución con grandes maestros, con extraordinarios especialistas. ¡Bravo!

Sí, ya sé lo que está usted pensando: a mí, como televidente, ¿en qué me beneficia o me perjudica eso? ¿Por qué tendría que ver este programa habiendo tantos, tan buenos, en tantos otros lugares?

Porque es diferente, porque además de información, nos transmite unión, estabilidad, certeza, exactamente lo que ya casi nadie nos está transmitiendo.

Además de esto, El Once en Río es diferente. Tiene deportes y “cultura” como todos, sí.

Pero también tiene arquitectura, música, gastronomía, ecología, política y muchos otros temas que solo pueden ser explotados a plenitud por un medio público de este tamaño y con ese reparto.

Ricardo Raphael es la revelación de revelaciones. Qué versatilidad de comunicador. Qué simpático, inteligente y participativo.

Cristina Pacheco es un lujo, Nelson Vargas, una eminencia. Luz Blanchet, una reina. Many Muñoz se las sabe de todas, todas. Y los personajes de Once Niños son lo máximo.

Nadie más tiene esta combinación de contenidos y personalidades. Nadie.

Me podría pasar todo el día escribiéndole de cada conductor y de cada sección de El Once en Río, pero mejor no.

Véalos, véalas y convénzase de la grandeza de este esfuerzo insólito de la televisión abierta pública mexicana.

Mis únicas recomendaciones son: hacer más publicidad, presumir más a la gente que va a participar desde el principio de cada emisión, administrar mejor los tiempos y los movimientos, y aumentar el tamaño de los letreros con los nombres de los talentos incluyendo sus cuentas de redes sociales.

¿Para qué? Para que el público los ubique y los siga. Si El Once en Río consigue mover digitalmente a las multitudes como Diálogos en confianza, cuidado con ellos.

¿Y qué me dice de privilegiar a la gente que sí hizo cápsulas de la que nada más va a presentar las que hicieron otros con material de archivo?

¿O qué tal pedirle a los conductores más jóvenes, como los de Central Once, que estudien más sus piezas para que puedan responder de manera más fluida a las excelentes preguntas de Ricardo Raphael?

Sea como sea, son cuestiones insignificantes en comparación a las que luego detectamos en la televisión abierta de este país.

Me siento muy orgulloso de la participación de Canal Once en Río 2016. Estoy convencido de que puede ser el principio de algo todavía más grande. ¿Usted no? ¡Felicidades!

alvaro.cueva@milenio.com

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