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Sábado , 23.06.2018 / 11:35 Hoy

Fusilerías

La edad y ciertas lecturas

Alfredo C. Villeda

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El lector con el hábito desarrollado sabe que hay libros imposibles. Imposibles para cierta edad. Hay autores, también, que deben caer con alguna temporalidad en la vista de un público del que desconoce todo. El fusilero piensa, por ejemplo, en Antón Chéjov (1860-1904), el narrador ruso cuyo nombre conoció de joven, pero que no leyó hasta los 47. Con toda oportunidad, por cierto.

Un querido colega, 20 años mayor que el de la voz, platicó con entusiasmo a un grupo de amigos la trama de la película Ojos negros (Nikita Mikhalkov, 1987), adaptación del cuento "La dama del perrito" (1899) de Chéjov. El contagio de esa excitación llevó a algunos de los oyentes a acudir primero a la obra literaria, costumbre de algunos aficionados a ambas artes. Ninguno lo había leído.

Más allá de la anécdota, que en palabras de Chéjov buscó anteponer otras emociones sobre la trágica historia de la Anna Karenina de Tolstói, esa trama amorosa, de pasión y adulterio, entre un maduro banquero ruso y una mujer en Yalta, luce tan lejana en el tiempo y el espacio, y en la edad de los protagonistas, que acaso desanime a un lector joven, tan ajeno a todos esos elementos en torno al cuento.

No se trata, por supuesto, de proyecciones personales ni analogía de experiencias con el contenido, sino de situaciones concretas que pueden alejar a almas ávidas de otras aventuras, acaso solo por la edad. Quizá por eso un gran admirador de Chéjov, Salman Rushdie, es tan duro con la adultez cuando habla de sus predilecciones infantiles y juveniles.

"Cuando vi por primera vez El mago de Oz me convertí en escritor", confiesa Rushdie en su ensayo "De Kansas" (1992). El mundo de los libros, continúa, se ha convertido en un lugar estrictamente clasificado y delimitado, en el que la ficción destinada a los niños no solo es una especie de gueto, sino un gueto subdividido en literaturas para diferentes grupos de edad. "Las películas, sin embargo, han superado esa clasificación".

Rushdie redondea su análisis literario-cinematográfico, para el que utiliza la trama de Oz, con una severa conclusión: "Aun el choque de descubrir que el Mago era un farsante fue un choque que sentí como niño, un choque para la fe del niño en los adultos. Quizá también sentí algo más profundo, algo que no se podía articular; quizá se había conformado una sospecha formada a medias sobre los adultos. (...) Al final, al dejar de ser niños, todos nos convertimos en magos sin magia, conjuradores al descubierto, con solo nuestra sencilla humanidad para poder avanzar. Nosotros somos ahora los farsantes".

Rushdie tituló Joseph Anton una autobiografía que publicó en 2012, llamada así en homenaje a sus héroes literarios, Conrad y Chéjov, el ruso también admirado sobremanera por otro grande, el cubano Guillermo Cabrera Infante, quien creía que el cuentista habría reído con ganas de haberse enterado cómo sus restos fueron trasladados de una ciudad alemana a Moscú en el vagón frigorífico de un tren que llevaba como rótulo: "Ostras frescas".

Qué importante es por eso, para un lector, hallar a un autor en el momento indicado. Con tanto título por delante es difícil detenerse en un escritor con el que se hace corto circuito en el primer contacto. La especulación personal de que el cuento "La dama del perrito" haya desanimado a los contemporáneos del fusilero, en su primera juventud, a buscar otra obra de Chéjov tiene la única intención de compartir estas reflexiones y recomendar a todos los escritores involucrados. Si alguien no los conoce, acaso sea la ocasión oportuna. O quizá encuentren a su narrador imposible.

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