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Sábado , 20.10.2018 / 19:14 Hoy

Tabula rasa

El derecho de los muertos, primera parte

Alfonso Valencia

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I

Por todos lados se dice: ellos son de los que les rinden culto a los muertos. Que nos divertimos con la muerte. Que los huesos los volvemos azúcar y los devoramos. Que comemos sobre las tumbas, en los panteones, y que creemos, de verdad, que los muertos vienen a visitarnos, a comer y beber en nuestras casas. Les levantamos altares. Y que se llevan el sabor de los platillos y el espíritu de los licores. Dicen que nos divertimos con la muerte, y la veneramos y la respetamos de un modo curioso: le tememos, pero no es para tanto. Que tenemos un modo folclórico de superarla, de sobrellevarla. Nuestros muertos se vuelven fotografías junto a santos alumbrados por veladoras. Y es que, al final, la muerte es nuestro único consuelo. Nuestra única esperanza. Porque si aún creemos en la justicia, es porque creemos en la muerte y en eso de igualitario que hay en ella. La justicia última, la igualdad total. Por eso la celebramos, porque se levanta por sobre toda diferencia.

II

Aún seguimos buscándole nombre a huesos milenarios, y huesos a nombres inmortales. Festejamos, aunque las certezas no son absolutas, haber hallado los restos del más grande escritor en lengua española. Y los de Nuestra Poeta. Celebramos porque creemos que los muertos tienen derecho, que los huesos no pueden ser olvidados, que no pueden permanecer anónimos adentro de la tierra. ¿Cuántos vagabundos son arrojados a la fosa común, cuántos de ellos terminan sobre mesas de disección, bautizados por estudiantes de medicina siguiendo la pista de tatuajes y señas particulares? A pesar de todo, de la ausencia de lágrimas, en algún lugar queda el registro de la muerte, las preguntas básicas: cómo, cuándo, dónde. Juan N., 20 de marzo de 1992, Plaza Juárez, Pachuca, Hgo. Hipotermia. Le faltaba el dedo índice de la mano derecha. Sólo en caso de que alguien venga a llorarle desde lejos. En caso de que alguien pregunte.

III

Los forenses hablan de la restitución de la identidad como un derecho de los muertos. Un último derecho que tenemos: ser enterrados con nuestro nombre. El padre que abre una bolsa de ceniza y sospecha que ahí no está su hijo, tiene derecho a saber cómo se llegó a esa conclusión, cuál fue el método. No es que sólo deba aceptar lo inaceptable, tragarse el dolor y sacar fuerza de un puñado de polvo: debe llorar los restos correctos. Tener la certeza.

IV

(El discurso de Clemente Rodríguez y Anayeli Jiménez,

23 de marzo 2015,

Cafe Istanbul, Healing Center,

NOLA)

El gobierno nos ha ofrecido un millón y medio.

No queremos dinero como ellos dicen.

Somos gente pobre.

Los queremos vivos.

(No sé si de verdad lo creen)

Como todos los estudiantes iban cantando, haciendo ruido.

Y fueron emboscados.

Como todos los jóvenes de este país, fueron emboscados.

(Su discurso es el del shock, ¿cómo iba a ser de otro modo?)

Se lo llevaron, le arrancaron la cara. Sabemos que están vivos.

(Aunque, en realidad, saben tanto o tan poco como nosotros)

No sé cuántos cuerpos,

cuántas fosas clandestinas nos van a arrimar a nosotros.

Nos dijeron que superáramos el dolor.

Por ser pobres no nos atendieron.

No hay justicia.

No nos pusieron atención. Cancelaron nuestras audiencias.

Fueron 28 armas alemanas: fuimos a gritar a la embajada:

¿cómo llegaron esas pistolas a manos de policías municipales?

¿Que hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Hasta que se harten de nosotros.

Pero eso sería estar a favor de la injusticia, de la muerte.

V

Van a traer mariachis para cerrar el acto. Meet & Greet The Parents. Los mexicanos lo celebran todo, ¿no? Benditos estereotipos. Lo hacen, supongo, para regalar a los padres. Por ellos. Hacerlos sentir un poco mejor. Vamos: su intención es buena. Pero qué poca madre del mariachi que toca Amor Eterno. Y luego Las golondrinas. Y el líder, el güero, la dedica. No sé si comprende de qué se trata esto del gobierno desapareciendo estudiantes.

VI

Yvonne es mexicana. Normalista. De Monterrey. Ha trabajado en Oaxaca y Chiapas. Ahora es profesora bilingüe certificada por el Departamento de Educación de Texas. Decidió acompañar a Clemente y Anayeli en su caravana por Estados Unidos. En su propio carro. Con su propio dinero. Desde San Antonio hasta Boston. Escucha y traduce: Los queremos vivos, una y otra vez. Fue el Estado. ¿Cómo traducir el terror, el dolor? Fue la encargada del pase de lista. Se le quebró la voz a medio conteo. Ella igual es madre. Sí, pero mis hijos están a salvo, en casa. Y es que cada nombre es una vida. Y 43 son tantos.

http://twitter.com/@jalfvalba2

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