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Miércoles , 17.10.2018 / 05:38 Hoy

Tabula rasa

Margarita Michelena a 20 años de su muerte: la semilla y el derrumbe

Alfonso Valencia

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Me gusta pensar que la poesía que siembra dudas es honesta. El poema debe cerrarnos el acceso al mundo como lo conocemos, para que así podamos edificar otros, no necesariamente mejores, no necesariamente más bellos. Así, la poesía nos siega certezas, desquebraja nuestra realidad, nos mete en el centro del pecho una semilla que es de preguntas y florece dudas. La poesía nos derrumba. Siempre, amigos, es preferible huir de la voz que, desde el poema, intenta dictarnos verdades. Esa soberbia dogmática nos ha vuelto ciegos: no se lee poesía para encontrar respuestas, se lee para pensar, para comprender el mundo de manera distinta, para verlo tambaleante y encontrar fuerza para pisar ahí donde el poema nos ha descubierto lo endeble de nuestra realidad. La poesía, así, es honesta, nunca condescendiente.

Siempre que he tenido la oportunidad de hablar de Michelena, he dicho, convencido, que su poesía es honesta y fuerte. Quisiera, en este breve espacio, explicarles a qué me refiero con esto, partiendo de dos imágenes recurrentes en Michelena: la semilla y el derrumbe.

“Perdido entre las flechas resonantes del día / no eres más que una leve semilla en el vacío, / una inválida luz desesperada / que entre dos infinitas soledades / brilla un momento y corre hacia la muerte”. “Eres lo que declina, pero también lo eterno: / la semilla en su sitio, desgarrándose, / la mística tiniebla de la sangre”.

La poesía de Michelena no es condescendiente. No cede a una explicación del mundo y sus certezas. Su poesía cierra puertas. No me malentiendan: con esto no quiero decir que sea críptica y aburridamente indescifrable. Cierra puertas y, con eso, nos obliga a abrir otras en donde nos hallamos más vulnerables, más solos. Nos muestra el final, nuestros minúsculos esfuerzos por brillar donde no hay quien mire nuestra luz. Acaso la esperanza radique en que somos semillas que se volverán, con suerte, hojas, savia, gusanos devorando manzanas colgantes de fuertes ramas. La poesía de Michelena siembra dudas. Cierra puertas. Nos revela un mundo donde el vacío es muerte, y la ausencia, nostalgia que no cede. Miedo que construye. El sonido de la semilla al abrirse bajo la tierra. El sonido de algo que nos invade, y es incertidumbre y es la revelación de que estamos parados en el lugar equivocado: el derrumbe de nuestras certezas. Somos lo que declina, lo que muere, pero también lo eterno. La semilla que se desgarra. Michelena busca el origen y es para ella la semilla. ‘Claro, es obvio’, podemos decir a la ligera. Pero, afirma, certera, que la semilla se rompe y que la tierra se abre y que el tallo destruye. Creación y destrucción son una misma cosa. El verdugo y el sentenciado, la madera y el hacha, la luz y la manzana, la piel y la transparencia. La poesía de Michelena es honesta porque derrumba nuestro mundo, nuestra realidad sostenida por endebles certezas, por creencias inciertas y falsos orígenes.

“Sientes cómo en tus huesos trabaja ya el derrumbe”.

Para Michelena, la poesía es un trabajo de fundaciones constantes a través de la palabra, que es la herramienta más eficaz para ordenar el caos que precede al mundo y en el que se ordena y reordena constantemente. Afirmaba que el poeta anticipa y recuerda, a la vez. Michelena comprendió que el presente es eterno recuerdo y eterna figuración del horizonte. Por eso, para malestar de muchos, fue una mujer de su tiempo. Por eso su crítica tuvo raíz en su presente y no pecó de erudición, aunque hubiese podido. Fue ella la conjunción de talento e idea. Idea en el sentido de una lumínica inteligencia (y a veces también oscura, como lo es el cielo que presagia la tormenta). Y talento, en cuanto a la factura, digamos, externa, en cuanto al artificio poético que se empeñó en seguir, dictada, tal vez, por una imperiosa necesidad de demostrar su disciplina y, de algún modo, su riguroso carácter. Y es que uno cree que la poesía abre puertas al entendimiento, pero no: las cierra. Y uno cree, también, erróneamente, que el genio está ligado a la forma. La práctica hace al maestro, pero no al genio. El estudio hace poetas talentosos, pero no inteligentes. El talento, pues, sin la capacidad de generar ideas, sirve de muy poco. Michelena tenía ambos. Su poesía nos derrumba porque su asedio a nuestra mente no da tregua. ¿Cómo es el esqueleto de una perla? ¿Cómo hacer flotar una manzana y derribar a un pájaro nomás con la mirada? Michelena tenía una obsesión por el viaje hacia uno mismo. ¿Qué es lo fútil, lo insignificante, sino este mi cabello, esto que creo hondo en el centro de mi pecho, el estío, el aire, lo que huye y escapa? Michelena habla en el idioma de todo lo que arde. Tal vez por eso, sabiamente, hizo un voto de silencio poético muy temprano. Y estoy convencido que no fue por el abandono de las fuerzas creativas, por el agotamiento de la bendición poética (y es que, vean, ahora, a glorias jóvenes intentar escribir un verso, uno solo, a sus treintaytantos). Pero, ¿qué decir después de decir lo inefable?, ¿qué escribir después de haber utilizado a la poesía para descubrir lo que algunos sólo alcanzamos a preguntar a medias? Después de esto, sólo queda el silencio:

Sé lo que no sabía.

Lo largamente preguntado.

Que Dios me da estas palabras

para que en ellas junte lo perdido,

lo que se fue, lo dispersado.

Para que haya un momento

original, sagrado,

que dure siempre.

Para que todos vuelvan del naufragio.

Para que no me mate

el miedo de morir

y el dolor de lo aniquilado.

Todos estamos aquí ahora.

Los próximos y los lejanos.

Los del desierto y los del bosque.

Y los del mar y los del campo.

Todos en torno de la santa hoguera.

Todos sin muerte ya, transfigurados.

Todos en la eternidad de este instante.

Todos en el secreto encendido del antro.

@eljalf

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