Cuando los equipos de futbol locales, Tigres y Rayados, aún no pertenecían a los corporativos más grandes del norte de México, Cemex y Femsa, los aficionados expresaban apoyo por ambos equipos, claro, mientras no se enfrentaran.
Por aquellos años, finales de los 80, había menos afición, los estadios no se llenaban como en estos tiempos y los equipos eran menos protagonistas, pocos títulos, poca importancia nacional.
Recuerdo que en el estadio, los aficionados llevaban sus radiograbadoras para sintonizar la estación donde se narraba el partido, RG la Deportiva se llama hoy, y quien nos hacía el día narrando era Roberto Hernández Jr., que conseguía darle al juego una épica singular, donde una disputa de balón en media cancha se peleaba como si ambos jugadores llevaran un cuchillo entre los dientes, entregando la vida en cada segundo, pero siempre desde un asiento neutral, respetando la condición de comunicador, esa que le obligaba a no tener inclinaciones a ninguna camiseta.
El juego de futbol era igual de común, pero el encono que le ponía el narrador vestía las jugadas tanto, que incluso los asistentes al estadio llevaban su grabadora para escucharlo.
Con el aumento de afición, cuando mejoraron los equipos y ganaron espacios, liguillas y títulos, el cronista de radio, que se sabía escuchado en las gradas, comenzó a perder su neutralidad.
Entonces daba opiniones, retaba la decisión del árbitro y aventaba calificativos, insinuaba que nos estaban robando el juego, que no era fuera de lugar, que no era penal… árbitro vendido.
Y en el estadio los aficionados explotaban con una rechifla y lanzaban mentadas.
En aquellos días, los equipos del centro del país decían que era muy difícil ir a jugar a Monterrey, plaza brava, público metido en el juego, mucho respeto.
Hasta que un día al calor de una jugada polémica, a don Roberto se le fue hablar de más contra el árbitro, recordó que en algún juego anterior marcó algo en contra, algo así, no recuerdo muy bien, los especialistas en deportes seguro pueden dar detalles de esta ocasión, donde un aficionado sacó las pilas de su grabadora (de esas gruesotas) y se la lanzó y le pegó al árbitro; le dieron varias puntadas después de eso.
Nunca más se pudo entrar al estadio con una grabadora o radio. Se culpó al cronista de incitar y manipular a la gente: la violencia la organizan los medios, se dijo. Muy mal.
Don Roberto, quien narraba el juego, no pidió agredir, de ninguna manera solicitó que alguien noqueara al árbitro, nunca exigió que el público se manifestara y mucho menos agresivamente, es decir, no incitó a la violencia.
Los programas de comentarios, análisis y espectáculo, sí buscan crecer la intensidad de los juegos y lo que significan, sí desean que el espectador sea uno más en la cancha: que a todos les interese el juego y lo que se juega.
Pero la violencia no está en los programas deportivos de televisión, ni de radio ni impresos. La violencia no está en las palabras ni en las ideas de los cronistas, comentaristas o periodistas de futbol.
La violencia está en las calles, en las casas, en los barrios. La violencia está en la cultura de narcos y sicarios, está en la forma de resolver los problemas. La violencia está en casa contra las mujeres, contra las diferencias. La violencia está en la impotencia y en la pobreza.
El problema es otro, aquí deberían opinarlos sociólogos y trabajadores sociales, porque la gente resuelve los problemas con peleas y las treguas son de cobardes.
Tal vez los medios sí tienen que ver con el asunto de la violencia. Las series y películas y las noticias. Pero también los videojuegos, las redes sociales y la vida pinche que soportan los marginados de la ciudad, con pocas oportunidades de escuela y trabajo (30 mil ninis oficiales en NL).
De manera que no veo cómo los medios son responsables de la violencia que explota.
Los medios ya quisieran ser tan influyentes… cuando mucho, y eso es lo que más debe preocuparnos, son una caja de resonancia de todos nosotros, de las empresas, del gobierno… y por eso es tan estridente el problema… o usted, ¿qué opina?
alejandro.gonzalez@milenio.com
El problema no son los medios
- Columna de Alejandro González
-
-
Alejandro González
Monterrey /