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Jueves , 21.06.2018 / 00:42 Hoy

Fusilerías

La botadura del Arca de Noé

Alfredo C. Villeda

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El Museo de la Vida Antigua, en las afueras de Salt Lake City (Utah), alberga el mayor despliegue mundial de dinosaurios montados con 60 esqueletos completos. Conduce al visitante por una serie de galerías desde la selva del Carbonífero hasta el océano del Cretácico y las estepas del Pleistoceno. El público tiene enfrente, pues, los ejemplares representativos de tres de las cinco extinciones masivas de la historia.

Un par de colosales saurópodos, herbívoros cuadrúpedos que vivieron hace 210 y 65 millones de años, dos tiranosaurios, un triceratops y un utahraptor acaparan la atención del visitante, azorado de forma progresiva cuando avanza a la sala de los monstruos marinos, donde un mosasaurus, el T-Rex de los mares, luce imponente con sus enormes fauces prestas a devorar a su presa y un quelonio de dimensiones mayúsculas nada hacia las profundidades.

También hay fósiles en los techos de este magno museo, los reptiles voladores, que no dinosaurios, como el quetzalcoatlus, gigante del cielo con sus 12 metros de envergadura de una ala a la otra, descubierto el primero de ellos en una mina de Texas, y bautizado así en honor a la serpiente emplumada de la cosmogonía azteca. La siguiente sala conduce a otra época, más cercana a los primeros humanos, en la que figuran las megabestias con las que los ancestros convivieron, si de alguna forma puede llamársele a esa disputa por el territorio y el alimento.

Ahí asoman mandíbulas, picos, garras y colmillos del tigre dientes de sable, del ave del terror y del mamut, representado este mamífero lanudo en una jornada de caza, rodeado por una especie señalada por varias hipótesis científicas como la responsable de su extinción: el ser humano, por supuesto. Toda esta fauna, del Cretácico al Pleistoceno, ha sido borrada de la Tierra. Solo sobrevive el hombre.

Aún se debate la razón de las extinciones masivas. Sobre la del Cretácico, con la que acabó la era de los dinosaurios y los reptiles marinos y aéreos que coexistían en ese tiempo, la más aceptada entre la comunidad científica es la de la caída de un meteorito en la zona que ahora conocemos como Yucatán, que dejó un cráter llamado de Chicxulub, causante de una nube de gases tóxicos que no solo dio muerte a muchas especies por inhalación, sino de forma progresiva al impedir el paso de los rayos solares, con la consecuente muerte de plantas, de herbívoros y de carnívoros, orden de la cadena alimenticia.

El fusilero recuerda esa reciente visita al museo de Utah mientras asiste a la desconcertante película Noé (Darren Aranofsky, EU, 2014), cuya trama es incapaz de trasponer en momento alguno la fábula del Viejo Testamento, salvo la creación del personaje de la esposa (Jennifer Connelly), mientras que la alta expectativa en materia de efectos especiales se reduce a la representación del diluvio. Quienes esperaban ver un espectacular despliegue multimedia de los animales se quedaron con las ganas, con unos cuantos ejemplares (herbívoros y aves sobre todo) recreados por computadora en situaciones más bien de reposo, narcotizados para su buen comportamiento dentro del arca que los salvará de la sexta extinción masiva.

El bestiario de Aranofsky, pues, protegido por Noé (Russell Crowe) a riesgo de perder la vida y aun a costa de la de sus propios nietos, es una colección de estampitas menos atractiva que los austeros dibujos de una monografía de papelería. La “riqueza” de ese conjunto de especies queda a deber ante los bestiarios precedentes, en prosa y verso, de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde y René Avilés Fabila.

Al término del filme, el lector de José Saramago acaso haya recordado la novela Caín y las primeras palabras del capítulo 13: “Dios no vino a la botadura. Estaba ocupado con la revisión del sistema hidráulico del planeta”.

www.twitter.com/acvilleda

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