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Domingo , 23.09.2018 / 11:41 Hoy

Pa'no molestar

Se comen mis frutas y beben mi mezcal...

Alejandro Evaristo

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Esta podría ser una última carta.

La empezaría detallando nuestros nombres y hablando de algunas de las afecciones que nos obligaron a responder como lo hicimos. Usaríamos papel reciclado y bolígrafos hechos de materiales que otros usaron para otros fines luego de recuperar todo el desperdicio y formar un útil instrumento para escribir que cuesta cinco, ocho o hasta 15 veces más porque sirve para salvar al planeta y, de paso, enriquecer a sus creadores.

Seguramente nos gustaría escribir los nombres de todos los seres humanos que se cruzaron en nuestro camino, para bien o para mal, y agradecerles porque precisamente gracias a ellos no estuvimos solos, pero es imposible y tonto.

Ellos lo saben. Nosotros lo sabemos…

***

El camino fue difícil. Cada vez lo es más.

Nunca acabaré de entender ese afán por “mantenernos unidos”, a mí no me interesa; no fui bueno en nada y mis mejores amigos estuvieron siempre al alcance de un vaso y un cenicero, una botella y el piso, un bolsillo roto y el aroma a perfume barato impregnado en la ropa y cabellera.

Con esas credenciales, ¿merecería ser recordado? Estoy seguro que conozco la respuesta, así que dejo la reflexión para quienes gustan de ella y yo me limito a sobrevivir entre todos estos pasillos de oscuridad casi absoluta y frío persistente. ¿Arrepentimiento? No, no lo creo, son simples etapas en el desarrollo de quienes como yo buscamos saber cosas que luego pedimos olvidar, cuando ya es muy tarde.

Allá hay una manada de olvidados por decisión propia, de esos que son bastón con rostros acartonados y predispuestos al llanto, a la risa, a la emoción pedante por situaciones que no comprenden y pedazos de tela esparcidos a lo largo y ancho de la piel para cubrir algo que no es un pene o una vagina.

Hay otros justo a mi lado con los ojos enrojecidos por la luz, los pulmones ennegrecidos por el cáncer y el hígado disuelto entre litros y litros de bebidas con diferentes grados de alcohol y las mismas sensaciones. Ahí están, recordando el viaje en el bocho blanco a Acapulco, el partido de americano en los pasillos de la universidad, la desaparición forzada y la recuperación de la golpiza. Hablan de fuerza y gritos y empuje y olvido.

En la puerta están los curiosos, los que no se animan a terminar de entrar y esperan ser invitados a esta terrible procesión de recuerdos y esperas. Dudan en avanzar, pero quieren hacerlo y siguen titubeando porque les falta el valor y el coraje para tomar una decisión. No cambian y nunca lo harán.

En la calle están las compañías. Hay perras amarradas a los postes y perros husmeando la entrepierna de otros porque es la forma en que logran conocerse, husmeando sus entrepiernas y reconociendo los aromas de sus colas sucias. Ellas aúllan porque es de noche y quieren soltarse y recorrer las calles para quizá, solo quizá, podrían encontrar un macho más valeroso que el que presumen a escondidas porque, a fin de cuentas, usan collares de diferente color, valor y calidad…

***

He logrado murmurar a los oídos de los miembros de esta gran familia que ríe y llora y recuerda. Ellos saben del amor y también de la necesidad de una vela encendida para alumbrar el camino de todas esas flores.

Sobre el tablón disfrazado y oculto bajo el mantón blanco que hoy hace las veces de mantel, hay un plato pequeño con sal; no es mucha, pero sí suficiente para dar ese saborcito tan suyo a la comida y al caballito de tequila blanco que alguien atinó a colocar junto al jarro de café sin azúcar y el bolillo duro, aunque quizá este último no haga falta, como el tamal en hoja de plátano y las frutas esas cuyo color es indescriptible porque tiene el mismo nombre y saben bien rico.

Alguien tuvo también el buen tino de traer una su botellita de mezcal “Oro de Oaxaca”, con todo y su inquilino y su costalito con sal de gusano también, que afortunadamente ya dejaron abierto junto a un plato con limones y un cuchillo. Hay una botella del ron blanco cubano favorito (supuestamente), otra de tequila y una de charanda. Hay refresco de cola y también agua mineral.

Por si fuera poco caemos en la cuenta de que alguien encontró por fin esos riquísimos puros veracruzanos que jamás se hallaron en las tabaquerías del centro, pero ¡qué desgraciados!, la caja tiene más de 24 y estos desdichados dejaron solo tres…

***

No hay luz, no hay sonidos, no hay sensaciones y todo se reduce a nada.

Gira y busca.

Es terrible confirmar después de tantas horas y letras que el Hades griego y el Plutón romano son solo leyendas, como los egipcios Osiris y Anubis y el mismo Horus, tampoco están los nórdicos Seth, ni Odín o el celta Bilé. Ellos son invenciones de sociedades temerosas y ávidas de respuestas a preguntas que nadie se atreve a hacer porque no hay quien tenga el conocimiento suficiente.

Nosotros amamos a Mictlantecuhtli y a su esposa Mictecacíhuatl y ellos son en sí mismos son nuestras respuestas: “es el Dios de la Muerte, su nombre en náhuatl significa, ‘Señor del Inframundo’, era el señor del Mictlán, un lugar oscuro y silencioso donde moraban las almas de los muertos en el centro de la tierra y esposo de la también diosa de la muerte ‘Mictecacihuatl’, también era llamado ‘Popocatzin’, por lo tanto, también era el Dios de las sombras y las tinieblas”. Eso dicen los libros.

Pienso en ello y aquí no hay luz, ni sonidos ni sensaciones y todo se reduce a nada y me doy cuenta de esta increíble soledad.

Ni siquiera están ya mis pensamientos y mis experiencias, aunque sí siento en la espalda y la garganta el peso de una enorme oscuridad y eso, mis estimados, es apabullante porque no sé a ciencia cierta qué es lo que tengo que sentir. Es cierto, son demasiados “que’s” en una oración y no importó expresarlos porque tampoco interesa lo dicho, sino lo sentido, y eso es peor: no hay frío o calor, la tristeza es solo un recuerdo y la felicidad está allá, con quienes están realmente en un lugar diferente al vacío que he descrito como una ausencia de luz y sensaciones con todo reducido a nada…

***

El olor es hermoso. Siempre me gustó el aroma del copal y la fusión de este con el del palo de ocote, el que se consigue caminando en el monte buscando veredas. He hallado muchos, pero ninguno se compara al de la montaña donde se esconde el temible “dragón azul”. Ahí lo llevé cuando supe que mi descendiente sería varón como su hermano y no tendría la suficiente fuerza para repartir entre ambos esta urgencia por saber y recordar.

En la misma sombra del arroyo, bajo la misma piel desprendida de los pinos y abetos y encinos; en los despertares de lepidópteros congelados y coloridas primaveras nacidas en invierno y sus alas, tras la roca del oriente, a su paso, hay una cueva de minerales que regalan a todos nuestros sentidos lo que somos y nos han forjado así, en copal.

Huele muy rico. Da gusto respirar y obligar a esta locura de diferentes nombres y rostros y voces a acicalarse un poco bajo la luz de la mañana que apenas imaginamos porque seguimos juntos y cada uno es dueño de su propia forma de pensar.

Por eso esto es una luna nueva y aquello el borde y un acantilado que espera.

Somos nuestros propios pasos y vemos un camino recorrido que ya no atrae pero sigue ahí ansiando el peso de nuestros cuerpos en sus pasos y los pasos desfavorecidos de quienes preceden y olvidan.

Estamos en las alas de un pelícano y un bote con hilos y un palo de caña para pescar a los espíritus del agua que se disfrazan de peces para engañarnos y conseguir un poco de la sombra que abandonamos al partir.

¡Qué locura!

Por siempre, el carbón al rojo vivo despierta las mañanas y guía los atardeceres porque lo merecemos. El humo se confunde con el aroma y el calor abraza al frío de las noches bajo la sonrisa y la siempre presente necesidad de ti.

No hay duda. Estoy vivo y respiramos precisamente por tu boca y observamos con tus ojos y sentimos con tus labios mientras tus labios se atreven a llamarnos en uno solo de nuestros nombres.

Por eso reclamo ahora mi camino de flores y mi altar de recuerdos. Por eso exijo mi alimento y mi bebida y todos mis vicios juntos alrededor de lo que soy, porque pese a todo sigo vivo y los demás no escuchan y me ignoran y se comen mis frutas y beben mi mezcal y disfrutan mis tabacos y nadie me escucha. No nos prestan atención hasta que decidimos tomar un poco del caballito de tequila que termina por derramarse sobre la sal de esta, nuestra última noche aquí...

alejandro.evaristo@milenio.com

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