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Apuntes pedagógicos

La supervisión escolar: práctica compleja

Alfonso Torres Hernández

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La supervisión escolar como institución social es objeto de múltiples contradicciones. Se le analiza y cuestiona desde dentro y desde fuera; unos y otros coinciden: la supervisión escolar necesita innovarse. Conjuntamente se le asigna un rol protagónico en el desarrollo de procesos transformadores de gestión educativa que apunten a una calidad y equidad cada vez mayor. Y todo ello en un contexto complejo caracterizado por prácticas educativas burocráticas y condiciones de operación poco favorables.

En este contexto, la supervisión escolar como práctica social, es una realidad situada en el espacio y en el tiempo, que desarrollan profesionales de la educación llamados, en el contexto europeo, inspectores y en algunos países de Iberoamérica, supervisores. Por ello, la supervisión, más allá de ser vista como una disciplina científica, es una práctica profesional con carácter propio en los sistemas educativos avanzados. Las personas encargadas de esta función han hecho posible que la supervisión escolar se constituya con un status propio y con enorme peso e influencia dentro de los sistemas escolares, influencia que trasciende hacia ámbitos políticos, sindicales y laborales. Se reconoce entonces que la supervisión no puede seguir su discurso como si nada hubiera cambiado en los sistemas escolares, como si todo permaneciese igual, sin darse cuenta de que tiene que enfrentarse con las circunstancias nuevas del hoy y del futuro.

El trabajo educativo y escolar, desde el establecimiento del Estado como responsable de la educación, siempre ha requerido alguna forma de supervisión, aunque sólo fuera la más simple vigilancia. En este sentido, la supervisión escolar, ha sido reconocida como necesaria en el ámbito de la educación; nació con el sistema escolar de enseñanza pública y sigue vigente tras el largo camino recorrido. Sin embargo, la supervisión escolar se mueve entre la tensión de ser vista como una instancia de vigilancia o como un acompañamiento a la práctica de los docentes.

A propósito de esta tensión donde se les reclama un sinfín de funciones que van de la fiscalización, la vigilancia, hasta el asesoramiento, apoyo o gestión participativa; todo esto, al mismo tiempo que se duda de su eficacia en la vigilancia, de su competencia para el asesoramiento, de su voluntad de respaldar lo que es conveniente e innovador en la educación y de su capacidad para la gestión. Bajo esta premisa, es conveniente que se pueda resignificar su papel para el sistema educativo a partir de una exploración más profunda.

La práctica de supervisión debe tener una mirada hacia la totalidad de las situaciones escolares; cuando no se hace así es fragmentaria, incompleta. En sí, tal mirada está llamada a ser muy amplia, donde incluya lo pedagógico, lo administrativo, lo laboral, lo comunitario, lo organizativo, e incluso, lo político. Es tan extenso su campo de incumbencia que cualquier intento de regular o describir con precisión sus acciones y sus límites, pasa de inmediato a convertirse en una declaración de inespecificidad. Las iniciativas y acciones provenientes de la supervisión escolar, posibilitarían entonces que los sistemas educativos pudieran transitar hacia la mejora.

Esto podría decirse, son aspectos que pertenecen a la esencia de la supervisión. Todas estas acciones de supervisión han sido muy semejantes y constantes a lo largo de las épocas por las que ha atravesado la historia de nuestros sistemas escolares. Sin embargo, en un afán de ser críticos, se tendría que reconocer que la mirada del supervisor se restringe a la inmediatez y a la urgencia cotidiana, distanciando a veces las acciones de las cuestiones sustantivas. La supervisión como proceso consistiría en el conjunto de actuaciones que permiten mantener el aspecto en el que se incide dentro de unos límites prefijados, límites que el salirse de ellos es indicador de que el aspecto que se supervisa no está teniendo un correcto funcionamiento.

Como se puede advertir, la supervisión es una función compleja cuyo desarrollo profesional le implica un conocimiento amplio de las situaciones escolares y del contexto sociohistórico en que se desarrollan, además de un conocimiento disciplinar en lo pedagógico y en el ámbito de la gestión educativa.

En este marco, es necesario volver a pensar las formas de organización y conducción de los sistemas educativos, y más específicamente de los modelos de supervisión y los sujetos encargados de tan importante función. Quienes tienen a cargo una supervisión escolar en particular, se ven enfrentados a una tarea con una complejidad como nunca antes la tuvo, que requiere un alto nivel de competencia profesional.

 torresama@yahoo.com.mx

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