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Fusilerías

El arquitecto de Dios

Alfredo C. Villeda

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Barcelona. Era un hombre fantasioso que dominaba las matemáticas. Un devoto con la certeza de que hablaba con Dios, de hecho lo llamaba "cliente". Un obsesionado con los pobres tanto como con la santidad. Un genio que, con la fórmula de Dante y la Comedia, sabía que su obra iba a ser la identidad de Barcelona desde que la fraguaba en su cabeza. Un extravagante desaliñado, pues, al que todos conocían como Gaudí, pero que Dios, para usar el verso de León Felipe, le decía Antoni.

Si la admiración del visitante se desborda frente a la Sagrada Familia, imponente basílica de estilo modernista cuya construcción comenzó en 1882; si el turista se rinde ante la majestuosidad de esa inacabada obra, entre la comunidad catalana no es que haya poco orgullo, pero la reticencia hacia el artista persiste. Frente a la admiración del viajero que asiste enmudecido ante esas torres que asemejan las manos de su autor en busca del cielo, la ciudad explota a Gaudí sin misericordia, pues por algo es su iglesia la principal atracción española, con esperas de cuatro horas para entrar al recinto.

Pero entre los suyos, aclara Rafael Argullol en su ensayo Mi Gaudí espectral (Acantilado, 2015), es otra cosa. Con una base consistente en soliloquios frente al espectro del artista, este autor teje algunas memorias propias y de familia, y entre ellas plantea: "Te refugiaste en tu Sagrada Familia, dejando que absorbiera todas tus fuerzas. Estabas encerrado con tu mayor juguete mientras la ciudad te daba la espalda, desdeñosa y sarcástica. Te llamaban maniático, loco, iluminado, místico lleno de soberbia y empezaron a llamarte el Arquitecto de Dios".

En otra parte de su discurso, Argullol dice al espectro de Gaudí: "Tu figura de viejo loco era popular, muy popular, en la ciudad que había asistido, atónita, al crecimiento de tus sueños de piedra. Se te contemplaba con una mezcla de conmiseración y curiosidad, de rechazo y veneración. No se sabía muy bien qué hacer contigo, de la misma manera que actualmente la ciudad no sabe qué hacer con tu templo. Debe ser extraño sentirse tratado así". Hoy esa obra sigue en construcción mientras abajo millones hacen el recorrido unos, la contemplan a la distancia otros, la fotografían desde un turibús aquellos más.

Cuando le preguntaban cuándo estaría terminada esta monumental catedral, decía que a su cliente, Dios, no le corría prisa, pues tenía todo el tiempo del mundo, con lo que el propio Antoni se ponía el traje de arquitecto de aquél. A 89 años de su muerte, gigantescas grúas continúan los trabajos, financiados con el costo de los boletos de los visitantes y con aportaciones anónimas. En la fachada principal se puede leer, inacabado también, un letrero que todos adivinan porque es de sobra conocido, para creyentes y no creyentes, "Iesus Nazarenu"..., frase latina más reconocida aún por el uso de las siglas INRI en la tablilla de la crucifixión: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.

Argullol recuerda cuán irritante podía ser Gaudí para muchos, como un profesor que era un anecdotario ambulante sobre el artista y quien atribuía a Picasso haber recomendado destrozos para deshacerse de la incómoda presencia de los edificios gaudianos, o el "macabro lamento" de George Orwell porque los anarquistas habían dejado de dinamitar la Sagrada Familia. "Gaudí adolecía, al parecer, del gran vicio de no estar situado nunca en ese punto justo que tranquiliza las conciencias: era demasiado conservador, demasiado revolucionario, demasiado místico, demasiado tosco, demasiado opulento, demasiado cualquier cosa que pusiera en jaque la serenidad de los ánimos".

Gaudí aprendió en el taller de su padre cómo convertir el cobre y el bronce en belleza, lo que le permitió como arquitecto modelar la piedra con la luz para perpetuar, dice Argullol, esa belleza que aseguraba el rumbo de los hombres, esculpiéndose como asceta al mismo ritmo frenético con que esculpía sus edificios. En esa condición
de mendigo, siendo que llegó de Reus a Barcelona como un dandi, lo atropelló un tranvía cuando se dirigía al barrio Gótico y murió un día después en el hospital de la Santa Creu, una tarde soleada de junio de 1926.

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