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Martes , 23.10.2018 / 03:36 Hoy

Tabula rasa

Cinco párrafos sobre Santiago Procopio, alias Efrén

Alfonso Valencia

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I

Santiago Procopio Rebolledo nació en Actopan, Hidalgo, el 8 de julio de 1877. Su madre fue Petra Rebolledo. De su padre, un tal Petronilo Flores, sólo se conocen datos al garete: que si era un hombre rico de la región, que si tuvo mil mujeres, que si regó hijos por todos lados. Lo clásico en pueblo chico y tiempo libre. Sabemos que Santiago Procopio hizo la primaria en Actopan, y que en su adolescencia viajó a Pachuca para estudiar en el Instituto Científico Literario. Luego, en 1896, se inscribió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y se mudó a la Ciudad de México. Los pocos documentos que se conservan respaldan esta información. Publicó su primer poema, Medallón, a los diecinueve, en el diario El Mundo. Tres años más tarde se ganó el reconocimiento de los distinguidos asistentes a una tertulia cuando leyó Marcha fúnebre y demostró ser un joven escritor provinciano lleno de mundo. Toda una promesa. Por otro lado, nada sabemos de cuándo decidió cambiarse el nombre por Efrén (aunque podríamos arriesgar el por qué).

II

El éxito es una perra muy cabrona que mordió a Efrén Rebolledo muy pronto. Relegado a cumplir roles segundones y emergentes en el servicio diplomático mexicano, se enemistó pronto con Federico Gamboa por una nimiedad godinezca: tras la muerte del ministro de Guatemala en Estados Unidos, Gamboa pagó de su bolsa una ofrenda floral a nombre del cuerpo diplomático mexicano, para luego mandar a Rebolledo a pedir coperacha para recuperar su inversión; evidentemente, Efrén se negó a hacer ese encargo pues no formaba parte de su trabajo, y remató espetando al autor de Santa: Si tiene deudas, vaya usted mismo a cobrarlas. Gamboa se volvió loco y pidió echaran del servicio a Rebolledo. Entonces hicieron con él lo que hasta la fecha se hace con los genios incómodos: ¿correrlo?, ¡no!: eso hubiera supuesto al porfirismo echarse un alacrán encima, y uno muy inteligente, valga decir… Lo mandaron lejos, más bien. Muy lejos. Lo más lejos posible. Japón.

III

La lectura de Rebolledo estuvo condicionada durante mucho tiempo por el sagrado mugir de Amado Nervo y Xavier Villaurrutia. El primero prefirió llamarlo “más bien alto artífice que alto poeta”, creador de una poesía capaz de conmover por lo “bien pergeñada”… “que es buena”, pues, pero a la que le “falta acaso la santa melancolía, la aureola de la honda emoción, la excelsa nobleza de la pena”. En la madre: para escribir hay que sufrir, entonces. Rebolledo sufría, claro, pero no en el orden que Nervo hubiese esperado: su sufrimiento era otro: no de orden amoroso, sexual. El pleito de Rebolledo no era con las mujeres ni con los inmortales hados del universo, ni con la vida traicionera ni la pobreza o falta de amor: era con el deseo. (Además, Nervo critica Cuarzos, libro que Rebolledo escribió a los veinticinco años. Lo mejor, claro, estaba por venir.)

IV

El otro juicio sagrado, lapidario, clavado en lo más profundo de nuestro inconsciente literario colectivo, es el “No creo que Efrén Rebolledo sea un gran poeta. No es, desde luego, un poeta de gran magnitud, pero sí es un poeta muy distinguido”, de Villaurrutia. Caray: generaciones de lectores impresionables, atentos a la verdad de la voz que madura, se tragaron aquello. Triste: Rebolledo no ocupa hoy el lugar que merece.

V

No ocupa el lugar que merece en todos los sentidos: los restos de Rebolledo no descansan en la Rotonda de los Ilustres. Al morir, el 10 de diciembre de 1929, en Madrid, fue enterrado en el cementerio de Nuestra Señora de Almudena. Tres días después, Javier Sánchez Mejorada pidió a Genaro Estrada –ya para entonces Secretario de Relaciones Exteriores– que los restos del poeta fueran trasladados a México. Incluso pidieron una pensión vitalicia para la viuda, la noruega Thorborg Blomkvist, y sus hijos, Thor, Gloria y Efrén. Nada se cumplió: Thorborg murió en la miseria y los restos de Rebolledo nunca fueron traídos a México: el 15 de julio de 1940, al caducar los derechos de suelo, fueron arrojados a la fosa común.

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