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Domingo , 22.07.2018 / 04:50 Hoy

Apuntes pedagógicos

La supervisión escolar: ¿fiscalización ó apoyo pedagógico?

Alfonso Torres Hernández

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Las concepciones que dan sentido a la supervisión escolar actualmente, no pueden permanecer rígidas sino sometidas a un constante proceso de revisión y análisis. La reformas educativas a partir de 1992, plantean que el rol del supervisor debe encaminarse hacia el acompañamiento pedagógico. Frente a esta exigencia, el supervisor debe mantenerse actualizado para constituirse en garante de la ayuda pedagógica que proporcione. Se pueden identificar algunos rasgos que caracterizan a un supervisor en su papel de asesor pedagógico:

• Tener conocimiento amplio de los planes y programas de estudio.

• Conocer todo lo referente a los proyectos educativos propuestos por la Secretaría de Educación Pública.

• Establecer un diálogo permanente con directores y docentes.

• Tener capacidad de organización para orientar el funcionamiento escolar.

• Ser capaz de discernir en cualquier campo de la educación.

• Liderazgo para la promoción y desarrollo del trabajo colectivo.

• Motivar al personal docente al análisis y problematización de su práctica cotidiana.

• Promover y estimular el mejoramiento profesional de los docentes.

En general, se entiende que el apoyo pedagógico que los supervisores pueden ofrecer a los docentes es un proceso en el que implican distintos factores para la resolución de problemas pedagógicos. Así, el apoyo pedagógico aparece como una tarea sustantiva de la función supervisora, en tanto que es el enlace entre el conocimiento y los problemas de la práctica docente, y los sujetos que la desarrollan.

En el marco actual de política educativa, en relación a la supervisión escolar, se promueve un cambio de concepción, que va de la idea de ser “inspector” a la de ser “supervisor”, y que pretende ir más de allá de un simple cambio de termino, sino que tiene una serie de connotaciones que corresponden a las relaciones que se establecen en las prácticas de supervisión y como a partir de ello las imágenes, los roles, los status y funciones, parecen apuntar a líneas de mayor discusión académica. Aurora Elizondo (1994) plantea que una supervisión entendida como aquella actividad que desarrolla un control de la disciplina, no permite alternativas de superación de los problemas sustantivos de las escuelas, ya que sólo se trata de verificar que las cosas estén como se dice deben estar, a que los docentes mecanicen y automaticen sus respuestas en función a lo requerido. Por otra parte plantea que “la relación disciplina y vigilancia ha producido algo semejante a una perversión”, refiriéndose a la creación de una nueva versión que se entiende como “perturbar el orden o el estado de las cosas o viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto”. Así, la acción pedagógica del supervisor se convierte en una acción más fiscalizadora que de apoyo en tanto que la insistencia del supervisor está marcada por la vigilancia del cumplimiento de la norma.

Sin embargo, a pesar de que todo esto ha sido diagnosticado desde una política educativa, las orientaciones vigentes parecen seguir planteando las prácticas de supervisión desde una lógica de paradigmas administrativos, lo cual genera que en los supervisores escolares se dé un “conflicto de identidad de funciones” al no sentirse orientados con claridad en el desarrollo de ellas, además de no identificarse plenamente con los compromisos y responsabilidades a que los lleva una movilización en sus esquemas y percepciones de su función. Follari (1991) percibe esto como una problemática cuando plantea que “los supervisores eran inicialmente inspectores, con una función fiscalizadora de la tarea de las escuelas, y muy ligadas a la administración”, lo cual propiciaba cierto recelo hacia los supervisores por parte de los maestros, al visualizarlos como “vigilantes” de sus prácticas, sumado al temor que les generaba su presencia.

Desde ésta perspectiva, se entiende que a la función de supervisar, se le asocie en forma frecuente con la vigilancia de las labores docentes y más aún, en aquello que no cumple con las “reglas” o presenta “fallas”. La relación pedagógica entre supervisor y docentes entonces parece no darse.

En este contexto, la actitud de “vigilante” que aparece ante los maestros por parte del supervisor, difícilmente se elimina, situación que se hace más evidente en las visitas a las escuelas, donde la presencia del supervisor es motivo de diferentes significados y opiniones. La fiscalización de la práctica es una constante de la figura del inspector, la actividad supervisora se perfila hacia la búsqueda de las fallas y esto necesariamente incide en la conducta que asume el docente al recibir la visita del supervisor, si bien es cierto que se empieza a superar las actitudes fiscalizadoras la tendencia presente es que el apoyo recibido sea en función del “error” y no de las virtudes del trabajo que se realiza.

Así en este entramado entre la fiscalización y el apoyo pedagógico, vemos como los esquemas tradicionales favorecen la vigilancia y el control, mientras que los enfoques innovadores apuntan a una función más académica y de apoyo, en cualquiera de los casos, la imagen y el rol del supervisor están en juego.

torresama@yahoo.com.mx

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