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Sábado , 26.05.2018 / 05:23 Hoy

Apuntes pedagógicos

Los docentes como intelectuales

Alfonso Torres Hernández

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En los tiempos actuales, de crisis educativa y de cambios constantes en el ámbito curricular, de la gestión, institucionales y política, es necesario replantear puntos de partida en la formación y desarrollo profesional de los docentes. Particularmente, diversos autores han manifestado sus ideas respecto a que los profesores desarrollen su pensamiento para adquirir elementos que les permitan un tránsito hacia la transformación de su entorno socioeducativo inmediato. Al respecto, apunto algunas ideas relevantes del pensamiento de P. Freire, H. Giroux, M. Lipman y P. Mclaren.

Freire nos enseña que las posiciones de educador o educadora no son ni fijas, ni inmutables, y que no están derivadas de ciertas leyes absolutas de la pedagogía, sino que son política e históricamente construidas. Su acción y su pensamiento nos muestran que la posición de maestro puede ser dinámica, dialécticamente relacionada, dependiente del momento histórico en que se desarrolla e influida profundamente por las concepciones políticas de los participantes en el proceso. Lo anterior no sólo porque quien enseña hoy aprende mañana de otros, sino, y tal vez la razón fundamental, porque en el mismo proceso de enseñanza aprendizaje el maestro o la maestra aprende de sus estudiantes. Freire lo dice bien: “Quien forma se forma y reforma...”, “quien enseña aprende al enseñar y quien aprende enseña al aprender” “Enseñar no existe sin aprender y viceversa...”. (Freire,1997)

Giroux (1990) argumenta que la visión de los profesores como intelectuales proporciona, además, una fuerte crítica teórica de las ideologías tecnocráticas e instrumentales subyacentes a una teoría educativa que separa la conceptualización, la planificación y el diseño de los currículos de los procesos de aplicación y ejecución. Hay que insistir en la idea de que los profesores deben ejercer activamente la responsabilidad de plantear cuestiones serias acerca de lo que ellos mismos enseñan, sobre la forma en que deben enseñarlo y sobre los objetivos generales que persiguen. Esto dignifica que los profesores tienen que desempeñar un papel responsable en la configuración de los objetivos y las condiciones de la enseñanza escolar. Semejante tarea resulta imposible dentro de una división del trabajo en la que los profesores tienen escasa influencia sobre las condiciones ideológicas y económicas de su trabajo. Este punto tiene una dimensión normativa y política que parece especialmente relevante para los profesores. Si creemos que el papel de la enseñanza no puede reducirse al simple adiestramiento en las habilidades prácticas sino que, por el contrario, implica la educación de una clase de intelectuales vital para el desarrollo de una sociedad libre, entonces la categoría de intelectual sirve para relacionar el objetivo de la educación de los profesores, de la instrucción pública y del perfeccionamiento de los docentes con los principios mismos necesarios para desarrollar una ordenación y una sociedad democráticas.

Lipman (1991) plantea que cuando pensamos, no se trata sólo de debatir o de conversar con nosotros mismos; sino que experimentamos la situación de enseñarnos a nosotros mismos. En efecto, la esencia del pensamiento ha de consistir en ser el vehículo común más perfecto para la comunicación didáctica interpersonal cotidiana, pero no a través de los canales didácticos normales, sino a por la compleja tarea de la pedagogía de la pregunta. Por ello, pensar por nosotros mismos, es dialógico. Y así entonces, el pensamiento autónomo es el paradigma más adecuado para el pensamiento creativo y apropiado para cualquier metodología, taller, estudio, tutoría o laboratorio en donde el profesor intenta estimular «la creatividad» en su estudiantado.

Peter Mclaren (2010) señala que en la escuela el conocimiento tiene que ser pertinente, tiene que tener importancia para poder ser crítico, y tiene que ser crítico para poder ser transformador. Que el conocimiento sea pertinente o importante significa que la experiencia sea elocuente para las personas si la transformamos o si la transferimos a distintos contextos. Mediante la utilización de ejemplos escolares y universitarios, Mclaren intentó demostrar la necesidad de una amplitud pedagógica para la generación de un aprendizaje dinámico y participativo: “En una escuela, una docente muy progresista relató una situación acerca de una mujer que entró a un Club Social Portugués y fue violada. La maestra preguntó a sus alumnos: ‘¿Qué les parece este evento tan terrible?’. María, una alumna latina de clase trabajadora, levantó la mano y dijo: ‘Yo me formé en las calles, vivo en las calles, conozco las calles y sé lo que pasa en las calles. Esta mujer es una estúpida que se metió en un Club Social Portugués. Ya se sabe que son lugares peligrosos. Mis amigas y yo nos mantenemos bien lejos de ese tipo de lugares’. La maestra le respondió a María: ‘En este país las mujeres tienen el derecho y la libertad de entrar a los lugares que quieran en cualquier ciudad, en cualquier Estado, en cualquier punto del país en esta época, sin pensar que adonde entren van a ser violadas o les va a pasar algo’. Tenía razón. María se quedó callada. Y se quedó en silencio por el resto del año. Es decir, la maestra se comportó de manera políticamente correcta, pero pedagógicamente fue tonta. La enseñanza tiene que ser pertinente para poder ser crítica, sin silenciar las voces de los alumnos. Tiene que ser crítica para ser transformadora”.

Por último, apunto, como he sostenido siempre, que el hecho de ver a los profesores como intelectuales nos capacita para empezar a repensar y reformar las tradiciones y condiciones que hasta ahora han impedido que los profesores asuman todo su potencial como académicos y profesionales activos y reflexivos. En este sentido, considero importante contextualizar en términos políticos y normativos las funciones sociales concretas que realizan los docentes.

torresama@yahoo.com.mx

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