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Martes , 21.08.2018 / 19:47 Hoy

Columna de Alejandro González

El maestro: ese individuo especial que puede transformar a México

Alejandro González

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En estos días de marchas, bloqueos y confrontaciones, se ha hablado y escrito tanto de los maestros y de la educación en México, que bien vale la pena revisar todos los ángulos que se han expresado alrededor del conflicto.

Lo que no se debe perder, amigo lector, es el objetivo final de la educación, me refiero al verdadero valor que tiene para la sociedad y el desarrollo del país.

Los estudiados en estos temas sociales aseguran que un sistema de educación pública tiene como finalidad romper las inercias entre orígenes y destinos y permitir que cualquier persona, sin importar su condición social de inicio, pueda acceder a la educación únicamente con su propio esfuerzo y talento.

La educación es el instrumento que puede romper la desigualdad social: es la forma en que los individuos pueden salir del barrio donde nacieron, del pueblo donde crecieron y de la miseria que les tocó vivir.

La escuela representa esperanza en los pueblos y ofrece una posibilidad para cambiar el destino marcado por la familia.

¿Cómo puede el hijo de un campesino aumentar su calidad de vida?, ¿cómo puede escapar de la pobreza o cuando menos crecer socialmente más que sus padres?

La respuesta está en la educación.

Y es verdad, también es importante la educación que se recibe en casa, pero si el sistema de educación pública no funciona bien, de nada sirve la buena voluntad de los padres.

En la ciudad es lo mismo, la educación es la puerta para la movilidad social. No es la única forma de crecer, pero es la más segura, la que casi nunca falla.

Por ahí recuerdo que a manera de motivación se nos contaba desde temprana edad la historia de Benito Juárez, el humilde pastor que consiguió ser Presidente y transformó la estructura del país para que todos los niños pudieran recorrer el mismo camino y así salir del pueblo, titularse y hacer algo por el resto de los mexicanos. Es la semilla que se busca sembrar.

Y tal vez los estudiantes que son impulsados en su hogar son los que continúan estudiando más, los que reciben el apoyo familiar.

Pero la importancia real de la educación pública es que todos los alumnos reciban la misma motivación. La educación pública debe ser factor a pesar del destino familiar, a pesar de los problemas o bloqueos en el hogar.

La educación pública debe ser capaz de cambiar el destino de los alumnos, ser factor de cambio en la desigualdad social.

Y es en ese lugar, estimado lector, donde el maestro es pieza clave para conseguir el gran objetivo de la educación.

El verdadero factor de cambio debería ser el maestro: el motivador, el alentador, el transformador social.

Y sin duda, salvo su mejor opinión, me parece que sí lo es. Las aulas no dan clases, incluso el verdadero maestro no necesita mucha escenografía para llegar profundo al interés de los niños y jóvenes.

Estoy seguro que todos tenemos en la familia un maestro o varios, de manera que seguramente comprendemos lo que sucede desde la forma en que los mentores lo ven.

La reforma se ha criticado por ser más laboral que educativa y tal vez sí es lo que se necesita: mejores maestros.

Pero si en el camino no ayuda a que los maestros sean mejores, no tiene razón de ser, y si además le quita la tranquilidad al gremio de maestros, la reforma no debe ser.

No podemos pedirles a los maestros que sean el disparador clave de la movilidad social, si están preocupados por su propia situación social y económica.

Si la reforma en espíritu es buena, pero en la realidad no tiene forma, se debe replantear el camino.

Hay que asegurarnos que los maestros vuelvan a sus aulas con gusto y motivados, para así recordarles que tienen una gran misión: sembrar esperanza en los alumnos para transformar la vida en México... o usted, ¿qué opina?

alejandro.gonzalez@milenio.com

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