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En Corto

Día de vida

Alejandro Maldonado

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Sin importar la época, o los avances científicos y tecnológicos, los seres humanos somos en el interior siempre los mismos. El tema viene a cuento porque recordé la primera estrofa de un escrito de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y narrador nacido en Sevilla el 17 de febrero de 1836, que dice así:

“No son muertos los que en dulce calma la paz disfrutan de su tumba fría, muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía”. La frase sin duda impacta el corazón de cualquier lector sensible, pero surge una pregunta, ¿cómo saber quién tiene “muerta el alma y vive todavía”?
La respuesta más antigua y precisa se ofrece en la Biblia, en el libro de Ezequiel, que fue escrito entre los años 593 y 571 a.C. La cita dice literalmente lo siguiente: “El alma que pecare, ésa morirá”.

Y aquí es donde todos nos encontramos en problemas, porque, ¿quién en su sano juicio se atrevería a decir que nunca ha pecado? Ciertamente hay personas que se esfuerzan en llevar una “vida moral”; otros se convierten en ministros de alguna religión; hay quienes también procuran cumplir con toda clase de ritos y ceremonias, sin embargo, nada de eso nos exime de pecado.

Alguien dijo alguna vez: “El hombre no se convierte en pecador cuando peca; sino peca porque es un pecador”. Todos los seres humanos desde que nacemos, tenemos alguna inclinación hacia el mal. Llegado el momento y la ocasión, eso se materializa en las más diversas y destructivas formas.

“No hay justo, ni aún uno… Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios… Porque la paga del pecado es muerte”, asegura la “Epístola a los Romanos”. Dicho de otra manera, aunque vivamos biológicamente hablando, estamos “muertos en delitos y pecados”, como asegura la “Epístola a los Efesios”. La buena noticia es que Dios quiere perdonarnos y darnos vida a través de Jesucristo.

Él mismo lo dijo en el Evangelio de Juan, “el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquél que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Sin importar cuán lejos estés, o cuánto hayas fallado, Dios está dispuesto a rescatarte y darte vida. Ven a Jesús tal como estás; invítalo a morar en tú corazón, y permite que te salve. Acéptalo como Señor y Salvador. En la cruz pagó el precio de nuestra paz.
Hoy es día de vida, no de muerte. Cree.

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